Recuerdo que en los años 1966, 1967, vivía en la calle Nueva York de Berisso junto a mis viejos. Teníamos un comercio dedicado a la venta de mesas, sillas, muebles de cocina y juegos para chicos, como hamacas, calesitas, sube y baja.
Mi viejo me despertaba bien temprano, a las 4 de la madrugada, con el desayuno preparado, y salíamos antes de las 5 para Ramos Mejía a recorrer fábricas en una vieja camioneta Mercedes Benz modelo 1951.
El viaje era muy largo; aproximadamente tres horas. Yo manejaba. Íbamos por el Camino General Belgrano, pasábamos por Florencio Varela y Avellaneda, hasta poder tomar la Avenida Rivadavía y llegar al 13.000. Comprábamos la mercadería y regresábamos muy cargados en la vieja camioneta rumbo a Berisso, con una parada previa en “La Modelo” de 54 y 5 para comer un “monstruo de lomo”.
Otras veces parábamos antes de llegar a La Plata. “Acá hay camiones”, decía mi viejo cuando pasábamos por alguna parrilla del Parque Pereyra Iraola. Era un auténtico “santo y seña”: hace poco, escuchando un programa radial matutino, comentaban aquella emblemática frase: “Acá hay camiones, se debe comer bien y barato”.
Los que tenemos varias décadas acumuladas nos acordamos de esta “sugerencia” que nos hacían los que sabían.
Ya no extraño esas parrillas. Más bien extraño la comida de mi vieja, que nos preparaba verdaderos manjares; esos olores que nos llevan a tiempos remotos; la infancia, la adolescencia, la primera juventud, y compartir la comida en familia.
Tanto afecto escondido en el acto de dar de comer.
Cerca de las fiestas de fin de año de este 2025, y esperando el 2026 con salud y trabajo, les envío un afectuoso abrazo.















































































