Por Alejandro Salamone
En la previa de un nuevo choque crucial en el Mundial, Lionel Scaloni intentó enfriar la temperatura con la templanza que lo caracteriza. «Es solo un partido de fútbol, no es más que eso», lanzó ante los micrófonos de la prensa internacional, poco después de dejar en el camino a Suiza. Se entiende el discurso políticamente correcto del DT de la Selección nacional; su rol es quitarle mochila a los jugadores, blindar el vestuario y mantener la cabeza fría en lo táctico. Pero, seamos sinceros, él en su interior sabe perfectamente que no es así.
Es cierto que estamos ante un partido del deporte más lindo del mundo. Una pelota, once contra once y noventa minutos de táctica. Sin embargo, cuando la camiseta albiceleste se cruza con la de los tres leones, resulta imposible evitar que la historia se nos venga encima. ¿Cómo pedirle al hincha, al ciudadano común, que no le broten los recuerdos? Frente a Inglaterra, el pasado no pide permiso: se corporiza la causa Malvinas y, si hurgamos en los textos escolares, saltan aquellas invasiones inglesas de 1806 y 1807, derrotadas con hidalguía por el pueblo y las milicias urbanas de la reconquista.
Eso es lo que tiene un Mundial. Al enfrentar a diferentes países, la geopolítica y el pasado se vuelven ineludibles. No por nada, cada cuatro años, los docentes de colegios primarios, secundarios e incluso de las universidades incorporan a sus planes de estudio la geografía, la historia, la idiosincrasia y las costumbres de cada nación participante. El Mundial es un espejo de la humanidad y de sus tensiones.
Y el miércoles, cuando suenen los himnos —ese ingrediente único que despierta el nacionalismo más profundo y nos eriza la piel—, será inevitable el viaje en el tiempo. ¿Cómo no acordarse de los goles y los festejos de Diego en el 86? ¿Cómo no conmoverse otra vez con el relato eterno de Víctor Hugo Morales? Aquel triunfo fue el pueblo celebrando en las calles cuando todavía estaba demasiado fresca la memoria de nuestros pibes en las islas. Hay una carga emocional extra que estremece el pecho, y negarla sería de necios.
El técnico baja línea de calma hacia afuera, pero puertas adentro, la realidad tiene otra música. Si repasamos la letra que los propios jugadores cantan en la intimidad del vestuario, queda claro que el sentimiento es muy distinto al frío cassette de las conferencias:
«Soy hincha de la selección, La aliento con el corazón, Ganamos la tercera con Lionel, Queremos ser campeones otra vez, Y 32 años después, La Scaloneta va a vengar, La copa que le robaron al diez, La que no nos dejaron levantar, Quiero ver la cuarta estrella, Brillar en la camiseta, Soy argento de la cuna hasta el cajón, Por Malvinas, Por el Diego, Por la última de Leo, Argentina, quiero verte bicampeón.»
Señor lector, lo invito a leer esa letra una y otra vez. Pregúntese si esa declaración de principios se corresponde con el «es solo un partido» que Scaloni declaró para el mundo. La respuesta es obvia. Hay algo inquebrantable que une el barro de la historia con el césped de la cancha.
Se viene el miércoles, y se viene mucho más que un partido de fútbol. Sí, hagamos el esfuerzo de tener la cabeza puesta en que, reglamentariamente, es solamente eso. Por unas horas, hagamos el ejercicio de olvidar que nuestro presidente, Javier Milei, ha manifestado su admiración por Margaret Thatcher —sí, la «Dama de Hierro», la misma que ordenó el hundimiento del crucero General Belgrano fuera de la zona de exclusión—. Olvidemos por un instante las divisiones de la política y alentemos con todas nuestras fuerzas.
Sabemos que no es un partido más. Salgamos a ganar con nuestras armas: humildes, pero nobles. Y luego, si el resultado acompaña y el destino nos premia, que nadie se atreva a ser usurpador de la alegría del pueblo. En estos tiempos difíciles que corren, donde los bolsillos flaquean y las pálidas abundan, la gente se merece un respiro. Dejen que el pueblo festeje. No reprimamos ese sentimiento tan genuinamente deportivo, tan profundamente patriótico. Porque el miércoles, nos jugamos el pase, pero también nos jugamos la memoria.




















































































