Por Roberto G. Abrodos
En la confitería París de 7 y 54, en un almuerzo de camaradería, se reunieron los componentes de “la barra de los 14 platenses”, que se formó a bordo del “Monte Cervantes” y que se mantuvo solidaria y firme durante y después del suceso del hundimiento de la nave que llevaba ese nombre, ocurrido el 22 de enero de 1930.
La reunión transcurrió en un ambiente animado. Los asistentes intercambiaron impresiones generales sobre la difícil emergencia de la que fueron actores. Rememoraron muchas escenas y elogiaron a quienes mejor supieron afrontar las dificultades, produciéndose entusiastas votos de aplauso.
Fue particularmente objeto de los más vivos comentarios la información dada por el diario, a raíz del arribo de los náufragos. Se tributó un voto de aplauso al director del diario El Argentino por el interés demostrado al dar una impresión gráfica tan completa y una serie de relatos sobre el suceso, a través de los cuales los lectores platenses pudieron darse cuenta cabal de lo realmente ocurrido.
Los componentes de la barra resolvieron mantener el grupo constituido, con el propósito de reunirse periódicamente para no perder contacto.
También, la Asociación de Exalumnas de la Escuela Normal Mary O’Graham ofreció, el sábado 8 de febrero de aquel 1930, una demostración en la confitería La Platense de 8 y 51, con motivo del feliz regreso de las asociadas que viajaron en el vapor “Monte Cervantes”. Numerosas asociadas ya se habían adherido, lo que hizo esperar un excelente resultado para la iniciativa.
- Artículo relacionado: Normal 1, como en tiempos de Mary O. Graham

Ushuaia en 1930
Demás está decir que en aquella Ushuaia sólo estaba la cárcel y muy pocos habitantes (casi todo personal de la prisión y su familia). La hotelería era casi inexistente.
En ese contexto, lo que comenzó como un viaje de placer terminó con el buque naufragado. Todos se salvaron y tuvieron que aguardar unos días para la llegada del barco que los trajera de regreso, de manera tal que debieron arreglarse como pudieron, viviendo en carpas. Ello, no obstante, consiguió que el grupo se uniera y diera vida a lo que, con el tiempo, se convirtió en un sinfín de anécdotas que fueron la comidilla de toda la ciudad.
- Artículo relacionado: El Petiso Orejudo, el asesino serial que se hizo leyenda del mal
Uno por uno; una por una
La barra de platenses estaba constituida por Dora E. González Arzac, Aída E. González Arzac, Martha Castillo, Delia Zapata, Josefina Passadori, Paulina Claro, Esther Soba, Elba Soba, Regina Anasagasti, María B. Anasagasti, Ana Schiafino y Magdalena Rozas; Juan Manuel Soba y Humberto D’Amelio eran los únicos dos hombres.
La docente Josefina Passadori fue entrevistada para “averiguar algunas de sus impresiones sobre la excursión en el ‘Monte Cervantes’, desde la salida de Buenos Aires hasta el momento del trágico suceso”.

En primera persona
En aquella oportunidad, contó: “Siempre fuimos exquisitamente tratados, lo cual, unido al admirable buen tiempo que nos acompañó durante toda la travesía, con un mar en calma, proporcionó al pasaje jornadas deliciosas que se prolongaban hasta altas horas de la noche en reuniones sociales”.
“A Punta Arenas, que venía sufriendo las inclemencias de un persistente temporal, llevamos el buen sol. Tanto fue así que la travesía de los canales fueguinos, la cual temíamos por las referencias de pasajeros de anteriores excursiones, la efectuamos con buen tiempo y en las mejores condiciones imaginables. Estas duraron hasta la visita a Ushuaia, de donde partimos al día siguiente sin sospechar, ni siquiera lejanamente, lo que nos esperaba a poco de andar”.
“El primer turno estaba terminando de almorzar y ya se llamaba al segundo. Un grupo de pasajeros, del que yo formaba parte y que estaba compuesto en su mayoría por platenses, fue el primero en abandonar el comedor. Teníamos por hábito instalarnos en el puente de proa para obtener la más amplia visión de los paisajes”.

