Por el Prof. Dr. Alejandro F. De Nicola (*)
En una época en la que se glorifican deportistas, personajes mediáticos, “influencers”, bellezas televisivas y figuras políticas, y se concentra la información diaria sobre sus logros económicos y vidas privadas, parecería anacrónico recordar a los próceres que hicieron de nuestra Argentina una patria grande. En relación a esta opaca realidad que vivimos, escuché una vez a un grupo de personas que estudiaban Fisiología por el “libro de Hussy”, sin saber -y no tendrían por qué saberlo ya que no les fue informado- que se pronunciaba “Houssay”, porque sus progenitores era vascos franceses y esa era la correcta pronunciación de su apellido. Esta cuasi-insignificante anécdota me llevo a pensar que también lo que había detrás de ese apellido era mayormente ignorado. Frente a esto, los que tuvimos el honor de conocer a Houssay sabemos que no solo posibilitó que la ciencia argentina fuera reconocida mundialmente, que nos trajo su Premio Nobel, que fue mentor de distinguidos discípulos y que creó un sistema nacional de ciencia que permitió posteriormente aplicar el método científico para solucionar problemas de salud, sociales y tecnológicos que demandaba el siglo XXI. En su visión, no se diferenciaban las ciencias básicas de las aplicadas, sino que existían aplicaciones de la ciencia. El tiempo le dio la razón.
Por consiguiente, para hablar de Houssay sin repetir datos, historias y anécdotas que ya figuran en la bibliografía publicada y en Internet, me remitiré a mis propias vivencias, pensando que pueden aportar al mejor conocimiento del hombre, el investigador y el fundador de instituciones. (Reconozco que podría ser una visión parcializada porque proviene de mi memoria).
Lo conocí a Houssay en 1956, cuando era alumno de segundo año y cursaba Fisiología en la Facultad de Medicina. Houssay estaba jubilado de la Facultad, los titulares de la cátedra eran Braun Menéndez y Foglia, pero a él lo invitaban a dar clases magistrales. Lo recuerdo en el aula escribiendo la pizarra y, a diferencia de otros docentes, no usaba guardapolvos, sino que vestía de traje oscuro y corbata. Se lo veía muy concentrado dictando clases de metabolismo y diabetes, porque los consideraba temas de suma importancia. Posteriormente lo encontré, siendo yo ya médico, durante un Congreso Panamericano de Endocrinología en México, en 1965. Él dictó una conferencia magistral sobre la enseñanza de la fisiología, y después nos reunimos varios argentinos para conversar con él durante un buen rato.
El tema candente era su pregunta “cuándo íbamos a volver”, ya que varios de nosotros estábamos en ese momento trabajando en los Estados Unidos. Recuerdo que decía “…se van afuera a perfeccionar, pero si se quedan más de 2 años se desaclimatan y les cuesta volver”. Este tema lo desvelaba. Dos años después, fui a trabajar a la Universidad McGill, de Montreal, Canadá. Yo me carteaba a menudo con Houssay y le decía que iba a volver a
la Argentina, y él me contestaba que quería crear un laboratorio de endocrinología juntando a varios argentinos que estábamos en el exterior. Cuando le comentaba sobre los fríos inviernos canadienses, me contestaba “venga a Buenos Aires que aquí el tiempo es muy agradable“. Después supe que las cartas las dictaba Houssay a su secretaria Tomasa, y él finalmente las firmaba. Él quería que los becarios se fueran a perfeccionar en el exterior, pero que volvieran a trabajar en el país que los educó y los formó.
Houssay dejó como legado su integridad científica, su pasión por la ciencia, su amor a la patria, la importancia de investigar temas originales y de formar discípulos capaces. Y también le interesaba que existieran instituciones de ciencia y técnica perdurables. El CONICET fue su gran creación y hasta aspiraba que tuviera dependencia directa de la Presidencia de la Nación, porque estaba convencido de que la ciencia era tan importante para el progreso del país que era vital que el presidente del CONICET pudiera participar de reuniones de gabinete
En 1968, Houssay viajó a Washington para una reunión en los Institutos Nacionales de la Salud, me escribió y me dijo que iba a estar tal día en el hotel Roger Smith. Yo lo llamé por teléfono explicándole que estábamos muy lejos y que para verlo tenía que atravesar las montañas nevadas que separaban Canadá de Estados Unidos. Pero él me dijo: “Venga, venga, venga”. Así que fui manejando luego de levantarme a las 5 de la mañana. Cuando llegué me dijo: “Se lo ve muy agotado, pobrecito, se lo ve muy cansado… venga que lo invito a almorzar”. A la distancia, creo que fue una especie de prueba para explorar si yo tenía la pasión por la ciencia y el compromiso con el país como para hacer el esfuerzo del viaje y explorar mi compromiso de volver.

