Viernes 28 de noviembre. 90 Líneas festejaba su 5º aniversario. Cerca de las siete de la tarde, estaba en la puerta del Círculo de Periodistas de la provincia de Buenos Aires, en la calle 48 entre 5 y 6 de La Plata, haciendo las veces de portero, pues la entrada al lugar se suele confundir con la de un edificio de departamentos y la gente que iba llegando caía en la confusión.
En 48 entre 6 y 7, en la vereda de la facultad de Derecho de la UNLP, había recibidas a granel, y como además de la pirotecnia y los tradicionales festejos con todo tipo de “ingredientes” alguien había contratado una murga, en un momento se cortó la calle. Bolonqui. Pero del bueno. Siempre alegra ver a pibes y pibas recibirse.
Alejandro Salamone -director del medio- me vino a buscar. “Que se quede otro en la puerta, así empezamos”, me sugirió: ya estaban listos para tocar los maravillosos chicos y chicas de la Orquesta Escuela de Berisso (un lujo, literalmente).
Se quedó entonces, por voluntad propia, el padre de un amigo. “Tiene que llegar el padre Carrara, el arzobispo de La Plata. Seguramente te vas a dar cuenta por el cuellito”, le dije, en referencia al alzacuellos o clériman, nombre que desconocía y descubrí escribiendo estas líneas.
– ¡Me voy a dar cuenta porque va a llegar en una tremenda nave! -dijo él.
– No creo que venga en auto -le comenté, y me fui hacia el salón con la certeza de que no dio crédito a mis palabras.
Poco después, el padre Carrara ingresó sigilosamente a la sala, con una camisa celeste con alzacuellos, pantalón oscuro, una cruz de madera colgando de su cuello y una mochila tipo escolar. Se ubicó a un costado y se quedó disfrutando de la orquesta escuela.
– ¿Se quiere sentar padre? – le pregunté, mostrándole que había lugares en la primera fila.
– ¡No no! Gracias. Me quedo acá -dijo en voz baja, mientras seguían tocando los chicos y chicas de la orquesta escuela de Berisso.
Cuando terminó el hermoso concierto, el padre Gustavo Carrara dio una charla titulada “¿Nos estamos deshumanizando?”, haciendo varias citas a la encíclica Fratelli Tutti del Papa Francisco.
“El Papa Francisco nos proponía dirigirnos a las periferias, a las periferias geográficas, a las periferias existenciales. Por ejemplo, a mí hoy me toca vivir al lado de la catedral… Si yo pienso que eso es la Argentina, digo: la Argentina no tiene ningún problema, pero si me acerco a las periferias de la arquidiócesis de La Plata, donde hay 262 villas o barrios populares, donde viven más de 350 mil personas, descubro que hay una realidad de dolor, de injusticia, de desigualdad, que me tiene que interpelar”, graficó el padre Carrara en un momento.
Terminó el hermoso y muy emotivo evento (que compartiremos en un par de días con numerosas fotos y un video), y el padre de nuestro amigo contó cómo conoció al arzobispo. “Cuando llegó Pico (Hipólito Sanzone, periodista y amigo de Alejandro de muchos años), le dije que estaba esperando a Carrara, que seguro vendría en una flor de nave. Y me dijo lo mismo que Carlos: no creo…fijate que seguro tiene una cruz de madera…”
“Yo estaba mirando para el lado de calle 7, donde había un tremendo lío de autos, micros, petardos, humo de bengalas, cuando desde ahí, sale un hombre alto y flaco casi sonriendo, con una mochilita y, por lo que alcancé a ver, una sencilla cruz de madera… Era el arzobispo… ¡No lo podía creer!”, exclamó.
El padre Gustavo Carrara fue “de 1999 a 2003, vicario parroquial de Nuestra Señora de Luján de los Patriotas (barrio Mataderos); de 2003 a 2006, vicario parroquial del santuario San Cayetano (barrio Liniers); de 2006 a 2007, vicario parroquial de la Inmaculada Concepción, de Belgrano; de 2007 a 2009, primero administrador parroquial y luego párroco de Virgen Inmaculada (barrio Villa Soldati), y de 2009 a 2017, párroco de Santa María, Madre del Pueblo, en la villa de emergencia 1-11-14 del Bajo Flores”, donde vivió durante años.
Es, como pedía Francisco -quien lo nombró arzobispo de La Plata, arquidiócesis que comprende a La Plata, Berisso, Ensenada, Magdalena, Brandsen, Punta Indio y Castelli-, “un pastor con olor a oveja”.
En nuestra arquidiócesis tuvimos pastores que creyeron -o quisieron creer- que Argentina eran las cuatro manzanas en torno a la Catedral, que las dictaduras eran gobiernos bien habidos con los que había que colaborar, que para saludarlos había que besarles el anillo, que los grandes problemas eran que en plaza Moreno se representara el musical de la telenovela ‘Esperanza mía’, donde “Julia Albarracín (una muy joven Lali Espósito) se hacía pasar por novicia en un convento para escapar de una situación peligrosa y, en la trama, se enamoraba de un sacerdote”, y un largo etcétera.
La arquidiócesis de La Plata hoy tiene un arzobispo con olor a oveja, un auténtico misionero de las periferias que, con su bajo perfil, nos invita a “cambiar la mirada con la que nos acercamos a los más frágiles: no son asistidos, no son beneficiarios, no son clientes, son hermanos y hermanas que están pasando una situación de fragilidad, por ahí socioeconómica o de salud, o una problemática de adicciones, la problemática vital que sea, y la idea es que se sientan parte de una comunidad, de una familia, que se puedan poner de pie y que sean protagonistas también de la vida de esa comunidad”. Nos invita a cambiar el paradigma… sin naves.

















































































