Por Jorge Garacotche (*)
La Plata es una de las ciudades más particulares de nuestro país. En política, fútbol, clima universitario y luchas diversas, ha dejado su marca. Entonces, el rock argentino también debía ingresar a ese sitial.
Desde los inicios de este estilo en la ciudad, el rock fue reuniendo a gente del arte, y verdaderos personajes se forjaron grandes bandas con músicos notables. La cercanía con Buenos Aires hizo que muchísimos grupos y solistas frecuenten escenarios, clubes y estadios; de esa manera, se fueron alimentando mutuamente.
Desde hace algunos años nos enteramos que un espectáculo musical se lanzó a contar esa historia desde las canciones, aquellas de los fogones, las que son la banda de sonido de nuestras adolescencias. Así conocimos el trabajo histórico, y fundamentalmente de amor por nuestra música popular, que lleva a cabo el Dúo Confluencia.
Andrés Mormann y Gustavo Cazzola son los relatores de esas historias, los artífices de un proyecto de rescate de una gran parte de nosotros mismos. Por eso la gente va a escucharlos con la intención de un reencuentro, y ahí, entre sus propias calles, merodeando por las famosas y complejas diagonales que tanto desorientan a los visitantes, construyen juntos un cuento de hadas rockeras.
Jorge Garacotche – Contanos sobre tu infancia, tus primeros tiempos de contacto con la música y su mundo.
Andrés Mormann – Desde niño, en mi casa se respiraba cultura. Mis hermanos hacían danza folklórica, y yo, todavía pequeño, mientras giraban los vinilos en el Winco, empuñaba una guitarra imaginaria, fabricada con una espumadera de cocina, simulando los tonos y los acordes de las canciones de The Beatles y Creedence Clearwater Revival. De todas maneras, eran Jorge Cafrune, Ramona Galarza, Hernán Figueroa Reyes, Los Quilla Huasi, Los Fronterizos y tantos otros, quienes más sonaban en aquella humilde casa del barrio de Los Hornos, en la ciudad de La Plata.
Allí, entre zambas, guitarras y sueños de infancia, comenzó a forjarse una manera de sentir la música no sólo como arte, sino también como identidad y pertenencia. Un mediodía de domingo, mientras mi madre se disponía a cocinar, una pequeña radio a transistores sobre la mesa me conmovía con una canción que, para mis tempranos ocho años, impactó demasiado pronto en mi corazón. Corría el año 1969, y fue entonces cuando conocí, poéticamente, la indigencia. Aquel día, Víctor Heredia, a través de “El Viejo Matías”, me entregó quizá la canción de amor más hermosa de toda su vida. Ya en el colegio secundario, las cosas no cambiaron demasiado. Allí terminé de afirmar mi compromiso nacional y popular. Un poco más consciente de ciertas cuestiones relacionadas con la política, comencé a militar en la UES, y claramente los golpes y las desdichas también fueron parte del camino, siempre acompañado por las poesías del rock fundacional argentino.
JG – Claro, ahí se despertó el adolescente rebelde, comprometido con su realidad cotidiana y que vivía en una ciudad en donde todo lo político y lo cultural arde constantemente y desde siempre.
AM – ¿Rebelde?… Sí, pero a conciencia. Y la música se me fue metiendo en el cuerpo como el barrio, como las calles conocidas y las necesidades de su gente. Llevaba la guitarra a la escuela y, al pie del mástil del patio, dibujaba sobre canciones de Sui Generis, Pastoral, Almendra y Vox Dei, intentando seducir, quién sabe, a alguna compañera, mientras también intentaba encontrarme a mí mismo entre acordes y utopías.
JG – Ya para estos años conocés a Gustavo Cazzola, tu gran compañero de ruta, y ahí empieza otra relación con la música y junto a un aliado.
AM – Y así fue pasando el tiempo hasta que conocí a Gustavo, en la escuela, obvio, y casi de casualidad, como nacían tantos dúos de aquella época, comenzó nuestro camino en el secundario. El dúo, que más tarde bautizamos Confluencia, a principios de los años 80 hizo su debut en una peña realizada por el colegio San Pío X. Aquella sería nuestra primera presentación, y de ahí en más hasta hoy seguimos visitando diversos locales de la ciudad y sus alrededores, recorriendo la ruta del cancionero rockero a la que llamamos “La historia cantada del rock argentino”.

JG – Pero en medio del rock aparece un cantante, un compositor, que a vos te pega de un modo diferente, que ya conocías de chico, pero que ahora ayudaba a que tomaras más conciencia de lo que se dio en llamar “la canción social”.