Houssay era una persona circunspecta, seria, pero siempre afable. A fines de 1968 me habían nombrado Profesor Asistente en la Universidad McGill de Canadá y se lo conté. Entonces me envió una carta tajante: “Vaya preparando las valijas”; tenía miedo de que me quedara en Canadá. Y para convencerme, me mandó otra carta: “Es conveniente que usted venga a la Argentina para trabajar de manera independiente y no que tenga una nurse como en Canadá que lo ayuda permanentemente”. La “nurse” que mencionaba Houssay era la directora del laboratorio, la Dra. Marion Birmingham, una destacada neuroendocrinóloga. Pero tuve la mala suerte de dejar la carta arriba de un escritorio, y la doctora Birmingham, que entendía español, la leyó y se enojó: “¿Quién es ese señor que osa tildarme de nurse?”.
Finalmente, volví a Buenos Aires y logré que Houssay la invitara al año siguiente para una conferencia en homenaje a Braun Menéndez, por lo que se pudo restablecer la relación entre ambos. Recuerdo que Houssay la invitó a ver una ópera al Teatro Colón y también a cenar en La Estancia, de la avenida Entre Ríos. Hicieron las paces. Este hecho mostraba su caballerosidad y hombría de bien, por ello, cuando algunos argumentan que les era difícil hablar con Houssay o bien lo terrorífico que les parecía tomando exámenes, descarto esas posibilidades, porque siempre encontré en él, aunque circunspecto y a veces distante, una personalidad dispuesta al dialogo. (Reconozco que a veces no fuera fácil de convencer).
Houssay tuvo numerosas y tentadoras ofertas para ir a trabajar a los principales centros científicos del extranjero, pero siempre priorizó sus orígenes. Él quería que los becarios se fueran a perfeccionar en el exterior, pero que volvieran a trabajar en el país que los educó y los formó
Cuando vuelvo a la Argentina en 1969 y me incorporo al Instituto de Biologia y Medicina Experimental (IBYME) dirigido por Houssay, fue un choque. Sabía que no era fácil hacer ciencia en la Argentina, aunque Houssay era un ejemplo de fortaleza ante la adversidad. Fue muy difícil el cambio: pasé de estar protegido por una “nurse” y de no preocuparme de conseguir dinero para las investigaciones, y de tener mucha ayuda en el laboratorio, a estar de pronto solo, a lavar mis pipetas, a compartir heladera con otros laboratorios. En algún momento tuve ganas de volverme a Canadá, pero nunca lo hablé con Houssay … Yo tenía 32 años y el doctor Houssay inspiraba mucho respeto.

Tampoco era fácil pedirle cosas: le decía “Doctor Houssay, necesito una heladera”, por ejemplo, y él hacía su gesto característico, de mover el bigote a un costado, y respondía: “Difícil, difícil”. Yo creo que era un poco porque las cosas para él nunca habían sido fáciles, en su carrera y en su vida. Pero ahí intercedía la entonces administradora del IBYME, Josefina Yanguas, una persona maravillosa de origen humilde pero que sabía cómo convencerlo cuando se trataba de conseguir recursos. Josefina era la administradora contable del instituto, y una persona permanentemente abierta al dialogo y a ayudar a los recién llegados. Y hablando de recursos y medios económicos para aplicar las nuevas tecnologías que aprendimos en el exterior, Houssay tenía la idea de que lo importante era la originalidad más que los medios disponibles. Tener pensamiento e ideas propias para resolver problemas. Un gran amigo suyo, Hans Selye, el “padre” del estrés, tenía como máximas la originalidad y la perseverancia en el trabajo, no tanto la tecnología. Houssay debe haber tomado algo de esas posturas filosóficas.
