Ser bonaerense no es para cualquiera. Preferir la plaza del barrio a los bosques de Palermo, las casitas bajas a los modernos edificios de “mil pisos”, la familia tomando mate en la vereda al cafecito apurado en un bar del microcentro, comprar en el mercadito de la otra cuadra al hipermercado de origen francés, la ropa del centro comercial de toda la vida al shopping, Punta Lara a la Costanera, vibrar más con un Lanús-Banfield que con un San Lorenzo-Huracán, que los chicos vayan a la escuela de la esquina, que jueguen al fútbol o hagan gimnasia artística en el club que está a la vuelta de la manzana, y miles de cosas más.
Algunos piensan que las luces porteñas emboban a todos y que nadie podría preferir la vida de una barriada bonaerense a Puerto Madero. Son los que, desde 1810, pensaron un país desde el Puerto de Buenos Aires y más de doscientos años después lo siguen viendo así. Civilización o barbarie.
Son los que asesinaron a Güemes porque quería hacer una reforma agraria. Los que le dieron la espalda a San Martín hasta asegurarse que los españoles se habían rendido de una vez y para siempre. Los que procesaron a Belgrano. Los que abortaron los planes industrialistas de Carlos Pellegrini y Exequiel Ramos Mejía (de Perón, ni hablemos) para seguir viviendo a pata ancha gracias a la exportación de granos, condenando al país y a su pueblo al subdesarrollo que hasta hoy nos acompaña.
Son los que si cruzan “a Provincia” se pierden y empiezan a temblar al ver tantos morochos, como Tom Hanks y Melanie Griffith en La Hoguera de las Vanidades cuando equivocan la bajada de la autopista.
Ser bonaerense en absoluto implica empatía con los porteños. Todo lo contrario. El bonaerense se siente cercano al santafecino, al pampeano, al tucumano, al santiagueño. No sólo porque es provinciano, sino porque convive desde que nace con argentinos del interior.
Hace tiempo que la Provincia está siendo gobernada por gentes que vienen del Puerto. Es tema de análisis. Lo que no es tema de análisis es disfrazarse de bonaerense para la ocasión y sacarse la careta cuando el baile termina.
Es lo que acaba de hacer la ex gobernadora, María Eugenia Vidal, quien, con la impunidad que brinda el súper blindaje mediático de que goza desde siempre, cambió su perfil de Twitter para ser candidata a diputada en las próximas elecciones por la Capital Federal, el terreno donde mejor juega y el que más le gusta; desde siempre.
Lo que hizo no debería sorprender teniendo en cuenta que desde que se la conoció en la Provincia se vio a una persona entrenada, con espontaneidad cero, pasión nula, afecta como todos los de su casta al marketing, las encuestas y los focus group permanentes. No sorprendió. Pero indignó.
Indignó que tan livianamente haya cambiado el “Mamá orgullosa de Camila, María José y Pedrito. Orgullosamente bonaerense”, por “Mamá orgullosa de Camila, María José y Pedrito”.

¿Para qué lo hizo? Dicen que dicen que para ser candidata por la Capital Federal, luego de negarse rotundamente a encabezar la lista bonaerense de Juntos por el Cambio, incluso ante su jefe político, Mauricio Macri, quien se reunió a solas con ella antes de emprender vuelo hacia Europa.
Ni lerdo ni perezoso, el intendente de Vicente López, Jorge Macri, salió a hacer una campaña con pasacalles en su distrito, Moreno, Merlo, Avellaneda, Lanús y Quilmes, con el eslogan “Jorge Macri, proyecto bonaerense”.
Los analistas afirman que “el palito” no es sólo para Vidal, sino también para el actual vicejefe del Gobierno porteño, Diego Santilli, a quien en Juntos por el Cambio muchos quieren como cabeza de lista en territorio bonaerense.
Ahora bien, la negativa rotunda de Vidal a presentarse en la Provincia, ¿no es una forma de decirle a todos y a todas que esa jurisdicción está perdida? ¿No sería la primera en postularse si las encuestas que manejan a ese nivel (a razón de una cada dos segundos, más o menos) arrojaran buenos números?
El analista Artemio López -de pública orientación peronista pero con estudios de opinión sobre sus espaldas que lo avalan- dijo este jueves 1º de julio de 2021 que “la diferencia entre coaliciones en la Provincia es de 12 puntos a favor del Frente de Todos” y que “casi no hay variaciones” cuando al sello partidario se le agrega el nombre de un candidato o candidata.
También aseveró que Juntos por el Cambio gana cómodamente en CABA -como siempre-, pero sin mayores diferencias si el primer lugar de la lista lo ocupa Vidal, Patricia Bullrich o Mauricio Macri.
Aunque lo más interesante de su reflexión tuvo que ver con la derrota de Vidal en 2019. “Ella sufrió una tremenda derrota en las últimas elecciones, que pasó casi inadvertida por el buen trato permanente que le brindan todos los medios. Pero fue la más golpeada en esos comicios. Y de eso no se vuelve así como así”, explicó, palabra más, palabra menos.
En fin, ser bonaerense es tan distinto a ser (o sentirse) porteño que mejor cuidarse a la hora de armar los perfiles en redes sociales. Sobre todo si se trata de dirigentes que apuntan a gobernar nada menos que el país (desde el Puerto de Buenos Aires, por supuesto).

















































