“Eran aproximadamente las trece horas, faltarían cinco minutos, cuando un recio golpe, que produjo un fortísimo sacudón y un gran estrépito, nos hizo perder la posición, haciéndonos caer al piso, mientras el barco perdía su horizontalidad, tomando una inclinación de por lo menos treinta grados”.
“Repuestos del natural estupor, inquirimos qué ocurría y se nos dijo que nada, que era cuestión de pocos momentos, lo que en realidad sucedió. El barco volvió a tomar su posición normal, mientras apresuradamente se echaban anclas y se desarrollaban maniobras de urgencia, pero sin apresuramientos que hicieran sospechar la realidad”.
“Poco después, los camareros comenzaron a salir cargados con salvavidas que fueron entregando a los pasajeros y fuimos embarcando en botes. A esta circunstancia se unió el hecho de que el pasaje estaba formado por gente capacitada para afrontar situaciones dificultosas y que había entre ellos quienes conocían los secretos de la náutica, lo que les valió de mucho”.

“Nuestro bote -agregaba- fue dejado marchar a la deriva como otros muchos, hasta que acudió en nuestro auxilio el transporte ‘Vicente F. López’, para cuyo personal no podemos tener más que frases de sincero agradecimiento. Nos trataron lo mejor posible en una emergencia semejante y nos pusieron rápidamente a salvo; desembarcamos en Ushuaia, donde fuimos también atendidos por autoridades y el vecindario de la mejor forma en que las condiciones de aquella población podían permitirlo ante el aumento inesperado de sus habitantes, a los que debían dar alojamiento y proveer de víveres y abrigos”.

“Acerca del accidente -nos dijo-, solo es atribuible a un inexplicable deseo de las autoridades del barco de querer lucirse en una maniobra arriesgada, circunstancia que ya se explicará o aclarará cuando concluya el correspondiente sumario”.
“El regreso no pudo ser lógicamente tan bello como la ida. A bordo, todo estaba poco menos que improvisado, pero no lo pasamos del todo mal. Lo que es de lamentar, es que los equipajes salvados hayan sufrido depredaciones y violencias que no son explicables de forma alguna. Por lo demás, estamos satisfechos de estar nuevamente en nuestras casas. Y el mismo sentimiento es general entre los catorce platenses”.
El sumario sobre el desastre del “Monte Cervantes”
Igual que desde el primer día de trabajo, el doctor Mario Videla, quien estaba a cargo del sumario y había trasladado su despacho a Puerto Nuevo, continuó labrando las actas de los interrogatorios a los pasajeros que estuvieron en el “Monte Cervantes”.
Todo se mantenía en la mayor reserva, principalmente lo que se relacionaba con la actuación del comandante de la nave y el personal a sus órdenes. Respecto a las llamadas de auxilio de la nave hundida, que según se dijo habían sido transmitidas en idioma alemán, nada existía en concreto, y la publicación del sumario aclararía tal vez el asunto.
En el caso de haberse obrado así, se habría cometido una infracción al código marítimo que establecía que debía emplearse el idioma del país en que se navegaba, siempre que se probara que la nave se encontraba en aguas de jurisdicción nacional.

El Monte Cervantes fue un buque alemán mixto, de carga y pasajeros, botado el 25 de agosto de 1927 y que unía Buenos Aires con Punta Arenas, Chile, pasando por Puerto Madryn, Chubut. El 22 de enero de 1930 naufragó tras chocar contra unas rocas sumergidas en el paso Les Eclaireurs, en el Canal de Beagle. Todos los pasajeros -un millar- y la tripulación fueron rescatados en botes salvavidas y en una hora, pero el capitán, Teodoro Dreyer, “respetando a rajatabla la tradición marinera, se quedó a bordo y falleció en el hundimiento ‘vestido de gala’”. Esa historia, hasta la actualidad, forma parte de una leyenda (1). El barco fue reflotado en 1954, pero se hundió de nuevo poco después, convirtiéndose en un ícono de la historia fueguina. En él viajaban doce mujeres y dos hombres de La Plata, que con el tiempo formaron “La barra de los 14”. Al Monte Cervantes, salvando el “abismo”, en Ushuaia lo llaman hasta hoy “El Titanic Argentino”.
(1) Una leyenda es un relato popular que se transmite de generación en generación y que cuenta hechos humanos y/o sobrenaturales. A pesar de ello, las leyendas son consideradas por muchas personas como relatos verídicos, ya que intentan dar explicación a un fenómeno y suelen estar situadas en un lugar geográfico conocido y en un período determinado de la historia.














































