Houssay tenía la idea de que lo importante era la originalidad más que los medios disponibles. Tener pensamiento e ideas propias para resolver problemas. Un gran amigo suyo, Hans Selye, el “padre” del estrés, tenía como máximas la originalidad y la perseverancia en el trabajo, no tanto la tecnología. Houssay debe haber tomado algo de esas posturas filosóficas
¿Cómo describir un día en la vida de Houssay? A fines del 60, me contaron que no tenía coche y venía en colectivo al instituto, no me acuerdo si me dijeron en la línea 59 o en la 60. Él ya estaba viudo y vivía en su casa de la calle Viamonte. Posteriormente nos contó que durante el viaje aprovechaba para leer todos los carteles
callejeros de la municipalidad y luego trataba de recordarlos, decía que así agudizaba su memoria. Ya en el instituto, antes de entrar a su despacho, la recepcionista Zulema Rinaldo, le acercaba el guardapolvo marrón. Y se quedaba en su despacho hasta las 10. Luego sonaba un timbre y todo el personal del instituto, que seríamos 15 ó 20 en 1970, íbamos a tomar el café. Era una mesa muy grande y Houssay se sentaba en la cabecera. Se hablaba de cosas generales del instituto, de la marcha del bioterio, del financiamiento, de sus viajes… Tenía una memoria prodigiosa. Por ejemplo, hablaba de historia y de los reyes de Francia. Si estaba por viajar, siempre los investigadores aprovechábamos para encargarle allí algún insumo para nuestras investigaciones, y como él tenía valija diplomática, podía traerlo sin problemas.
A las 10,30-10,45 se levantaba, decía “A trabajar, Bernardo”, y se iba a su despacho. O si operaba un perro, iba al subsuelo del instituto. Al mediodía, Zulema le traía el almuerzo, y comía solo en una sala de la biblioteca. En su despacho recibía a todos los investigadores, discutían resultados y proponía los siguientes pasos. En mi caso, nosotros habíamos traído al país la técnica de isótopos radiactivos, un método que él no había tenido la oportunidad de usar. Sin embargo, seguía los resultados perfectamente y nos daba consejos muy pertinentes. Tenía una extraordinaria capacidad. Cuando no tenía reuniones, leía. El que era su despacho sigue lleno de libros de ciencia, incluyendo las ediciones en distintos idiomas de su libro de Fisiología Humana.

Houssay decía que nunca tuvo maestros, que se formó a través de la lectura de un libro de Claude Bernard, a quien se consideraba el fundador de la medicina experimental. A partir de la lectura de los trabajos de Bernard, él sacó la idea de cómo investigar y de la originalidad del trabajo. A partir de esa influencia, creó lo que se puede denominar una “escuela”, un grupo de personas que tienen una formación en la fisiología y que emplean técnicas parecidas para lograr un objetivo diferente: medir las pocas cosas que se podían medir en sangre en animales, sacar un órgano y reponerlo… Para conocer la función de una glándula, sacarla y ver qué le pasaba el animal y luego reponer un extracto de esa glándula para que el animal vuelva a su condición normal. Entonces se podían adjudicar una hormona o un factor a la glándula de la que provenía.
“No deseo estatuas, placas, premios, calles o institutos cuando muera; deseo que mi país contribuya al adelanto científico y cultural del mundo actual, que tenga científicos cuya obra sea beneficiosa para la especie humana” (Bernardo A. Houssay)
La idea de Bernard era que la fisiología fuera experimental, que no se la podía estudiar en forma teórica: de la fisiología se podía ir a la patología y de la patología a la fisiología. Yo conocí a algunos de los integrantes de esa “escuela de Houssay”: Eduardo Braun Menéndez, Enrique Urgoiti, Virgilio Foglia, Juan Carlos Fasciolo, Juan Penhos, Ricardo Rosendo Rodríguez, Carlos Martínez y Mario Burgos. Aquí debemos agregar a Luis F. Leloir, ya que su tesis sobre el papel de las suprarrenales en el metabolismo de los hidratos de carbono tuvo como director a Houssay.
El Premio Nobel que recibió Houssay fue por trabajos utilizando ese enfoque. Demostró el papel del lóbulo anterior de la hipófisis sobre el metabolismo de los hidratos de carbono. Lo que se conoce en la literatura como el “perro de Houssay” es un animal al que se le extraía el páncreas y se volvía diabético; él descubrió que sacándole la hipófisis mejoraba la diabetes. También describió el papel de otras glándulas sobre la diabetes, tales como la suprarrenal y la tiroides, y fue el primero en describir que la sangre que provenía del hipotálamo llegaba a la hipófisis trayendo factores regulatorios.
