Por Gonzalo Mainoldi (*)

Hay noticias que uno sabe que algún día van a llegar, pero para las que nunca está preparado.
La muerte del Indio Solari es una de ellas.
Porque hay personas cuya existencia se vuelve tan grande, tan incorporada a la vida cotidiana de millones, que terminamos creyendo que siempre van a estar ahí. Como si el paso del tiempo no pudiera alcanzarlas. Como si pertenecieran a una dimensión distinta, reservada para esos pocos nombres que dejan de ser individuos para convertirse en símbolos.
Por eso, cuando mueren, no sentimos solamente la tristeza de una pérdida. Sentimos algo más difícil de explicar. La sensación de que una parte de nuestra propia historia acaba de moverse de lugar.
Me pasó con Maradona y hoy me vuelve a pasar con el Indio.
Porque los inmortales también mueren.
Y cuando eso sucede no desaparece solamente una persona. Se sacude una época, una memoria compartida, una presencia que parecía permanente. Algo se altera en el paisaje emocional de una sociedad.
Sin embargo, mientras avanzaba el día, empecé a notar algo que me llamó la atención. Después de conocerse la noticia, el Indio estaba en todas partes. Sonaba en el celular de un tipo que barría la calle, en un taxi detenido en un semáforo, en un kiosco, en los auriculares de alguien que caminaba apurado por la calle.
Y entonces entendí que estaba ocurriendo algo mucho más profundo que un homenaje.
Porque nadie lo había organizado. No había escenario, discursos ni convocatoria. Sin embargo, miles de personas habían decidido hacer exactamente lo mismo: volver a escuchar al Indio.
Y en ese gesto apareció una palabra que explica muchas cosas: lealtad.
La lealtad de quienes crecieron acompañados por sus canciones. De quienes encontraron en sus letras una forma de nombrar angustias, alegrías, amores y derrotas. Porque las canciones del Indio no fueron solamente música. Para muchísima gente fueron compañía, refugio y una manera de entender el mundo.
Los inmortales también mueren. Y cuando eso sucede no desaparece solamente una persona. Se sacude una época, una memoria compartida, una presencia que parecía permanente. Algo se altera en el paisaje emocional de una sociedad
Tal vez por eso el fenómeno ricotero siempre fue tan difícil de explicar. Hablar de éxito es poco. Hablar de popularidad también.
Lo que construyeron Los Redondos y el Indio junto a su público pertenece a otra categoría. No se trata solamente de música. Se trata de identidad, de pertenencia y de una comunidad invisible que atravesó generaciones, geografías y clases sociales.
Pero hay algo más que explica la profundidad de su huella.
El Indio fue la voz de quienes muchas veces no tenían voz, aunque nunca eligió el camino fácil. Nunca simplificó su mensaje para llegar a más gente. Hizo exactamente lo contrario: desafió a su público.
Mientras gran parte de la industria cultural apostaba por mensajes cada vez más simples, él construyó una obra llena de metáforas, referencias literarias, imágenes complejas y preguntas incómodas. Y lo extraordinario fue que millones de personas decidieron acompañarlo en ese recorrido.
El Indio fue la voz de quienes muchas veces no tenían voz, aunque nunca eligió el camino fácil. Nunca simplificó su mensaje para llegar a más gente. Hizo exactamente lo contrario: desafió a su público
Por eso sería un error pensar al Indio únicamente como un músico popular. También fue, quizás sin proponérselo, un enorme promotor cultural. Entró en los barrios por abajo y llevó a muchos de sus seguidores hacia arriba. Acercó a generaciones enteras a la literatura, a la poesía, a la filosofía y a formas más profundas de interpretar la realidad.
No les habló desde la superioridad intelectual. Los invitó a pensar.
Tal vez por eso tantas de sus frases lograron independizarse de la música para convertirse en patrimonio popular.
“Violencia es mentir”.
“El lujo es vulgaridad”.
“Hay caballos que se mueren potros, sin galopar”.
“Cuando la noche es más oscura, se viene el día en tu corazón”.
“Siempre fui menos que mi reputación”.

Esos versos dejaron de pertenecer exclusivamente a una canción para transformarse en parte del lenguaje cotidiano de millones de argentinos. Hoy aparecen en murales, remeras, tatuajes y banderas. Circulan como antes circulaban los proverbios populares.
Y quizás allí radique una de sus mayores victorias culturales: haber convertido canciones en ideas compartidas.
Sin embargo, mientras escribo estas líneas, pienso que tal vez la tristeza no provenga solamente de la muerte de una persona ni siquiera de la despedida de un mito popular.
Hay algo más profundo.
Porque cuando muere un artista de esta dimensión no sólo desaparece una presencia. También desaparece una mirada.
Lo que se pierde no es únicamente lo que hizo. También todo aquello que todavía podía hacer. Las canciones que nunca escucharemos. Los versos que nunca escribirá. Las reflexiones que ya no tendrá la oportunidad de compartir.
Y eso duele porque el arte no sólo entretiene. El arte también nos ayuda a comprender. Nos ofrece palabras cuando no sabemos cómo explicar lo que sentimos. Nos obliga a mirar desde perspectivas distintas a las habituales.
Cuando muere un artista de esta dimensión no sólo desaparece una presencia. También desaparece una mirada. Lo que se pierde no es únicamente lo que hizo. También todo aquello que todavía podía hacer. Las canciones que nunca escucharemos. Los versos que nunca escribirá. Las reflexiones que ya no tendrá la oportunidad de compartir
Los grandes artistas tienen esa capacidad extraordinaria de ampliar nuestra mirada sobre el mundo. Por eso su ausencia pesa. Porque dejan de producir sentido. Porque dejan de ofrecernos nuevas preguntas.
Y en el caso del Indio existe además una dimensión que atravesó toda su historia: la capacidad del arte para derribar fronteras.
Durante décadas compartieron sus recitales personas que probablemente nunca se hubieran encontrado en ningún otro ámbito. El obrero y el profesional. El estudiante y el comerciante. El militante y el escéptico. Todos cantando las mismas canciones y encontrando algo propio en las mismas letras.
Porque el arte, cuando alcanza su máxima expresión, atraviesa cualquier frontera simbólica que pretenda dividir a las personas. Deja de pertenecer a un sector y se convierte en un territorio común.
Durante décadas compartieron sus recitales personas que probablemente nunca se hubieran encontrado en ningún otro ámbito. El obrero y el profesional. El estudiante y el comerciante. El militante y el escéptico. Todos cantando las mismas canciones y encontrando algo propio en las mismas letras
Quizás por eso la obra del Indio sobrevivirá a su muerte.
Porque no construyó solamente canciones. Construyó puentes. Entre generaciones, entre clases sociales y entre personas que encontraron en sus palabras una forma compartida de habitar la realidad.
Por eso hay personas que mueren y hay otras que se convierten definitivamente en cultura.
El Indio pertenece a esa categoría excepcional.
Y cuando eso sucede, la muerte ya no tiene la última palabra.
(*) Lic. en Políticas y Administración de la Cultura (UNTREF) – Posgrado en Comunicación política y opinión pública (FLACSO)














































































