En estos tiempos de “sadismo de Estado”, donde un gobierno cruel, corrupto y cipayo vende las más preciadas joyas de la abuela ante ¿el estupor o la indiferencia? de nuestro pueblo, un gobierno por momentos surrealista en su sojuzgamiento al emperador de turno, quien hasta se arroga el rol de jefe supremo del Tribunal de Disciplina de la FIFA, es bueno recordar historias bellísimas que se escribieron aquí nomás, como la de un europeo que, sin saberlo pues corrían los años ‘20 y ‘30, hizo peronismo antes que Perón. (Y vale subrayar que si bien hoy existen muchas menos posibilidades de hallar personas así, no todo está perdido en la viña del Señor).
Remontémonos a la Argentina de inicios de 1920. Para entonces, la firma belga Establecimientos Steverlynck exportaba telas desde ese país europeo hacia el nuestro. En 1923, el gobierno radical (radical de entonces, no de ahora… quizás valga aclararlo) subió fuertemente los impuestos a los productos importados con el fin de favorecer el desarrollo de la producción local y “la introducción de maquinarias al país”. Por ende, para la empresa dejó de ser rentable exportar. ¿Dejó de hacerlo sin más? No. La familia Steverlynck envió a uno de sus hijos, Julio, para que fundara una fábrica en estas tierras.
Julio Steverlynck llegó en 1924, y ese mismo año inauguró en Valentín Alsina (actual partido de Lanús) la firma “Algodonera Sudamericana Flandria SA”, que poco más tarde pasaría a llamarse sencillamente “Algodonera Flandria SA”.

Pero Don Julio, ferviente defensor y militante del Catolicismo Social, no solo quería hacer una empresa para ganar dinero y ya, sino que apuntaba a conformar, en torno a la fábrica, una “comunidad modelo”, un objetivo que en aquellos tiempos y bajo distintas formas guió el accionar de muchos emprendedores, aquí y en Europa. Pero como el viejo continente recién empezaba a gatear tras la devastación de la Primera Guerra, la idea cuajaba mucho más en una Argentina ávida de pobladores y de progreso (menos para la oligarquía terrateniente, claro).
Luego de un tiempo, Julio decidió trasladar la empresa a “un lugar menos urbanizado, que le permitiese llevar a cabo su idea de crear una fábrica con vida social propia”.

“En su búsqueda, Steverlynck dio con unas viejas instalaciones harineras a pocos kilómetros de la Basílica de Luján, a orillas del río Luján, en un predio donde también había funcionado una empresa textil. Una vez allí, se encontró con un inmenso descampado con dos ferrocarriles, rutas cercanas, abundante agua y una futura fuente de energía hidráulica en el río, donde se hallaba un viejo molino que años atrás había pertenecido a la familia del inmigrante vasco José María Jáuregui”.
Julio Steverlynck comenzó su actividad con un molino; luego se fue expandiendo con una tintorería, una hilandería y una gran fábrica textil. El crecimiento fue exponencial: “en 1925 eran 26 trabajadores, que se convirtieron en 1.800 para 1960”.
Pero no peguemos un salto tan grande. Don Julio puso en marcha su “comunidad modelo” junto con cientos y cientos de inmigrantes que llegaron para trabajar, escapando de las graves consecuencias de la Primera Guerra; especialmente, españoles e italianos.
Inspirado en la encíclica Rerum Novarum del Papa León XIII (el actual papa, León XIV, tomó su nombre de este sumo pontífice), que hacia 1891 marcó el inicio de la Doctrina Social de la Iglesia, Don Julio procuró para los obreros buenas condiciones de trabajo, jornadas laborales de ocho horas, sueldos altos, premios por producción, día de descanso semanal y vacaciones pagas, aguinaldo, licencia por casamiento… Pero además atención de la salud y educación para los niños y niñas, ya que se construyó un hospital, varios dispensarios, escuelas y, por supuesto, una iglesia (después hubo más de una).


