Por Noelia Ávalos y Javier Balsa – Jacobin (América Latina), 11, 2025, pp. 47-52
Los jóvenes, en especial los varones, fueron clave para garantizar el triunfo de Javier Milei en las elecciones presidenciales de 2023 en Argentina. Pero a casi un año y medio de aquel momento, algunas mediciones indican que estos apoyos ya no son tan generalizados. Las masivas movilizaciones educativas de 2024, con altísima concurrencia estudiantil a lo largo y ancho del país, sean quizás testimonio de un quiebre o, al menos, una disminución en las expectativas juveniles hacia el líder libertario. Así y todo, la persistencia en las valoraciones positivas por parte de una importante porción de la juventud, tanto como la pasividad de muchos otros jóvenes, conducen a preguntarse qué pasó con la rebeldía juvenil, tan característica de otros tiempos.
Por otro lado, más allá de la juventud, los sondeos de opinión pública coinciden en que alrededor de la mitad de la ciudadanía está en contra de las políticas del gobierno libertario (la mayoría, en términos contundentes). Pero esto no se traduce en la presencia, en los ámbitos de sociabilidad cotidiana, de una extendida discursividad crítica. Menos aún, en un clima de protestas cotidianas. El bajo nivel de reacción de los numerosos empleados estatales despedidos y de los muchos otros sectores directamente afectados por los ajustes que llevó adelante Milei en su primer año de gestión resulta realmente llamativo.
Algo se ha transformado en la dinámica política que caracterizaba habitualmente a la Argentina. Además del peso del fracaso del último gobierno kirchnerista, es probable que estas conductas sean indicativas de cierto cambio de mediano o largo plazo en las subjetividades. Para tratar de adentrarnos en la comprensión de estos procesos realizamos una serie de entrevistas, centrando la atención en los jóvenes en edad de emancipación, los denominados «adultos emergentes» que se encuentran en proceso de transición hacia la edad adulta, es decir, jóvenes entre los 21 y los 26 años. Este período transicional está fuertemente influenciado por la capacidad del «capitalismo de vigilancia», según la concepción de Shoshana Zuboff, para moldear sus deseos y expectativas. Hasta el momento, hemos llevado a cabo veinticuatro entrevistas. A pesar de nuestros esfuerzos, en esta primera serie predominan los testimonios de jóvenes que cursan estudios terciarios o universitarios, con un sesgo hacia las mujeres. No obstante, los resultados obtenidos nos permiten compartir algunas primeras impresiones.
Las entrevistas comienzan con la solicitud de que hablen sobre sus expectativas de vida, sus sueños para el futuro, a lo que quieren llegar y qué esperan lograr. La pregunta inicial está pensada para abrir un abanico de cuestiones de modo que puedan inclinarse por aquellas que más les interesen. Un primer dato a resaltar es que la mayor parte de las y los entrevistados responden con objetivos a corto o, como mucho, mediano plazo. Las ideas más frecuentes apelan a metas relativamente alcanzables (tener un mejor sueldo, alquilar un departamento chico o recibirse). Incluso, en varios casos, la «meta» pasa meramente por preservar su situación («conservar» el trabajo).
Prácticamente todas las personas entrevistadas contestan priorizando este tipo de metas de corto plazo y relativamente factibles, a pesar de nuestra insistencia para que cuenten sus «sueños». Pareciera que evitaran a toda costa fijarse metas con las que pudieran fracasar. Tal vez lo hagan como una adaptación al contexto de este capitalismo flexible que ofrece tan pocas perspectivas y en el que el miedo al fracaso es uno de los grandes tabúes.
Es cierto que esta falta de capacidad de proyectar hacia el futuro resulta sumamente comprensible en el contexto de crisis recurrentes y casi permanentes en que está sumida la Argentina en los últimos años. Pero es sintomático que ninguno de los entrevistados haga referencia a este entorno político-económico como causante de su propia falta de perspectivas. No solo sus objetivos son alcanzables. También lo son sus «sueños» (cuando logran tenerlos, pues varios manifiestan que no pueden, siquiera, imaginarlos):
Con respecto a lo que yo aspiro, bueno, yo la verdad no tengo muchas aspiraciones, más que… bueno, poder recibirme y trabajar de lo que más me gusta (…). Yo sé que jamás me voy a poder comprar una casa, por ejemplo. Ya lo sé. Uno lo sabe. Tampoco sé… también sé que jamás me voy a poder comprar un auto (…). Cambiaron mucho mis expectativas [respecto a cuando terminé el secundario], la verdad, yo antes creo que aspiraba a muchísimas cosas y bueno, me bajaron de un hondazo. Yo ahora lo que más quiero es un trabajo en blanco. No sé si sigue siendo mucho… — Hombre, Pergamino, Provincia de Buenos Aires.
