“Empecemos por el principio”, se suele aconsejar. A contramano, comenzaremos esta historia por el final.
En 1957, una mujer argentina llamada Ana Beker (algunos lo escriben Becker) vio cómo el libro que había escrito, titulado “Amazona de las Américas”, era descatalogado y retirado de todos los sitios donde acababa de ser puesto en venta, por orden del gobierno dictatorial. Era la dictadura de Pedro Eugenio Aramburu y de Isaac Rojas, los dos capitostes del sangriento derrocamiento de Juan D. Perón en el ‘55 e iniciadores de casi 20 años sin democracia en Argentina.
Ana Beker, nacida el 16 de noviembre de 1916 en la ciudad bonaerense de Lobería, había protagonizado una hazaña sin precedentes en el mundo: en casi cuatro años recorrió 25 mil kilómetros a caballo uniendo la ciudad de Buenos Aires con la de Ottawa, en Canadá, travesía “imposible” -como se cansó de escuchar desde que hizo pública su decisión hasta que llegó a la ciudad norteamericana- a mediados del siglo XX y “más aún para una mujer”. Salió de la capital argentina en 1950 y pisó suelo canadiense en 1954.
Fue aclamada a tal punto que en EEUU la recibió la primera dama, Mary ‘Mamie’ Geneva Doud, esposa del presidente Eisenhower, quien la llevó a conocer la Casa Blanca; en Nueva Orleans le entregaron la “llave de la ciudad” y la nombraron “Ciudadana Honoraria”; en Nueva York tuvo un paseo glorioso por el Central Park; en México conoció un recibimiento popular a la altura de un verdadera heroína, con bandas de música incluidas; en Canadá la esperaron cientos de alumnos y alumnas de escuelas primarias, quienes fueron tapizando su camino con flores, lo cual terminó con una muchedumbre rodeándola en Ottawa al tiempo que la radio transmitía en vivo aquella gesta. “En todos los países se me trató muy bien y fueron muchas las personas, políticos y periodistas que supieron recibirme y ayudarme”, escribió Ana en su libro prohibido.

Entonces, ¿qué pasó en Argentina? ¿Por qué la condenaron al olvido? Dijimos que Ana Beker hizo su viaje entre 1950 y 1954… ¿Quiénes gobernaban? Todo dicho. Como Evita la ayudó para que pudiese iniciar tamaña travesía y Perón puso a su disposición un barco que la trajera desde Canadá, la ocultaron para siempre. Fue una víctima más (y van…) del odio que se desató el 16 de septiembre de 1955 y que, lamentablemente, llega hasta nuestros días.
Recordemos la suerte que corrió la brillante tenista Mary Terán de Weiss, o la selección de básquet argentina que ganó el primer Campeonato Mundial de ese deporte en 1950, o el nadador de aguas abiertas Antonio Albertondo, el primero del planeta en cruzar el Canal de la Mancha ida y vuelta, quien tiene un monolito en ¡Inglaterra! y aquí el dictador Isaac Rojas lo metió preso. En fin, como dice Litto Nebbia, “si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia: la verdadera historia, quien quiera oir que oiga”.

La verdadera historia de Ana Beker
Antes de seguir, aclaremos que Ana Beker no tuvo un camino de rosas ni muchísimo menos. Es más, varias veces se codeó con la muerte. Sorteó huracanes, un terremoto, robos, hambre y sed hasta desvanecerse, la guerra civil en Colombia, intentos de abuso sexual, se perdió varias veces sin saber dónde estaba, se topó con animales salvajes y, por si fuese poco, un largo etcétera. Pero su lema de cabecera hizo que todo eso y más también jamás la detuvieran: “Una mujer puede realizar cualquier cosa que se proponga”.
Cierta vez, perdida en la selva colombiana, se topó con una mujer alta y arrogante que la refugió en su rancho. Al otro día, al partir, le preguntó si no le temía a los bandoleros. “Yo soy la jefa de los bandoleros”, le contestó. “La felicito. Me parece muy bien que las mujeres sepan estar en su puesto”, le dijo Ana Beker
Como ya mencionamos, Ana Beker llegó al mundo en Lobería el 16 de noviembre de 1916 (escorpiana tenía que ser…). Sus padres eran campesinos que llegaron al país procedentes de Letonia. Se mudaron al pueblo de Algarrobo, en el también bonaerense partido de Villarino, donde adquirieron una finca. Tenían establos y caballos: todo lo que una amazona en ciernes necesitaba.

Por las noches, de chica, Ana se iba a dormir al establo con los caballos. También cuentan que a veces, mientras sus padres dormían, se escapaba montando uno. Era “indomable”. Todos, incluso sus padres, decían que hacía cosas de varón, ya que participaba de las actividades que realizaban los peones, siempre y cuando conllevaran montar a caballo.
En 1940 hizo su primera gran travesía, cuando unió La Pampa con Luján, para lo cual tuvo que recorrer unos 1.400 kilómetros. Pero dos años más tarde fue por más. Con dos caballos criollos que le facilitó el entonces presidente, Roberto M. Ortiz, recorrió toda la geografía nacional -en aquel momento integrada por 14 provincias- en un plazo de diez meses.
El suizo-argentino que encendió la mecha
Escribió Ana Beker: “En cierta ocasión fui a escuchar una conferencia del suizo Aimé Félix Tschiffely, antiguo maestro de Quilmes, quien, como se sabe, realizó la hazaña de llegar desde Buenos Aires a Nueva York con dos caballos, Mancha y Gato, animales que se hicieron famosos después de cumplir aquella marcha. Tschiffely hizo un relato ilustrado con proyecciones de su viaje a través de veintiún mil kilómetros por los pantanos, ríos, montañas, fangales, selvas y desiertos del nuevo continente. Al terminar su exposición, me acerqué a Tschiffely, y le dije que proyectaba viajar con un caballo de silla y un carguero hasta la capital del Canadá. El me miró un momento estupefacto, y después, con la sonrisa bondadosa que le era característica, expresó que si yo conseguía hacer eso, hazaña muy difícil, superaría la suya, lo que sería tanto más significativo por tratarse de una mujer. Me explicó que su raid le valió la invitación de la Sociedad Geográfica de Estados Unidos para un relato en sesión solemne, como sólo se había hecho con el explorador Amundsen y el almirante Byrd”. Tschiffely le aconsejó que no hiciera su travesía por Bolivia, dada la cantidad de ciénegas y desiertos de su geografía, a lo que Ana respondió: “Si usted pudo pasar, yo también podré”.

