Por Bárbara Dibene (*)
Juane Rambosio es diseñador, nació en Los Toldos y su acercamiento a la fotografía ocurrió de chico, en el pueblo, a partir de un taller de estenopeica, una técnica fotográfica que usa una cámara sin lente. “Me parecía súper mágico”, recuerda sobre ese tiempo en el que sintió “el primer amor por el fílmico o lo analógico”. En su infancia, en los noventa, no había cámara en su casa, por lo que las fotos familiares dependían de parientes o amigos de sus padres que justo la llevaran a un evento. “Por eso creo que me acerqué a la fotografía, para poder generar mi propio registro”, reconoce.
La idea de comprar una cámara analógica y acercarse a ese mundo surgió porque “hace un tiempo venía viendo que había gente que estaba sacando con rollo y más que nada me motivaba que las fotos parecían de cine, con colores azulados, verdosos, fríos. También hay algunos otros colores medios cálidos, que se ve que lo hará otro rollo. Yo, la verdad, soy muy pragmático; tengo poca teoría, pero me encanta sacar fotos”. Y agrega, resaltando la diferencia con el celular: “Está la cuestión de ver el grano, cuando hay alguna falla en el revelado, todas esas cosas me parecen súper interesantes, que lo digital no te lo da”.
A pesar de los desafíos del foco y la colocación del rollo, algo con lo que aún se está familiarizando, Juane está muy feliz y trata de llevar la cámara con él todo el tiempo para retratar los momentos que le parecen importantes. También, asegura, disfruta del proceso y la incertidumbre de no saber cómo resultó finalmente la foto hasta que llega el mail del “chico del laboratorio”. En ese sentido, dice: “En tu cabeza pensás ‘quedó re buena, me re parece este encuadre o está todo mal’, lo que sea, y hay algunas que esperás y otras, de las treinta y pico que sacás, que ni te acordás hasta verlas. Esto me parece increíble”. Muchas de esas fotos las comparte en su cuenta de Instagram @juane.tiff, que define como “mi porción de realidad analógica” y que creó especialmente a partir de esta actividad.

La espera era algo común en las familias argentinas, un ritual que, como menciona Juane, incluía la incertidumbre. Fotos movidas, oscuras, con ojos rojos o hasta con un dedo tapando la escena por accidente eran algunos de los fallos más comunes con los que una persona podía encontrarse. Pero ese error era el costo por la espontaneidad. El hecho de poder registrar tenía otro valor, simbólico y también económico, ya que los rollos tenían 24 o 36 disparos. Se reservaba el registro para ciertos eventos especiales, como cumpleaños, un casamiento o un bautizo.
La espera era algo común en las familias argentinas, un ritual que, como menciona Juane, incluía la incertidumbre. Fotos movidas, oscuras, con ojos rojos o hasta con un dedo tapando la escena por accidente eran algunos de los fallos más comunes con los que una persona podía encontrarse. Pero ese error era el costo por la espontaneidad
La fotografía digital, y particularmente la posibilidad de tomar fotos con el celular, modificó completamente la forma en que nos relacionamos con la imagen. Podemos registrar absolutamente cualquier cosa, probar distintos encuadres, poses, aplicar filtros. Pero pocas personas son las que luego organizan o transforman esa marea de imágenes en algo tangible, como un álbum. Entonces, no solo cambió el registro sino también el almacenamiento y la forma de compartir y revisitar esos momentos.

Un nicho en crecimiento
“El chico del laboratorio” es Fernán Fretez, quien está detrás del emprendimiento “Dealer fotográfico”, que hace cinco años ofrece rollos e insumos analógicos, además del servicio de revelado y digitalizado. Su incursión en el rubro tuvo que ver con su propio acercamiento a este tipo de fotografía y como una forma de costearla. “Cuando empecé la carrera de cine, veía autores que trabajaban en fílmico y me gustaban mucho, y también tenía amigos que utilizaban una analógica y me entusiasmaba lo que hacían. Me compré una cámara réflex en el mercado de San Telmo, que todavía es mi cámara principal y nunca la cambié. Ese fue el punto de partida”.

