«Cuando doy comida a los pobres, me llaman santo. Cuando pregunto por qué son pobres, me llaman comunista» (Hélder Câmara, sacerdote y teólogo brasileño)
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Mártir: persona que padece persecución y muerte a causa de su Fe
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La empatía es importante. Y necesaria. Refiere a la «capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos». Ponerse en los zapatos del otro, es la expresión popular que mejor la define. Sentir pena, o hasta dolor y angustia por ese jubilado que no puede comprarse los medicamentos tras una vida de trabajo; por esa persona discapacitada que tuvo que abandonar su tratamiento y sus terapias por falta de apoyo estatal (es decir, del resto de la sociedad); por las personas en situación de calle; por los niños y niñas que cada vez en mayor número dependen de los comedores comunitarios o merenderos para alimentarse (mal, pero alimentarse al fin).
La misericordia, un valor central del cristianismo, es la «virtud que inclina a compadecerse del sufrimiento ajeno y a actuar para aliviarlo, yendo más allá de la simpatía para ser una práctica de ayuda».
«No debemos identificar la limosna con la simple moneda ofrecida a prisa, sin mirar a las personas y sin detenerse a hablar con ellas para comprender de qué cosa tienen verdaderamente necesidad», definió el Papa Francisco, para añadir: «Involucrarse con el pobre es privarse de algo, no dar lo que nos sobra».
Involucrarse. Esa es la cuestión.
A lo largo del tiempo y hasta hoy, la Iglesia que molesta al poder es la que se involucra, no aquella que da limosna y ya. La que -volviendo a Hélder Câmara- le da comida a los pobres pero al mismo tiempo se plantea el porqué de la pobreza, sus causas, y se involucra para intentar erradicarlas.
El sacerdorte argentino Pedro Pablo Opeka llegó en misión a la isla africana de Madagascar en 1976. Allí, el 75% de la población vive en la extrema pobreza. Y el Padre Pedro -amigo de Francisco, que fue el primer Papa en visitar la isla en 2019- se encontró ni bien pisó el lugar con una situación que lo dejó shockeado, a tal punto que pensó seriamente que no iba a poder cumplir su misión: vio cómo cientos, miles de personas, entre ellos muchísimos niños, niñas y adolescentes, se peleaban con los cerdos y las alimañas para obtener algún alimento en un gigantesco basural. Luego comprobó que había familias que vivían bajo algún tipo de toldo, encima del basural, que no sabían que abajo de esa enorme montaña de basura había tierra; para construir una vivienda o para hacer una huerta, o ambas cosas.
“Llegué al basurero y vi a cientos de niños descalzos y sucios, quizás miles, compitiendo con los cerdos, las ratas y otras alimañas por restos de comida entre la basura. Esto era lo más bajo de la sociedad. Era la pobreza más absoluta. Aquí no había nada que decir, había que actuar. Pedí a Dios que me ayudara y decidí regresar para trabajar hombro con hombro con esta gente”, le contó el sacerdote de la Congregación de la Misión -creada por San Vicente de Paul en el siglo XVII para llevar el Evangelio a los más pobres, marginados y abandonados por la sociedad- al periodista español Xavier Aldekoa.
Hasta hoy, el Padre Pedro ayudó a más de medio millón de personas. Y aquel enorme basural ya no existe: se convirtió en una ciudad de 18 barrios de viviendas construidas por la propia gente, que al tiempo que construye aprende un oficio para trabajar, además de hospitales, escuelas, bibliotecas, guarderías, dispensarios y centros deportivos. “El dinero es necesario, pero el dinero no ha hecho esto. Ninguna oenegé o empresa podría haberlo conseguido. Fue la pasión de la gente, la lucha de miles de personas por un porvenir y por salir del pozo. No somos sólo una ciudad, somos un movimiento de solidaridad y progreso”, definió el Padre Pedro, en charla con el colega catalán del diario La Vanguardia.
En un momento, Pedro «desafió» a Xavier a unos penales en el campo de fútbol que crearon en un sector de la ciudad, que ya cuenta con unos 30 mil habitantes. «Desde el fondo, detrás de una valla, unos hombres le piden que se pase a la política -describió el periodista-. ‘¡Preséntese a presidente, padre! Le votaremos todos, los políticos no piensan en los pobres y usted nos defendería’, gritan. El padre Opeka sonríe y declina con la cabeza. ‘Yo lucho con vosotros, a vuestro lado, no desde arriba’. Esa popularidad que a veces roza la devoción hacia el sacerdote argentino se ha convertido en un arma de doble filo. Él lo sabe: ‘Yo no tengo ninguna aspiración política -explica-, pero sé que mi presencia y lo que hemos conseguido aquí incomoda a algunos políticos’”. A cada misa dominical que celebra el Padre Pedro asisten unas ¡10.000 personas!
De basural a ciudad…


Y sí. La Iglesia de los pobres molesta. Por ello Francisco molestaba a los poderosos. Porque decía que «esta economía excluye y mata». «Algunos todavía defienden las teorías del ‘derrame’, que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante”, afirmó en noviembre de 2013, y senteció: “Mientras tanto, los excluidos siguen esperando…» Quizás por ello también lo llamaron comunista; fue en 2023, casi un cuarto de siglo después de la muerte de Hélder Câmara.