AM – Te referís a Víctor Heredia, claro, nunca perdí mi admiración por las obras y, sobre todo, por la humanidad de Víctor Heredia. Siempre lo escuché y, cada vez que podía, cantaba algunas de sus canciones. Fue mi brújula, el faro que de alguna manera alumbró mi destino dentro del rock. Hoy, a la par de un gran amigo, Horacio Bondesio, en piano, y en una suerte de revisión histórica de obras populares y folklóricas, además de un reconocimiento a Víctor, interpretamos un acústico que marca la vigencia y veracidad de sus letras, escritas hace más de 50 años en algunos casos, demostrando que, a pesar del tiempo transcurrido, nada ha cambiado. Creo que la historia siempre se repite, y el pueblo parece no darse cuenta, obligado muchas veces a la resignación. Parece una batalla desigual, y ciertamente lo es. Pero acá estamos, y vamos al frente, a defender lo nuestro, contra todo aquello que no nos corresponde ni merecemos.
JG – ¿Y por qué elegiste la música como forma de comunicación, como un modo de mostrarnos cada uno de tus sentimientos?
AM – Porque entiendo que es la forma más maravillosa de expresar, de “cantar aquello que hablando ya no entendemos”. Porque la música son mis hijos, nuestras familias, nuestros amigos; es el amor por nuestras raíces, nuestros orígenes, nuestras costumbres y nuestra tradición. La música es memoria, identidad y resistencia. Es el abrazo que nos salva en tiempos difíciles, la palabra que no se calla y el sentimiento que todavía nos mantiene de pie.
«La música es la forma más maravillosa de expresar, de ‘cantar aquello que hablando ya no entendemos’. La música son mis hijos, nuestras familias, nuestros amigos; es el amor por nuestras raíces, nuestros orígenes, nuestras costumbres y nuestra tradición. La música es memoria, identidad y resistencia. Es el abrazo que nos salva en tiempos difíciles, la palabra que no se calla y el sentimiento que todavía nos mantiene de pie»
JG – ¿Cuál es tu experiencia de vida, tu reflexión, por ser un tipo que experimenta la expresión a través de un lenguaje tan particular como la música, sabiendo lo que significa para la gente?
AM – Un abrazo inmenso de la gente que tiene la necesidad de oír canciones necesarias, canciones que ayudan a recuperar la memoria de todo lo mucho y bueno que posee nuestra cultura. Cuando una canción logra emocionar, también logra despertar recuerdos, identidad y pertenencia. Y allí es donde la música deja de ser solamente arte, para convertirse también en memoria colectiva.
JG – Uno tiene una relación muy ambigua con la adolescencia, hay grandes penas, soledades, desamores, pero también enormes satisfacciones a las que quisiéramos regresar, ¿es tu caso el de extrañar esa época?
AM – Claro, extraño a mis compañeros comprometidos y solidarios con los otros compañeros. Extraño aquellos guardapolvos blancos que logramos instalar en la escuela pública, como símbolo de igualdad, en un ámbito nutrido por distintas clases sociales. Porque detrás de esa tela sencilla había algo mucho más profundo, la idea de que nadie debía valer más que otro. Y así, entre aulas, recreos y sueños compartidos, el guardapolvo nos hacía iguales.

JG – ¿Qué significa para vos, para tus vivencias, la palabra éxito? Estoy suponiendo que representa algo mucho más interno, más profundo de lo que se conoce como tal, ¿hay algo así?
AM – El éxito no siempre es llegar, a veces el éxito es resistir, seguir caminando aún cuando el viento empuja para otro lado. Tener la dignidad de no bajar la guardia, de no entregar la memoria ni permitir que nos roben la identidad cultural; es una forma profunda de victoria. Y quizás ahí aparece la verdadera medida del éxito, seguir creyendo en la canción, en la palabra, en la guitarra como herramienta de memoria y encuentro. “Con mi guitarra supe que el olvido es la razón de poder recordar, y que el camino es aquel que no tiene final”. Ahí hay una definición entera de vida. Porque quien entiende que el camino no termina, también entiende que el arte no se posee, se defiende, se transmite y se comparte. Y así la mirada del éxito está mucho más cerca de la coherencia que de la fama. Y eso deja huella.
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Por suerte, esas mismas huellas caminan por las veredas de La Plata. Pero sabemos que, en secreto, recorren los rincones de un país que sabía que el tango y el folclore eran sus idiomas musicales. Con el paso del tiempo cayó en la cuenta de que el rock también pertenecía a su lenguaje, que lo ayudaba a apropiarse de su historia individual y colectiva, ese que lo hacía cantar “una que sepamos todos” en la escuela, en el barrio, en los picnics, en cualquier lugar en donde los pibes y las pibas quieran hablar sobre ellos mismos.
(*) Músico, compositor, integrante del grupo Canturbe y Presidente de AMIBA (Asociación Músicas/os Independientes Buenos Aires). Vive en Villa Crespo, Comuna 15. Bs As












































































