Por Jorge Fontevecchia (presidente y CEO de Editorial Perfil)
Como es de acostumbrarse, Milei, cada vez que la oposición desaparece del mapa y no le genera problemas, se encarga de pegarse tiros en el pie y desatar problemas en su gobierno que no tenía. Primero desatando un monumental desastre diplomático con el principal socio comercial del país y, al día siguiente, aunque incomparable en términos de daño al país, igualmente sintomático de su desquicio, insultando a un cabañero premiado de la Sociedad Rural, que había sido ministro de Duhalde.
¿No se dan cuenta que el presidente no está bien? ¿No se da cuenta el canciller Quirno, que luce como una persona seria, cuando lo acompaña a San Pablo? ¿No se da cuenta el resto de los ministros, que tienen una historia pública? ¿Estamos naturalizando tener un presidente que, como se titula el célebre film de Almodóvar, se encuentra al borde de un ataque de nervios? ¿En qué momento aceptamos como común algo que nunca tuvo lugar en la historia política de este país?
Da vergüenza. Por ahora, fingir demencia es la manera que tienen muchos que lo consideran un mal menor, a la que apelan para no sentir vergüenza.
¿En qué momento aceptamos como común algo que nunca tuvo lugar en la historia política de este país?
Focalizándonos ahora en el grave problema diplomático con Brasil, Milei y Lula son los opuestos perfectos que representan dos modelos distintos para los países de la región y dos formas de hacer política antagónicas.
Milei es un advenedizo de la política que hace apenas unos cinco años era un diputado de un minibloque de dos en el Congreso; hace siete, un panelista de televisión; y hace diez, un total desconocido. Lula empezó a hacer política en los setenta, bajo la dictadura militar en Brasil, cuando comenzó su actividad como dirigente sindical metalúrgico. Saltó a la notoriedad del país carioca tras dirigir las grandes huelgas en San Pablo de 1978 y 1980. De esta experiencia emergió el «Partido de los Trabajadores».
Milei se presentó a dos elecciones: en una salió diputado y en la otra, presidente. Su discurso fue totalmente radicalizado, al punto de proponer la «quema del Banco Central». Lula perdió tres elecciones presidenciales consecutivas -1989, 1994 y 1998- antes de llegar al poder. La de 1989 fue particularmente cerrada: perdió en segunda vuelta contra Fernando Collor de Mello. Recién en 2002, moderando su imagen pública y con una carta abierta «al pueblo brasileño» en la que garantizaba respeto a los contratos y la estabilidad económica, ganó la presidencia y asumió el 1 de enero de 2003.
Milei puede hacer campaña por Flávio Bolsonaro o por Kast en Chile, pero no impulsa la creación de un bloque regional comercial para competir y negociar en mejores condiciones con las potencias centrales. Lula fue un gran impulsor del Mercosur como una pata estratégica del desarrollo de Brasil y la región, además de promover el acuerdo entre este y la Unión Europea. Es decir, en los hechos, Milei propone una región dirigida por Estados Unidos con gobiernos que le sean políticamente serviles, y Lula, una alianza estratégica regional, no para pelearse ideológicamente con Estados Unidos, sino para obtener mayores ventajas competitivas y grados de autonomía.
Milei puede perder las elecciones y transformarse en un olvidable accidente de la historia. Lula, tras sacar decenas de millones de personas de la pobreza y, junto a Fernando Henrique Cardoso, estabilizar Brasil y llevarlo a ser la octava economía del mundo, tiene asegurado el puesto del político latinoamericano más importante del siglo XXI y uno de los artífices del nuevo orden mundial, tras ser fundador de los BRICS junto a Rusia, China e India, el mayor bloque económico mundial.
