Hablar de cine de terror es como pararse a ver el mar, es analizar la inmensidad de un género que parece infinito, y que lejos está de agotarse. Al igual que sucede con la comedia, mientras el hombre pueda tener miedo habrá lugar para el horror audiovisual. Desde las legendarias Nosferatu de Murnau (1922) o El gabinete del doctor Caligari (1920), pasando por El exorcista de William Friedkin (1973) hasta llegar a esta saga que reventó las salas, el terror sigue en pie como el estilo más taquillero.
La saga de El Conjuro comenzó como una película de terror más que contaba las andanzas del matrimonio Warren, una pareja de la vida real que se dedicaban a abordar casos sobrenaturales, y demás cosas que si son verdad o no a nadie le importa. Con el tiempo esta cinta abrió paso a un universo cinematográfico tan taquillero que sólo es superado en venta de entradas por Marvel.
A diferencia de las dos cintas anteriores el director es Michael Chaves, que reemplaza al malayo James Wan, gran responsable de esta saga y de la franquicia de El juego del miedo. Chaves ya había dirigido otra de las entregas del universo cinematográfico llamada La maldición de La Llorona, una de las más flojas de la franquicia donde también hay títulos como Anabelle o La monja.
La cinta cuenta la historia (supuestamente real) de una serie de crímenes que tienen como hilo conductor unos casos de posesiones demoníacas, que el matrimonio Warren busca combatir. Está claro que esta película no busca explicar nada, es decir que no parece estar hecha para quienes no vieron las entregas anteriores, y el comienzo del metraje lo deja claro, con los protagonistas en medio de un exorcismo sin ninguna introducción. Esto podría ser criticable pero los universos cinematográficos de la actualidad suelen ser así, más enfocados en los fans que en buscar nuevos públicos.
A diferencia de las otras entregas esta posee un ritmo acelerado, quizás incluso frenético, que deja de manifiesto que no es James Wan quien está en la silla del director. En aquellas dos cintas (en especial la segunda que es la mejor y más icónica) había un desarrolló más pausado, más típico del terror clásico que iba hundiendo al espectador en el clima tétrico que se pretende crear.

De esta manera, yo creo que no estamos frente a una cinta de terror clásico sino más bien a un thriller. No hay una historia donde los Warren combaten espíritus malignos, sino que aquí buscan resolver un misterio de una manera más cercana a un policial norteamericano de los 80 que a un film terrorífico del siglo XXI.
Del mismo modo, si encontramos a los famosos jump scares, los sustos rápidos y baratos de las cuales abusan los directores del terror actual (salvo excepciones como Ari Aster o Robert Eggers). Se trata simplemente de una imagen y sonido que aparecen de golpe, y que provocan un miedo que hace estremecer todo el cuerpo pero que no es más que eso. Muy lejos está ese recurso de crear atmósferas y sensaciones que realmente introduzcan al espectador en una cinta realmente tenebrosa.
Está claro que no es una cinta prolífica en cuanto a creación de atmósferas pero ¿eso la vuelve mala? No necesariamente. Dependerá del gusto de quien la vea, pero en su defensa El conjuro 3 es todo menos una película aburrida. Va muy al grano y el conflicto comienza a desarrollarse desde la primera escena. Se puede decir que no desarrolla casi nada, pero es que tampoco busca hacerlo, es consiente que la mayoría de los que la ven están al tanto de los personajes como de sus intenciones.
Como una pieza más de la franquicia me parece que aprueba, no es la mejor ni por asomo, de hecho, la dos tiene una construcción del terror excelente, e introdujo el personaje de La Monja, un ícono moderno del género. Pero también está lejos de la mediocridad de la primera cinta de Anabelle o de la cinta en solitario de la monja.
Está claro que es una saga que revitalizó el cine de terror para el gran público, aunque según lo veo está lejos de tener la mejor calidad. Cintas como Midsomar, La Bruja o Hereditary siguen estando a la vanguardia del género en los últimos años. Pero como todo hecho artístico siempre estará la puja entre lo elevado y lo popular, y quien pueda analizar las dos cosas sin prejuicios podrá descubrir que en ambos lugares podremos encontrar momentos disfrutables y momentos de horror.















































