Hoy en día, recibe consultas diarias sobre cómo adentrarse en este mundo. “Hay mucha duda para elegir el primer rollo, saber si la cámara que encontraron en lo de la abuela funciona o no, y qué factores tener en cuenta para no equivocarse. A mí particularmente es de lo que más me gusta, poder orientar a aquellos que recién están arrancando para reducir el margen de error”. Luego, muchas de esas personas se mantienen en contacto, cuenta con entusiasmo: “Cuando revelás, la gente comparte sus fotos y te etiqueta y eso es siempre muy lindo porque valora el trabajo, y también sirve para que otros tengan una referencia”.
Kodak, Fujifilm y Cinestill son algunas de las marcas que tiene a la venta y logran remontarnos con su sola lectura a un pasado no tan lejano. Hay quienes todavía recordarán la campaña publicitaria “Momentos Kodak”, que nos invitaban a “vivir y volver a vivir” a partir del registro fotográfico. Una actividad que se podía compartir juntándonos, por ejemplo, a ver fotos un día lluvioso.

Consultado sobre por qué considera que las personas están eligiendo lo analógico otra vez, Fernán analiza que además de un interés más estético, “que tiene que ver con una textura, un color, una nostalgia, algo que evoca el formato”, hay una búsqueda de otro proceso a la hora de sacar fotos. “El bombardeo de las pantallas y la inmediatez en la que estamos sumergidos hacen que naturalmente busquemos vías de escape. Y el analógico tiene algunas restricciones que te cambian la percepción del tiempo y de la mirada. Tener un límite de fotos, frenar y pensar dos veces antes de disparar, esperar el revelado, entre otras cosas, te hace entrenar la mirada y buscar las imágenes desde un lugar menos fugaz, menos inmediato, menos plástico”.
“El bombardeo de las pantallas y la inmediatez en la que estamos sumergidos hacen que naturalmente busquemos vías de escape. Y el analógico tiene algunas restricciones que te cambian la percepción del tiempo y de la mirada. Tener un límite de fotos, frenar y pensar dos veces antes de disparar, esperar el revelado…»
Lo analógico como resistencia
Una respuesta similar a este “retorno” ensaya Sebastián Casali, fotógrafo y vitivinicultor, que trabajó durante varios años en el diario El Día. “Las personas quieren estar más tranquilas. Por eso la vuelta a esto de la espera, el revelado, y tener solo un disparo”.
“Las personas quieren estar más tranquilas. Por eso la vuelta a esto de la espera, el revelado, y tener solo un disparo”
Casualmente hace pocos días, su hijo descubrió la cámara Konica que era de su papá, y que fue su primer acercamiento a la fotografía cuando era chico. Con ese hecho reciente, recuerda feliz: “Íbamos de viaje y yo sacaba las fotos, después tuve una Kodak más moderna y le sacaba a mis hermanos jugando al fútbol. Siempre me llamó la atención la imagen. A los 18 entré a trabajar en Televisión Selectiva (canal platense) como fotógrafo y editor en el equipo deportivo, y más adelante empecé a estudiar fotografía en la escuela de José «Yuyo” Pereyra, reconocido en La Plata”.

Durante sus años en el diario vivió la transición del analógico al digital. Todavía recuerda que en la redacción se podía revelar de forma manual y que también había una máquina que escaneaba los negativos, la dinámica con los periodistas, la elección de fotos, los problemas cuando se velaba un rollo, pero también las grandes sorpresas y satisfacción del proceso. Asegura, rememorando esos tiempos, “que el rollo daba un resultado perfecto que con la cámara digital a veces necesitabas de varios intentos”.

Sebastián nunca se alejó de lo analógico y recuerda particularmente un viaje a España alrededor del 2006 cuando conoció la lomografía y empezó a experimentar. Las cámaras lomográficas surgieron en la década de 1980 en Rusia como un desarrollo destinado a los servicios secretos soviéticos.
Con el tiempo, esas cámaras económicas y compactas se popularizaron y por sus resultados se volvieron una herramienta de expresión artística y de resistencia, ya que sus efectos se alejaban de la perfección técnica con enfoques y desenfoques, viñetas y saturación de colores.
Actualmente, Sebastián decidió “volver a la tierra” y se dedica al mundo del vino con el proyecto “El monte”, pero, por supuesto, sigue unido a la fotografía; a otro ritmo, más analógico, menos apurado, más resistente.


(*) Becaria doctoral en el Centro de Estudios Parasitológicos y de Vectores (CCT-La Plata CONICET-UNLP) – Grupo ¿De qué hablamos cuando hablamos de Chagas? – Grupo GeoVin















































