Milei puede perder las elecciones y transformarse en un olvidable accidente de la historia. Lula, tras sacar decenas de millones de personas de la pobreza y, junto a Fernando Henrique Cardoso, estabilizar Brasil y llevarlo a ser la octava economía del mundo, tiene asegurado el puesto del político latinoamericano más importante del siglo XXI
A lo largo de su carrera, Lula mostró un gran pragmatismo. De su izquierdismo inicial, a la ortodoxia económica, lo que sea necesario para que Brasil prospere. Se puede decir que Lula quiere ser presidente de su país más que tener razón. Tiene más interés en los resultados que en las ideas. Milei no quiere ser presidente. Ese es el motivo real del escándalo diplomático que hay entre Argentina y Brasil. Lo que Milei quiere ser, en realidad, es una suerte de dirigente y profeta de la extrema derecha mundial. Alguien que viva de viajar por el mundo dando charlas y recibiendo premios de las organizaciones de este espacio y de los gobiernos que los reaccionarios de los diferentes países conquisten.
Un presidente hace lo posible porque las empresas de su país incrementen el flujo comercial con los socios comerciales, es un facilitador de las exportaciones, porque justamente esto hace que haya más ingreso de divisas y se generen puestos de trabajo, elevando el nivel de vida de la población. Alguien que insulta al presidente del primer socio comercial es un obstaculizador de estas relaciones, todo lo contrario a un presidente. Milei fue a hacer campaña por Flávio Bolsonaro porque, al igual que con Trump, se jugó un pleno en esa elección. Luego, si Lula es reelecto y Trump pierde en medio término, probablemente haya incertidumbre económica que se explicará por «el riesgo kuka», y si efectivamente el año que viene pierde el poder, hablará de una conspiración o golpe de Estado encubierto. Un político hace que las cosas sean posibles, acordando, negociando. Un líder extremista busca que el mundo sea como él cree que debe ser, y si no es así, prefiere quedarse criticando al margen de la historia. Por eso, durante gran parte de su vida Milei fue un marginal político, justamente porque estaba al margen, insultando y criticando a todos. Cuando la sociedad fue al margen a buscar una salida, esto cambió la situación de Milei, pero esto no lo hizo menos extremista.
Un político hace que las cosas sean posibles, acordando, negociando. Un líder extremista busca que el mundo sea como él cree que debe ser, y si no es así, prefiere quedarse criticando al margen de la historia. Por eso, durante gran parte de su vida Milei fue un marginal político
Lo que ocurrió en San Pablo no es un exabrupto verbal más de Javier Milei: es una ruptura del protocolo diplomático con consecuencias concretas, y reducirlo a «otra frase fuerte del Presidente» es no entender la magnitud de lo que está en juego.
Milei llamó «zurdo», «ladrón» y «presidiario» a Lula da Silva -jefe de Estado de un país soberano y socio principal de la Argentina en el Mercosur- durante un acto de campaña de Flávio Bolsonaro en Brasil. Además, trató de «basura calva» al juez Alexandre Moraes, miembro de la Corte Suprema brasileña que falló a favor de la libertad de Lula tras declararlo inocente en la causa que lo tuvo 580 días preso. La respuesta no tardó: la Cancillería brasileña, a través del canciller Mauro Vieira, llamó a consultas a su embajador en Buenos Aires, Julio Bitelli.
La diplomacia no es cortesía protocolar: es el mecanismo que permite que dos países con intereses profundamente entrelazados sigan cooperando aunque sus gobiernos piensen distinto o se detesten. Sirve para eso, específicamente, cuando hay mucho en juego económico y estratégico que no depende de si a un presidente le cae bien el otro. Ese es el punto que se pierde cuando se reduce todo esto a un cruce de insultos: lo que está en riesgo no es la relación personal entre Milei y Lula, sino los canales que sostienen una interdependencia real y medible.
Brasil es, por lejos, el principal socio comercial de la Argentina. En 2025, el intercambio bilateral alcanzó los 31.195 millones de dólares, el nivel más alto en trece años, con Brasil consolidado como el destino que concentra la mayor porción del comercio exterior argentino. De ahí sale buena parte de las exportaciones industriales del país: cerca del 38% de las manufacturas de origen industrial argentinas tuvo a Brasil como destino en 2025, y el complejo automotriz -uno de los más sensibles al tipo de cambio y al empleo industrial– depende de ese mercado como su principal comprador. A eso se suman el trigo y la agroindustria pampeana, que también encuentran en Brasil su salida más importante. Esto no es un dato abstracto: son fábricas, cadenas de proveedores y puestos de trabajo que dependen de que ese vínculo funcione sin sobresaltos políticos.
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