¿Sueño de futuro? No sé, a ver, ¡qué profundo! No lo tenía. Mmm… ¿Mi sueño-sueño? No, hoy no sé. La verdad es que no soy una persona de proyectar mucho a futuro, entonces como que no. — Mujer, Ciudad de Córdoba.
Otro punto en común de los testimonios recogidos es la absoluta centralidad del desarrollo económico personal, que suele ser siempre la primera cuestión con la que comienzan las respuestas, dejando en un muy distante segundo plano temas relacionados al tiempo libre o al desarrollo de la vida familiar y afectiva (pese a que la consigna indaga por las tres cosas, pidiéndoles que comiencen por donde prefieran). Incluso la generalizada asistencia al gimnasio es presentada como parte de un cuidado del cuerpo y no como actividad placentera o recreativa.
En general, el intento de controlar y dirigir sus vidas para obtener logros en el corto plazo (en el terreno laboral, educativo o sobre sus cuerpos) se impone sobre otro tipo de sentidos más orientados al disfrute, el crecimiento espiritual, el desarrollo de vínculos sentimentales, los objetivos colectivos o la experimentación de nuevas situaciones. En muchos de los testimonios esta materialidad y una especie de autolimitación de las expectativas se articulan con una narrativa de un estricto control de la propia vida. Parecen haber internalizado el mandato del capitalismo flexible de que cada uno es dueño de sí mismo en la medida en que es el producto del propio trabajo sobre sí.
Yo soy una persona que le encanta controlar todo. Usualmente tengo el control de todo. Pero hay cosas que están muy por afuera de mi control. Y son un montón de factores los que me podrían impedir un futuro. — Hombre, Rincón de los Sauces, Neuquén.
Soy gerente en un local de comida rápida (…). Planeo recibirme [de sistemas] y ahí ya, y ahí este año, más que nada el año que viene ya mudarme [vive con sus padres]. No tenía en cuenta que no tengo heladera y es muy importante tener heladera. — Hombre, Quilmes, Buenos Aires.
Otro indicador de la adaptación a los mandatos del capitalismo actual es que, ante la pregunta acerca de cómo podían alcanzar los objetivos que tienen en mente, varios jóvenes plantearon estrategias en términos de desarrollar «contactos» o «venderse a sí mismos». Es decir, una tendencia a pensarse a sí mismos como un producto y ofrecerse en términos de productividad:
Yo creo que lo más importante, al menos en este rubro, son los contactos. Entonces, lo primero es quedar bien en el lugar donde estoy. — Mujer, San Martín, Provincia de Buenos Aires.
Se mueve mucho por contactos. Es una realidad que hay que aceptar. Pero uno también se puede esforzar en ser más sociable. En saber cómo comunicarse, expresarse con la gente. Y hacer que a uno lo… bueno, venderse a sí mismo. — Hombre, San Martín, Provincia de Buenos Aires.
Entonces no solo sus objetivos y sus sueños son de corto plazo, sino que además están muy centrados en su persona. Prácticamente no existen otras personas que aparezcan como necesarias para alcanzar sus metas. Incluso quienes tienen pareja dejan en un segundo plano lo afectivo. A veces, lo relatan en términos sumamente funcionales:
Él siempre vivió en Capital y yo siempre viví en San Isidro, así que me sirve mucho [mudarse con su pareja]. Es conveniente porque los días que yo curso suelo ir hasta ahí y no es lo mismo ir desde mi casa, que tengo que tomar un tren y un colectivo; ir desde allá, que es media hora, es un re cambio. — Mujer, San Isidro, Provincia de Buenos Aires.
