Por Mónica Pérez *
Se nos ha hablado tanto de San Martín que a veces terminamos convirtiéndolo en un símbolo del que poco conocemos, una especie de estatua de hierro, fría, inalcanzable, inexistente.
Pero debo agradecer a la columna de Sergio Wischñevsky en Radio Provincia, que repasó distintos ítems de la vida del prócer y me hizo volver a ponerlo en valor.
En los ‘90 se hizo una encuesta para determinar quién era la figura argentina de todos los tiempos con mayor adhesión, y el nombre incuestionable fue José de San Martín. En el segmento del programa se indicó que eso fue a costa de que se despolitizara su figura con frases como “el Santo de la Espada”.
Pero San Martín fue una figura esencialmente política, con una marcada ideología popular.
Se crió en España, regresó a estas tierras en 1812 y en 1824 se fue definitivamente para morir al otro lado del Atlántico.
En 12 años no sólo cruzó los Andes; fue gobernador de Cuyo, y en esa (por entonces) provincia decretó el impuesto a la riqueza y a la vitivinicultura para recaudar dinero para sus campañas y hacer obras. San Martín trazó caminos, encaró canales de riego, promovió el paseo de la Alameda y, como no tenía dinero para fabricar armas y ropa para sus soldados, creó la primera industria siderúrgica y de telas. Lo que hoy diríamos sustitución de importaciones.
También prohibió que en las escuelas se aplicaran castigos corporales a los niños. Ideó normas que les dieron derechos a los peones sobre el pago en tiempo y forma, y cuando llegó a Cuzco, Perú, dónde estaba el corazón monárquico español, dispuso la libertad de los esclavos.
Cuando se menciona que San Martín fue el Libertador, pensemos en él como un hombre político de una profunda ideología en beneficio del Pueblo que hizo esto y mucho más en solo 12 años. Hoy seguramente sería una figura perseguida.
* Periodista platense














































































