Ya lo viví. No me gusta mucho escribir en primera persona. Pero en este caso, creo que no me queda más remedio. ¿Qué viví? La experiencia de que una persona que yo sabía que estaba en las antípodas de mis ideas, pero jamás creí que tanto, me dijese en la cara que era «un militante del modelo del granero del mundo», de esa Argentina que solamente se dedicaba a exportar granos y carne para comprar en Europa, fundamentalmente en Inglaterra, todos los productos manufacturados.
Era un importante empresario platense. Tuvimos una larga discusión -eso sí, de ideas, cada uno con tiempo para desplegar sus argumentos y siempre con respeto- sobre el modelo argentino que inició su época dorada en la década de 1880, y casi que tocó el cielo con las manos en ocasión del Centenario.
Yo decía que ese modelo atrasaba casi 100 años incluso a finales del siglo XIX. Vale recordar que Vicente Fidel López, el hijo del autor del Himno, afirmó que el subdesarrollo argentino comenzó en 1810 (1); y eso que era un liberal, pero industrialista.
Llevé a colación que los liberales industrialistas Vicente Fidel López, su «discípulo» Carlos Pellegrini y el ministro de Obras Públicas del gobierno del Centenario, Ezequiel Ramos Mexía, propusieron con enjundia utilizar parte de las pornográficas ganancias que la exportación agroganadera les dejaba a los latifundistas para industrializar la nación, tal como en ese mismo momento estaban haciendo los estadounidenses y otros países del norte.
Pero mi interlocutor seguía en sus trece. Hasta que en un momento me hizo una pregunta que jamás pensé que iba a escuchar… pero la escuché:
– ¿Y qué otra cosa podía hacer Argentina en aquel entonces?
Muy sorprendido, exclamé:
– ¡Industrializarse!
– Nooooooo… El rol de Argentina no era ese -me espetó.
Fue así que conocí en persona, por primera vez en mi vida, a un auténtico «militante del granero del mundo». Esa expresión se la había escuchado alguna vez a un amigo, en el contexto de una charla entre varios… «los militantes del granero del mundo…», dijo y siguió hablando. No lo interrumpí. Honestamente, para mí era «una forma de decir». No me entraba en la cabeza que hubiese argentinos y argentinas -exceptuando, claro está, a los latifundistas- que no quisieran una Argentina industrial, desarrollada, soberana, con altos niveles educativos y culturales, con trabajo cualificado, etc., etc.
¡Cuán errado estaba!
Un par de años más tarde, escuché una charla a empresarios Pyme que dio la actual diputada nacional y economista Julia Strada, y me resonó con fuerza -seguramente por aquella confesión de parte del empresario platense- cuando lanzó: “La Argentina industrial no es una discusión ganada, por eso vine acá hoy y cada vez que me invitan estoy, porque el país que nosotros queremos construir se define en si ganamos en la cabeza de la gente que Argentina tiene que ser un país industrial. Porque si perdemos esa pelea perdemos todas las demás; también perdemos la pelea sobre qué puestos de trabajo queremos y qué nivel salarial, porque la industria garantiza los mejores empleos y paga los mejores salarios”. Esa charla dio lugar a una nota que publicamos en 90 Líneas en 2024 y que se puede ver acá: ¿Los argentinos queremos ser un país industrial?.
¿Pequé de ingenuo? Seguro. Aunque sigo sosteniendo que «el antiperonismo es más fuerte» ¿A qué me refiero? A que hay muchos y muchas que seguramente piensan en un país desarrollado, con buen trabajo y buenos sueldos, pero que siempre votan contra el peronismo porque sufren de lo que yo llamo «antiperonismo dérmico». Y entonces, con su voto, terminan abonando un país dependiente, subdesarrollado, con empleo precario, etc. Pruebas a la vista: absolutamente todos los proyectos que envía este gobierno al Congreso y que tienen como común denominador poner al país y a su sociedad al servicio de las economías ya desarrolladas -con EEUU a la cabeza- son votados sin peros por los legisladores de LLA, los del Pro y los de la UCR (más partidos provinciales y el neoperonismo actualmente encarnado por el PJ cordobés y de algunas provincias del norte). El resto del peronismo -con sus estúpidas y suicidas internas a cuestas- aprieta el botón del «no».
Los «militantes del graneros del mundo» nos están gobernando desde el 10 de diciembre de 2023. El problema es que antes hubo un gobierno «peronista que no hizo peronismo» y antes de ese otro gobierno de «militantes del granero del mundo» aunque con mejores modales.
Y en estos días, envueltos del espíritu de los 210 años de la Declaración de la Independencia y de la pujanza argenta que siempre nos inyecta la Selección en un país donde el fútbol es, definitivamente, un hecho cultural, el presidente del gobierno dejó muy pero muy claro a quien quisiera escucharlo -como a mí aquel empresario platense hace unos años- que es un ferviente militante, el más militante de todos, del modelo del granero del mundo, que, en estos tiempos, a los granos y carnes le ha sumado litio, tierras raras, uranio, tierras patagónicas, glaciares, agua dulce, el Mar Argentino, las Malvinas, la Antártida argentina, y todo lo que tiene sobre la superficie y bajo ella esta gran nación.
