Por Gonzalo Mainoldi (*)

La frase suena simple, casi inocente: “no hacemos política”. Se dice como quien traza un límite, como quien intenta proteger un territorio propio -el fútbol- de una contaminación externa. Pero en esa misma afirmación hay una tensión profunda, una contradicción que atraviesa la historia del deporte argentino: la imposibilidad real de separar el fútbol de la política.
Porque el fútbol nunca estuvo afuera.
Enumerar decisiones a lo largo del tiempo alcanza para demostrarlo.
En 1978, la Selección fue parte de una escenografía mayor. Mientras el país atravesaba uno de los períodos más oscuros de su historia, el Mundial se convirtió en una vidriera internacional. No importaba si los jugadores querían o no “hacer política”: el contexto los inscribía en una narrativa construida desde el poder. La pelota rodaba, pero también funcionaba como dispositivo de legitimación.
En 1982, ese vínculo entre fútbol y poder no desaparece, pero se tensiona al límite. En pleno desarrollo de la Guerra de las Malvinas, la Selección viaja al Mundial de España 1982 en un clima atravesado por la guerra, la desinformación y la incertidumbre. El equipo dirigido por César Luis Menotti no solo representaba a un país futbolero, sino a una sociedad en conflicto. La dictadura intentó, una vez más, apoyarse en el fútbol como forma de ordenar emocionalmente a la población. Pero esta vez no alcanzó: la derrota en la guerra y la eliminación deportiva desbordaron cualquier intento de control simbólico. Por primera vez, el fútbol no pudo sostener el relato.

En 1986, ya en democracia, la lógica no desaparece: cambia de forma. En la previa del Mundial, el ciclo de Carlos Bilardo estaba cuestionado no solo por resultados y críticas futbolísticas, sino también por el clima político. Sectores del gobierno de Raúl Alfonsín veían con preocupación su continuidad, entendiendo que el rendimiento de la Selección podía impactar directamente en el humor social. En ese contexto, se llegó a insinuar la necesidad de desplazarlo incluso antes del torneo. Sin embargo, Julio Grondona decidió sostenerlo. El desenlace es conocido: Argentina campeón del mundo. El intento de ordenar el clima desde arriba quedó desbordado por la propia dinámica del fútbol.
Diego Maradona fue, probablemente, el caso más explícito: nunca intentó correrse. Asumió posiciones, se expresó, se involucró. Desde sus vínculos con líderes latinoamericanos hasta sus declaraciones públicas, convirtió su figura en un actor político-cultural de peso. No había separación posible entre el jugador y el ciudadano
En los años posteriores, cada ciclo tuvo sus propias marcas. Desde decisiones de organización, designaciones dirigenciales, vínculos con gobiernos de turno, hasta conflictos por premios, derechos de imagen o transmisiones. El programa Fútbol para Todos, por ejemplo, no fue solo una política deportiva: fue una política pública que transformó el acceso, la circulación y el sentido del fútbol en la sociedad argentina.
Más cerca en el tiempo, la Selección campeona del mundo también fue leída en clave política, aunque no lo haya buscado. Las celebraciones masivas, la apropiación simbólica de los logros, los discursos sobre la “unidad nacional” y la identificación con determinados valores colectivos forman parte de una disputa por el sentido. Otra vez: aunque los protagonistas no quieran, el hecho ocurre en un campo político.
Pero además de las estructuras, están las personas. Y ahí la idea de que “no se hace política” empieza a desarmarse todavía más.

