Tengo dos nietas. Mellizas. Viven en Tandil. El miércoles 8 de abril cumplieron 5 años. Se lo festejaron el sábado 12, en una casita de fiestas.
En 2024 hicieron la primera sala del jardín de infantes, la de 3 años, en el Jardín 904. Este año, en marzo empezaron la última, la de cinco.
Llegamos a la casita poco antes de las 17. Entraron “como a su casa”. Ya saben de cumpleaños. Las invitan a todos. Pero este era el primer festejo propio en un sitio especialmente preparado para niños y niñas.
¿Cómo la pasarán? ¿Cómo se sentirán? ¿Lo disfrutarán? ¿Las tres horas? Con tanta gente, tanto ruido, música, luces, baile…
Muchas preguntas, ¿no? Puede ser. Es que las mellis son autistas. Maravillosas personitas, que perciben ‘el mundo’ de otra manera. El mismo mundo.
Y esa tarde el mundo fue uno. Uno solo. (Porque es uno solo). Hermoso. Muy hermoso. Alguien que no supiese -incluso alguien que trabajase en el lugar- vio un muy lindo cumpleaños de dos niñas, mellizas, junto a sus compañeritas y compañeritos del jardín, varias mamás y algún papá de los nenes, y la familia. Y así fue. (Porque así debe ser).
Había muchos chiquitos y chiquitas, porque las mellis van a distintas salas. Iban, venían, corrían, se mataban de risa, jugaban y jugaban. Derechos de todos los niños y niñas, aunque a algunos les moleste tanto esa palabra que empieza con D.
Las mellis iban y venían, jugaban, se divertían. Mucho. Uno sabía que iban y venían ‘a su bola’; también las varias mamás y algún papá del jardín que estaban en el cumple.
Torta (sin torta no hay cumpleaños, decía un sobrino cuando era chico). Velitas. Aplausos. Muchos regalos… Una tarde preciosa que las mellis, sus amigos, las mamás del jardín, la familia, pasaron hermosamente.
Con el diario del lunes, me puse a valorar cuánto trabajo a conciencia hay en el jardín: de las autoridades, de las maestras de cada sala, de las maestras de cada año, de las auxiliares, los padres y madres de todos los chicos… Ya sé, en un país escandinavo esto sería algo de todos los días, pero aquí, lamentablemente, no lo es. Casi once años haciendo periodismo de educación me permiten afirmarlo. Lamentablemente.
Este año, el hermano menor de las mellis, de nueve meses, empezó el jardín maternal. ¿Dónde? En el mismo edificio donde funciona el jardín de infantes, pues allí se creó uno de los tantos jardines maternales que se inauguraron en la provincia de Buenos Aires.
Hay gente que roba. Mucho. Les roban a las personas con discapacidad, a los jubilados, a la educación pública, a los hospitales públicos, a (casi) todos los argentinos y argentinas. Se llevan la plata afuera, compran casas en barrios cerrados, vuelan en aviones privados a balnearios VIP; venden nuestra agua, regalan nuestro litio, rifan nuestras mejores tierras, venden el alma al diablo…
Pero no han podido vender la memoria profunda y el hambre de dignidad y justicia de un pueblo entero. Hay reservas. Muchas más de las que uno cree. No es fácil, no. Pero el único pecado sería no intentarlo.
Y hablando de memoria, cuando las mellis empezaron en 2024 la sala de 3 años, tuve el privilegio de participar del acto por el 24 de marzo en el jardín: un lujo. Hay memoria, hay reservas… La quisieron destrozar y siguen queriéndolo, pero la escuela pública resiste, estoica.
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