Pero algo más de la mitad de los jóvenes entrevistados no tienen pareja (y tampoco dan cuenta de vínculos más informales). Lo que llama la atención, sin embargo, es la forma en que enmarcan esta situación en sus relatos, en términos de una planificación de sus vidas, incluso cuando eran repreguntados acerca sus sentimientos frente a esa situación:
En la situación afectiva estoy solo, soltero digamos, no estoy saliendo con nadie, por lo menos tengo la idea de seguir un poquito más así. — Hombre, Ciudad de Córdoba.
Después, en cuanto a lo afectivo, expectativas no tengo, porque simplemente no estoy buscando nada, estoy como en la mía, entonces si llega, llega, pero no es algo en lo que piense. — Hombre, Quilmes, Provincia de Buenos Aires.
Sí, ahora estoy bien, estoy cómoda, estoy soltera, me gusta estar soltera, todavía no estoy… no estoy pensando en juntarme con nadie, ni nada, estoy bien así. — Mujer, Ciudad de Córdoba.
(…) quedé absolutamente traumado con lo que tiene que ver con el tema de los noviazgos. Y por ahora no me aferro sentimentalmente a nadie. — Hombre, Rincón de los Sauces, Neuquén.
Por el tono y el contexto de las respuestas, no parecen ser simples intentos de cuidar la propia imagen frente a lo que podría percibirse como una carencia o una incapacidad personal para lograr una pareja. El tema aparece enmarcado principalmente en un mandato de autodisciplina, de mantener un férreo control sobre la dinámica de sus vidas.
En este mismo sentido, son muy pocos quienes hablan del deseo de formar una familia. Uno de los entrevistados que sí incluye espontáneamente la cuestión de formar una familia, no solo lo hace para negar esa posibilidad por ahora, sino que agrega: «Siento que me cortaría las piernas». Inmediatamente, como percibe que eso suena mal («es muy sorete decir eso»), se rectifica y reformula: «Más como atrasar el destino, porque llegar voy a llegar el día…». — Hombre, Quilmes, Provincia de Buenos Aires.
Otro entrevistado que da centralidad a su deseo de formar una familia lo presenta como:
(…) una meta que creo que es como de tiempos pasados (…) me he dado cuenta que con toda la gente que he charlado ahora no coinciden para nada y me ven como si fuera un viejo (…) porque mi meta mayor es la familia. Yo quiero tener hijos (…) Yo quiero saber lo que es criar un hijo… — Hombre, Rincón de los Sauces, Neuquén.
En líneas generales, se observan pocas referencias sentimentales, de amor o de ternura. No solo parece haber un weberiano desencantamiento del mundo, sino también de la vida propia. Se trata de una vida muy autocentrada, que desdeña buscar la ternura, el enamoramiento e, incluso, el ideal de la vida familiar. Aunque no hemos abordado la cuestión de las relaciones sexuales en las entrevistas, es probable que esté operando en algunos jóvenes la disociación entre sexualidad y amor.
El fuerte peso de un punto de vista individual en sus relatos, previsiblemente, se extiende a un borramiento bastante generalizado de las problemáticas sociales. En las narraciones no aparece el contexto social o político. En contadas ocasiones es mencionado el contexto económico. Tampoco surge el tema del Estado o de las políticas públicas incidiendo en sus vidas. Son cotidianidades notoriamente despolitizadas, excepto alguna referencia a los problemas o peligros que enfrenta la enseñanza universitaria debido a las políticas del gobierno de Milei.
Las experiencias personales parecen estar desconectadas de la visión global de la sociedad. Esta fuerte perspectiva individual, sumada a la carencia de todo otro tipo de matices en las formas o en el contenido de la presentación de sus objetivos vitales, hacen que no sea posible intuir los posicionamientos ideológicos o políticos de los entrevistados hasta que, hacia el final de la conversación, se formulan preguntas específicas al respecto.