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Houssay era un fisiólogo, pero, en esencia, era un endocrinólogo con gran apego por la biología. ¿Por qué eligió trabajar en diabetes? No lo sé, nunca tuve la ocasión de conversarlo con él. Es cierto que el gran boom de la medicina a partir de la década del ’20 había sido el descubrimiento, por Banting y Best en Canadá, que el páncreas está afectado en la diabetes y que la insulina era la hormona que controlaba el nivel de azúcar en la sangre. Este descubrimiento cambió la medicina: los pacientes diabéticos representan un 10% de la población y a Houssay ese hallazgo le debería haber impresionado mucho. Por eso se abocó a estudiar la relación de la hipófisis con la glucemia y la diabetes.

Houssay no creía en la diferencia entre ciencia básica y aplicada. Creo que no tenía tan definido si lo que investigaba tenía aplicación práctica inmediata. Que el IBYME hubiera estado en un hospital habría sido lo ideal para vincular la investigación de laboratorio con su aplicación inmediata en pacientes, aunque fuera en carácter experimental. Sólo en sus últimos años empezó a investigar compuestos que podían favorecer la liberación de insulina en animales con diabetes inducida y el páncreas agotado, pero el foco siempre estuvo en la fisiología y el control de la homeostasis. Por eso llamo al instituto IBYME: Instituto de Biología y Medicina Experimental, la biología primero que la medicina, porque es la ciencia madre.
Houssay tuvo consultorio y llegó a atender pacientes, pero después lo cerró. Él no se sentía cómodo en la Academia de Medicina (me contaron que tuvo algunas diferencias personales), ya que su relación fue más estrecha con el ámbito de la biología. Sus trabajos los presentaban él y sus discípulos en las reuniones de la Sociedad Argentina de Biología y, sobre todo al principio, muchos de ellos se publicaron en el Comptes rendus des séances de la Société de Biologie et de ses filiales (Actas de las sesiones de la Sociedad de Biología y de sus filiales) de París, Francia.
Otro aspecto a recalcar de su personalidad era la importancia de formar discípulos. Un mentor debe saber elegir a los discípulos, debe estar convencido de que tienen pasión por la ciencia. También debe alentarlos para superar al maestro: si el discípulo no supera al maestro, o, al menos, si no lo intenta, la ciencia no avanza. Y también hay que transmitir que la ciencia es una empresa colectiva, ya que el individualismo exagerado resulta finalmente improductivo
Houssay dejó como legado su integridad científica, su pasión por la ciencia, su amor a la patria, la importancia de investigar temas originales y de formar discípulos capaces. Y también le interesaba que existieran instituciones de ciencia y técnica perdurables. El CONICET fue su gran creación y hasta aspiraba que tuviera dependencia directa de la Presidencia de la Nación, porque estaba convencido de que la ciencia era tan importante para el progreso del país que era vital que el presidente del CONICET pudiera participar de reuniones de gabinete.

Otro aspecto a recalcar de su personalidad era la importancia de formar discípulos. Un mentor debe saber elegir a los discípulos, debe estar convencido de que tienen pasión por la ciencia. También debe alentarlos para superar al maestro: si el discípulo no supera al maestro, o, al menos, si no lo intenta, la ciencia no avanza. Y también hay que transmitir que la ciencia es una empresa colectiva, ya que el individualismo exagerado resulta finalmente improductivo. Y mirando hacia atrás, creo que tuve la inmensa fortuna de conocer al docente, al maestro, al investigador incansable, al hacedor y director de instituciones. Este privilegio lo pude compartir con varias personas, algunas faltantes y otras con las que puedo en ocasiones recordar a nuestro primer prócer de la ciencia.
(*) Artículo “Nuestro primer prócer de la ciencia”, publicado en febrero de 2021 en notablesdelaciencia.conicet.gov.ar



















































