Diego Maradona fue, probablemente, el caso más explícito: nunca intentó correrse. Asumió posiciones, se expresó, se involucró. Desde sus vínculos con líderes latinoamericanos hasta sus declaraciones públicas, convirtió su figura en un actor político-cultural de peso. No había separación posible entre el jugador y el ciudadano.
En el otro extremo aparece Lionel Messi, muchas veces leído como distante. Su perfil bajo en términos políticos fue interpretado como neutralidad. Sin embargo, incluso ese silencio construye sentido: la decisión de no intervenir también es una forma de intervenir, una manera de ubicarse frente a lo público.
El caso de Alejandro Sabella aporta otra dimensión. Su compromiso con el peronismo y los derechos humanos no era declamativo ni estridente, pero sí profundo. Aparecía en sus gestos, en sus referencias, en su manera de entender el rol del equipo y la representación. Una política ética, si se quiere, más que discursiva.
También hay zonas más ambiguas, menos explícitas. Se ha señalado, por ejemplo, el vínculo de Carlos Tévez con sectores políticos durante el ciclo de Mauricio Macri, incluyendo acciones de respaldo indirecto en el plano mediático junto a Alejandro Fantino. No se trata necesariamente de campañas formales, sino de gestos, presencias, alineamientos que también operan en la construcción de clima.
No se trata necesariamente de campañas formales, sino de gestos, presencias, alineamientos que también operan en la construcción de clima
El episodio reciente alrededor de Claudio Tapia vuelve a poner en evidencia esa incomodidad selectiva con la política. En medio de tensiones institucionales, cuestionamientos judiciales y disputas por el control de la AFA, la declaración de Rodrigo De Paul –“no hacemos política”– aparece menos como una convicción y más como una estrategia de repliegue. Porque la incomodidad parece tener geografía: se rechaza la política en Argentina, donde el conflicto es denso, áspero y expuesto, pero no necesariamente en otros escenarios donde el vínculo con el poder se vuelve más liviano, más amable o incluso conveniente. Las imágenes de futbolistas en ámbitos de poder internacional, como encuentros o gestos de cercanía con figuras como Donald Trump, no generan el mismo rechazo ni la necesidad de aclaración. Entonces la pregunta deja de ser si hacen o no política, y pasa a ser otra: ¿qué tipo de política incomoda y cuál se vuelve tolerable? Porque el problema no parece ser la política en sí, sino el conflicto que la política implica. Y en ese punto, el “no hacemos política” deja de ser una definición y empieza a funcionar como una forma de evitar tomar posición cuando el terreno se vuelve verdaderamente incómodo.

Entonces, ¿qué es “hacer política”?
Si se entiende la política únicamente como militancia partidaria o posicionamiento electoral, es lógico que un futbolista quiera correrse. Nadie está obligado a asumir ese rol. Pero la política, en un sentido más amplio, es otra cosa: es la construcción de sentido en lo público, la forma en que se organiza lo común, los discursos que ordenan lo que somos.
Desde esa perspectiva, toda intervención pública -incluso la que busca negar la política- es política.
Decir “no hacemos política” también es tomar una posición. Es elegir una forma de habitar el espacio público. Es, en definitiva, una decisión.
Toda intervención pública, incluso la que busca negar la política, es política. Decir “no hacemos política” también es tomar una posición. Es elegir una forma de habitar el espacio público. Es, en definitiva, una decisión
El problema aparece cuando la palabra “política” se vuelve un significante negativo, algo de lo que hay que despegarse, casi como si implicara una mancha. Esa demonización empobrece el debate y reduce la complejidad de los procesos culturales. Porque el fútbol, como práctica social masiva, siempre estuvo atravesado por intereses, tensiones y disputas.
Negarlo no lo elimina.
Lo que sí aparece con claridad es un movimiento recurrente: cuando el clima se vuelve tenso, cuando emergen conflictos o disputas de poder, los jugadores tienden a correrse del lugar que ocupan como figuras públicas. Buscan refugiarse en la idea del “solo fútbol”, como si ese espacio pudiera existir aislado.
Pero no existe.
El jugador no es solo un deportista: es un actor social con visibilidad, con capacidad de influencia, con una voz que resuena más allá de la cancha. Y esa voz, incluso cuando intenta callarse en determinados temas, ya está diciendo algo.
Tal vez el desafío no sea exigirles definiciones partidarias, sino dejar de fingir que el fútbol vive en una burbuja.
Porque nunca lo hizo.
Y probablemente nunca lo haga.

(*) Lic. en Políticas y Administración de la Cultura (UNTREF) – Posgrado en Comunicación política y opinión pública (FLACSO)




















































