Con respecto a lo que yo aspiro, bueno, yo la verdad no tengo muchas aspiraciones, más que… bueno, poder recibirme y trabajar de lo que más me gusta (…) Yo sé que jamás me voy a poder comprar una casa, por ejemplo. Ya lo sé. Uno lo sabe. Tampoco sé… también sé que jamás me voy a poder comprar un auto (…) Cambiaron mucho mis expectativas [respecto a cuando terminé el secundario], la verdad, yo antes creo que aspiraba a muchísimas cosas y bueno, me bajaron de un hondazo. Yo ahora lo que más quiero es un trabajo en blanco. No sé si sigue siendo mucho… (Testimonio de un joven de Pergamino, provincia de Buenos Aires)
No es que no existan diferencias políticas entre los jóvenes entrevistados. Por el contrario, la divisoria es clara y notoriamente coherente con los posicionamientos ideológicos que emergen al ser confrontados con una serie de palabras clave (como «democracia», «justicia social» o «mercado»).
Se repite, en nuestra indagación, el fenómeno detectado en los sondeos de opinión realizados en los últimos años en el país: la ciudadanía argentina presenta dos grupos mayoritarios claramente opuestos en sus opiniones ideológicas y en las posiciones políticas que apoyan. Sin embargo, al menos en el caso de los jóvenes entrevistados, estas diferencias político-ideológicas no se trasladan a distintas visiones sobre sus vidas personales. Por el contrario, parece confirmarse la presencia de un extendido «neoindividualismo».
En sintonía con esta tónica individualista generalizada, quienes tienen perspectivas críticas hacia el gobierno de Javier Milei formulan sus reparos a partir de políticas puntuales que les afectan, como el recorte a las Universidades. En pocos casos emergen apreciaciones más globales sobre el destino del país. Por otro lado, entre quienes muestran un apoyo directo hacia el gobierno, sus opiniones están signadas por la «esperanza» y, a veces, por una «necesidad» de creer:
Yo quiero tener fe, quiero tener esperanza en que puede revertir esta situación, podemos salir de este mal momento porque, bueno, yo soy muy optimista desde ese punto de vista, de creer que si la gente lo eligió, si él estaba tan convencido de su discurso cuando lo decía, puede, capaz, dar vuelta a la página. — Hombre, Belgrano, Córdoba.
Javier Milei tenía como algo en contra de mí. Pero, a la vez, siento que de poco están cambiando el país. Pero hay cosas que no me gustan como las hace y siento que no son correctas. Pero hay otras cosas que sí. Que siento que, un poco, el país se está estableciendo, pero que falta todavía. No le daría todavía un voto de confianza 100 %. — Mujer, San Martín, Provincia de Buenos Aires.
Hay mucha gente que la está pasando mal (…) hay mucha gente que se quedó sin trabajo (…), pero nada, tengo esperanzas, por así decirlo, de que ojalá que, en algún futuro, mejoren las cosas. Pero que está difícil y que está todo complicado, eso seguro. — Mujer, Quilmes, Provincia de Buenos Aires.
Tengo sentimientos encontrados (…) Por ahí, me produce orgullo; por ahí, me da vergüenza ajena. — Mujer, Ciudad de Córdoba.
Dentro de todo no opino tan mal, porque creo que dentro de todo no está haciendo las cosas tan mal (…) como que se está estabilizando un poco económicamente todo (…) dije ‘qué raro que no aumenta todo tan rápido’. — Mujer, San Francisco Solano, Provincia de Buenos Aires.
Yo no estoy de acuerdo con las decisiones que está tomando el gobierno de Javier Milei porque creo que no está siendo objetivo con lo que decía que iba a ser. Pero realmente tampoco me imagino que haya otro gobierno hoy. Así que no lo justifico, pero tampoco lo apoyo. — Mujer, Rincón de los Sauces, Neuquén.
Así, las subjetividades de los jóvenes argentinos en tiempos de Milei comparten una serie de patrones que priorizan las preocupaciones individuales, las metas materiales y de corto plazo y el intento de controlar sus aspectos vitales (vínculos sentimentales incluidos). Lo peculiar es que estas regularidades resultan transversales a la importante división en sus posiciones ideológicas y políticas. Por lo tanto, podrían explicar no solo la «esperanza» que aún suscita entre sus votantes, sino también, al menos parcialmente, los relativamente bajos niveles de contestación colectiva a las políticas de ajuste, de destrucción del Estado y de pérdida de la soberanía nacional que está impulsando el gobierno del libertario.















































































