El fútbol nos demuestra que, en el fondo, ansiamos desesperadamente ser uno solo, que debajo de las diferencias hay una necesidad de reconocernos hermanos (…) Si el fútbol nos demostró que podemos ser felices juntos, el legado que nos dejó Francisco nos invita a que esa unión no haya sido un festejo pasajero, sino una forma de vivir
A los argentinos nos encanta discutir. Vivimos con las emociones a flor de piel, divididos por opiniones, por la política, por el día a día, y a veces parece que el acuerdo es un laberinto sin salida. Nos fragmentamos en mil pedazos por pequeñeces, levantando muros invisibles en la mesa familiar, en el café o en las redes. Pareciera que nuestra identidad es la grieta.
Pero hay momentos donde el laberinto se rompe. Y ahí, nos encontramos.
El primero de esos milagros es el fútbol. Cuando juega la Selección, el país se detiene y el aire se vuelve distinto. En ese instante, no importa a quién votaste, en qué barrio naciste ni cuánto tenés en el bolsillo. El grito de gol es el mismo en una mansión que en una casilla de chapa. Nos abrazamos con desconocidos en la calle, lloramos la misma lágrima y compartimos el mismo latido. El fútbol nos demuestra que, en el fondo, ansiamos desesperadamente ser uno solo, que debajo de las diferencias hay una necesidad de reconocernos hermanos.
Sin embargo, la tribuna se apaga y la vida sigue. Es ahí donde aparece el otro gran puente, uno que no dependía de si la pelota entraba o no, sino de la fibra moral y espiritual de nuestra historia.
Desde Roma, pero con el corazón plantado en el barro de nuestra tierra, una voz conocida nos habló directamente al alma durante años. El Papa Francisco, nuestro compatriota, nos conoció mejor que nadie. Supo de nuestras crisis, de nuestros desencuentros, pero también de nuestra tremenda capacidad de resiliencia. Y en medio del ruido y del escepticismo, nos dejó un faro eterno grabado en la memoria: “No tengan miedo, tengan coraje”.
Fue un mandato rioplatense cargado de trascendencia que nos heredó para siempre. Nos estuvo diciendo que la división nace del miedo: miedo al otro, miedo al futuro, miedo a cambiar. Tener coraje en Argentina no es ir a pelear; tener coraje es animarse a mirar a los ojos al que piensa distinto y encontrar un compatriota. Su mensaje fue una invitación a romper los prejuicios, tender la mano y construir esa “cultura del encuentro” en cada esquina, en cada barrio, en cada aula.
Somos el pueblo de las pasiones desbordantes, capaces de tocar el cielo con las manos cuando tiramos para el mismo lado. Si el fútbol nos demostró que podemos ser felices juntos, el legado que nos dejó Francisco nos invita a que esa unión no haya sido un festejo pasajero, sino una forma de vivir.
No tengamos miedo de nuestras diferencias. Tengamos el coraje de transformarlas en un abrazo, honrando las palabras de quien nos pidió que jamás bajáramos los brazos. Porque cuando los argentinos dejamos de mirarnos con desconfianza y empezamos a caminar juntos, no hay herida que no podamos sanar ni futuro que no podamos construir.
Fuente: legadofrancisco

















































