Julio Steverlynck era un ferviente militante del Catolicismo Social (izq.). El Papa León XIII (der.), en su encíclica Rerum Novarum de 1891, sentó las bases de la Doctrina Social de la Iglesia Católica
La comunidad modelo (¿la comunidad organizada?)
Asimismo, Steverlynck otorgaba a los obreros créditos sin intereses para la compra de terrenos de hasta 800 metros cuadrados, que fueron la “materia prima” de distintos barrios que, en conjunto, conformaron “Villa Flandria”. También daba créditos absolutamente asequibles para la compra de viviendas ya fabricadas, bicicletas y elementos para el hogar.
Una comunidad no es tal sin cultura y deporte. Se inauguró “la Cooperativa Obrera de Consumos, la biblioteca, el Colegio San Luis Gonzaga, el Club Ciclista ‘El Pedal’, la Banda y el Conjunto Teatral Rerum Novarum (en honor a la encíclica) y, en 1939, el Club Náutico ‘El Timón’”.
Si bien Don Julio había permitido a los obreros hacer una cancha de fútbol junto a la fábrica en 1929, para 1940 “se creó el campo de deportes ‘El Chano’ y los empleados empezaron a usar ese lugar para jugar al fútbol. Unos meses después formaron un equipo al cual, por razones lógicas, llamaron Flandria”.

“El Club Social y Deportivo Flandria se inauguró el 9 de febrero de 1941 y comenzó a participar en el torneo de la Liga Lujanense bajo ese nombre, representado por los colores amarillo y negro”. (Hoy milita en la Primera B Metropolitana, es decir, la tercera categoría del fútbol argentino).
Cuando Julio Steverlynck visitó por primera vez a Eva Duarte de Perón corría el año 1948. En un momento, Evita, palmeándole la pierna, le dijo: “El general y yo nunca le vamos a perdonar una cosa, don Julio: que haya sido peronista antes de Perón”.
Laureano González, en una nota publicada por la Agencia Paco Urondo, hace un planteo interesante: “Relaciones de trabajo como estas por ahí nos lleven a doctrinas toyotistas donde el concepto de ‘la camiseta de la empresa’ es moneda corriente. Una estrategia basada en la identificación del obrero con los intereses de la empresa debido a una relación de confianza y paternalismo por parte de la dirección (…) Pero este caso no puede restringirse solo a un análisis organizacional de explotación porque, si así fuera, el peronismo debería ser condenado. Pongámoslo así: aunque existan esas relaciones asimétricas, los trabajadores, que son conscientes de eso, reivindican el accionar del empresario que les otorga un nuevo modo de vida, en una nueva comunidad donde se les garantizan nuevos derechos e instituciones para desarrollar una vida digna ¿Será, acaso, esa idílica comunidad organizada de la cual habló luego Juan Domingo Perón?”.
Vale aquí citar al artista plástico Daniel Santoro, cuando recordó una entrevista en la cual le preguntaron a Perón sobre el comunismo, y respondió: “Usted dele al obrero una casa, un auto, que pueda mandar a los chicos al colegio, que pueda irse de vacaciones, que pueda disfrutar de los fines de semana, de un asado… ¿Para qué quiere ese obrero hacerse comunista?”.

El lugar, a través del tiempo, cambió de nombre. Primero fue “Jáuregui” en honor al inmigrante vasco que puso el molino original, y luego se denominó “Villa Flandria” por razones obvias. Don Julio Steverlynck murió en 1975, minutos antes de que en Argentina desembarcara la dictadura y se abandonara la matriz industrial para reemplazarla por una de valorización (timba) financiera. La algodonera resistió, pero hacia 1995 -en plena Segunda Década Infame– quebró y cerró por la quita total de incentivo a la producción y la apertura indiscriminada de importaciones. Por ley, se le restituyó a la localidad su nombre primigenio. Aunque nadie puede evitar que cada vecino la llame como quiera.
Si usted lector, o usted lectora, llegó hasta aquí, se debe estar preguntando y con razón: ¿Y el «modelo Milei»? Es la antítesis perfecta del modelo Flandria, o modelo Steverlynck… o como más le guste.
Fuentes:
- Fundadores con compromiso social – La Nación
- Flandria y el belga que hizo peronismo antes que Perón – APU
- Club Social y Deportivo Flandria
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