Para poner en marcha el modelo de exportar materias primas e importar productos manufacturados después del nacionalismo popular que gobernó entre 1943 y 1955, es decir, ya muy avanzado el siglo XX y en el primer cuarto del siglo XXI, tuvieron y tienen un trabajo extra. Ese “trabajo”, consistente en destruir la matriz industrial argentina, lo inició la dictadura, lo continuaron los gobiernos de la 2ª Década Infame (1989-2001) y la coalición Prorradical Cambiemos.
Como los (muy) grandes industriales argentinos nunca se caracterizaron por conmoverse ante el celeste y blanco –«Argentina no tiene una burguesía nacional, sino una burguesía que nació acá», definió muy bien Felipe Pigna-, recién ahora uno que otro está pataleando un poco, porque la devastación es tan grande y veloz que los roza o, en algunos casos, los toca de lleno. Pero llegaron tarde a la vereda del sol, les cantaría el gran David Lebón.
Para Milei, Argentina solo puede hacer colectivos, biromes y dulce de leche (Milei dijo que Argentina solo produce dulce de leche y biromes – La Política Online), el resto «lo tiene que importar», incluso las frutas, verduras y carnes. Esa declaración plagada de ignorancia y, a la vez, de maldad, crueldad, sadismo, falta de respeto a generaciones y generaciones de argentinos y argentinas que se deslomaron en serio trabajando y emprendiendo para producir y para generar empleo (ver El modelo Flandria vs. el modelo Milei) no genera sorpresa alguna en boca del presidente: lo que sí provoca indignación es que 13/14 gobernadores sigan haciéndole la corte y, mucho más, que la única oposición real siga envuelta en sus estúpidas y suicidas internas.
En la nota La Edad de Oro: cuando fuimos libres de verdad, nos preguntamos: ¿Qué hubiese pasado si no se frenaba, al ritmo de las bombas que cayeron sobre Plaza de Mayo en 1955, ese envión industrialista que tuvo el país a partir de la creación de IAME? ¿Si la fabricación de motos, autos, pick ups, furgones, tractores, aviones, helicópteros, motores, insumos y demás hubiera seguido diversificándose y creciendo en cantidad y calidad? ¿Cuántos puestos más de trabajo calificado, directos e indirectos, se habrían creado? ¿Hasta dónde hubiera llegado el progreso de la ciencia y la tecnología nacionales?
Argentina, ya en siglo XXI, también fabricó satélites y tuvo un inédito desarrollo en materia de ciencia y tecnología (la joya de la abuela de este siglo). Todo, absolutamente todo, comenzó a ser desmantelado entre 2015 y 2019, y ahora se está dando el paso final.
Desde diciembre de 2023 hasta marzo de este año -últimos datos oficiales disponibles- cerraron en Argentina 26.448 empresas (31 por día; hasta febrero eran 30 por día) y se perdieron 339.841 puestos de trabajo registrados en unidades productivas (a razón de 400 puestos por día). Eso dice el Centro CEPA en base a información oficial. Mientras que la Consultora I+D difundió datos recientes del universo estrictamente industrial, que dan cuenta de la pérdida de 12 empleos industriales por hora; de una proyección para todo 2026 de 105.000 puestos industriales menos que en 2025; de una caída de la actividad industrial de 5,7% interanual registrada en mayo último, todo lo cual arroja que hoy por hoy la actividad industrial argentina se encuentra 14,5 puntos porcentuales por debajo del pico alcanzado en 2017, antes de la megadevaluación macrista de abril de 2018 que marcó el principio del fin de la nefasta aventura de Cambiemos.
Sí. Este es el plan de Milei y Cía: poner todo lo importante en manos del Imperio de turno, crear una sociedad con un 75% de informalidad y precariedad laboral (como la peruana), reprimir sin miramientos a todo el que tenga el tupé de protestar y, por supuesto, realizar grandes festejos cada 4 de julio. (Demás está decir que para entonces -y falta muy poquito- ya no fabricaremos ni siquiera biromes ni dulce de leche).
(1) “Si tomamos en consideración la historia de nuestra producción interior y nacional, veremos que desde la revolución de 1810, que empezó a abrir nuestros mercados al libre cambio extranjero, comenzamos a perder todas aquellas materias que nosotros mismos producíamos elaboradas (…) y que podían llamarse emporios de industria incipiente (…), las cuales hoy están completamente aniquiladas y van progresivamente camino a la ruina”. (Vicente Fidel López, diario de sesiones de la Cámara de Diputados del Congreso de la Nación, 27 de junio de 1873).















































