Eva
Ana estuvo años preparando su viaje. Necesitaba ayuda para poder iniciar una travesía que todos consideraban una locura, algo sencillamente destinado al fracaso. Entonces decidió visitar a Eva Duarte de Perón. Le contó sobre sus planes. Y el 1 de octubre de 1950 ya estaba saliendo desde Plaza Congreso con dos caballos: “Príncipe”, un regalo del polista Manuel Estrada, y “Churrito”, del criador pampeano Pedro Mack.
No anduvo mucho hasta que despertó en el Hospital de San Fernando, tras sufrir un accidente. Pero nada podía amilanar a la amazona de Lobería.
Sus primeros caballos murieron durante el recorrido. Llegó a Canadá con otros compañeros: “Chiquito” y “Furia”
Atravesó Argentina, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, Guatemala, México, Estados Unidos y Canadá. Luego de 3 años, 9 meses y 5 días, finalizó su proeza cuando, el 6 de julio de 1954, desmontó frente a la embajada de Argentina en Otawa.
En La Paz, Bolivia, fue atropellada en la ruta. Ella se repuso, pero “Churrito” murió en sus brazos. Evita le envió otro caballo desde Salta, aunque Ana lo rechazó amablemente a causa de que era blanco, y desde niña tenía una creencia que la perseguía: “los caballos blancos atraen a los rayos”.
Tuvo innumerables encuentros con comunidades indígenas en varios países, sobre todo de la región andina, de las cuales Ana rescató maravillosas enseñanzas. Aunque no adoptó todas sus medicinas ancestrales, siempre subrayó la bondad y el acompañamiento de los pueblos originarios; un cacique llegó a ofrecerle casamiento, y otro envió a sus hombres para que la escoltaran hasta tierras seguras, pues la esperaba un largo trecho a campo traviesa.

En Colombia se las vio negras con la guerra civil y las bandas armadas. Sin embargo, siguió adelante. En un momento, perdida en la selva, se topó con “una mujer alta y arrogante” que la refugió en su rancho. “Al otro día, al partir, le preguntó si no le temía a los bandoleros. ‘Yo soy la jefa de los bandoleros’, le contestó. ‘La felicito. Me parece muy bien que las mujeres sepan estar en su puesto’”, le dijo Ana Beker (2).
Tuvo momentos en que sintió que ya no podría. Y lo dejó escrito. “El miedo me invade (…) La desolación iba haciendo presa de mi alma. Perdí el aplomo, me sentí como una niña aterrorizada, no atinaba a reflexionar, intentaba gritar sin conseguirlo, de pronto cantaba para aturdirme”, narró.
Al menos un par de veces intentaron violarla en grupo. De una situación escapó. En la otra se defendió a rebencazos y salió de allí al galope.
Lo cierto es que, a medida que avanzaba, Ana era noticia en los diarios y en las radios, de manera tal que cada vez se sorprendía más y más con masivas recepciones cuando llegaba a una ciudad. En Nicaragua fue recibida por el presidente, el dictador Anastasio Somoza, y no dudó en pedirle algo: un revólver.


“El 27 de noviembre de 1954 retornó al país a bordo del vapor Río Tercero (se lo envió el presidente Juan D. Perón), barco de la Flota Mercante Argentina. Con el correr de los años, su salud fue empeorando y tuvo que ser internada en el Hospital Español de Lomas de Zamora, donde permaneció un tiempo, hasta que su familia, residente en Bahía Blanca, decidió trasladarla a dicha ciudad, donde falleció en un geriátrico el 14 de noviembre de 1985. Sus restos fueron trasladados a Algarrobo, y hoy descansan en el cementerio de esa localidad bonaerense que la vio crecer y desarrollarse, y donde se la recuerda con singular afecto; se ha denominando con su nombre a la plaza pública, descubriéndose en ella una placa en su memoria el 13 de diciembre de 1994. En Lobería, una calle lleva su nombre”.
Hasta la actualidad, se realizan actividades que llevan su nombre en el interior bonaerense. Pero Ana Beker fue borrada de un plumazo de la historia argentina a causa de la eterna ceguera del antiperonismo. Y eso que jamás se autoproclamó peronista: sencillamente, en su libro recordó que en 1950 “la primera dama” la ayudó a terminar de organizar su viaje. Cegueras argentinas que, tristemente, llegan hasta hoy.

Fuentes: (1) Buenos Aires/12; 2261.com.ar; revisionistas.com.ar; Ecos Diarios; Mágicas ruinas.














































