Este año se cumple medio siglo desde uno de los hechos de sangre más descarnados de la dictadura cívico-militar. En el lapso de 16 días, entre el 18 de julio y el 4 de agosto de 1976, los conocidos como «grupos de tareas» asesinaron al campesino y activista católico Wenceslao Pedernera, al fraile franciscano Carlos de Dios Murias, al sacerdote francés Gabriel Longueville y al obispo Enrique Angelelli. Quizás su cargo y el shock que provocó su caso, hayan hecho que el homicidio de Angelelli dejase en un segundo plano los otros tres. Pero lo cierto es que hasta hoy, en La Rioja se los conoce y venera como Los Cuatro Mártires.
En 2018, Francisco beatificó a los cuatro. Y en este 2026 se llevarán a cabo numerosas actividades para recordar el martirio de los cuatro cristianos que fueron masacrados porque molestaban al poder; porque no solo daban a los pobres, sino que se preguntaban «por qué son pobres» y actuaban cada día junto a ellos, codo con codo, para remover las causas de su pobreza.
Wenceslao Pedernera, Carlos de Dios Murias, Gabriel Longueville y Enrique Angelelli fueron asesinados por odio. Odio a la Fe inquebrantable que profesaban y que los llevaba a pelear cada día por levantar a todos y cada uno de los caídos en el camino de la vida.
Wenceslao Pedernera, el martirio de un campesino
Wenceslao Pedernera nació el 28 de septiembre de 1936 en la provincia de San Luis. En 1961 se radicó en Mendoza. Trabajó como peón en las fincas de las bodegas “Gargantini”. En marzo de 1962 se casó con Ramona Cornejo y tuvieron tres hijas. En 1968 se produce el acercamiento de Wenceslao a la Iglesia con ocasión de la novena de la Virgen de la Carrodilla. En 1972, Wenceslao y Coca participaron de dos cursos de formación, en la diócesis de La Rioja. Por su compromiso y disponibilidad, fue nombrado en la coordinación del Movimiento Rural de la Acción Católica Argentina para la Región Cuyo, a fines de 1973. Hasta que monseñor Angelelli les pide que se vayan por cuestiones de seguridad. Se muda junto a su familia a un terreno, en cercanías de la parroquia Nuestra Señora de la Candelaria de Sañogasta.

Wenceslao y Coca eran catequistas en “La Puntilla”, a las afueras de Sañogasta, y juntaban ropa para repartir entre los más necesitados. Wenceslao continuó trabajando de forma cooperativa con los vecinos de Sañogasta. Es allí donde comienza a recibir amenazas. Siendo la madrugada del 25 de julio de 1976, a las 2:45, golpearon la puerta de su casa. Asustada, Coca le pide que no atienda, a lo que Wenceslao responde que podría ser alguien que necesitara un favor. Abre la puerta y cuatro hombres encapuchados descargaron sus armas en él, frente a su esposa e hijas. Sabemos por testigos presenciales que entre sus últimas palabras dijo a sus hijas: “No odien, perdonen”.
Wenceslao Pedernera, único laico entre los 4 Mártires Riojanos, era un dirigente del Movimiento Rural y Cooperativista que colaboraba estrechamente con los sacerdotes en la parroquia de Chamical. Desempeñó un papel importante en la defensa de los derechos de los trabajadores y en la lucha por la justicia social (turismoreligioso)
Fuente: https://radiomaria.org.ar/rm-joven/wenceslao-pedernera-el-martirio-de-un-campesino/
Carlos de Dios Murias, un joven que se jugó la vida por el Evangelio
Carlos Murias nació en la provincia de Córdoba el 10 de octubre de 1945. Tras la secundaria quiso estudiar veterinaria, pero esa carrera no existía en Córdoba. Comenzó a cursar ingeniería civil, pero al poco tiempo la abandonó y eligió ayudar en el campo a su padre. Luego regresó a la ciudad de Córdoba y comenzó a frecuentar la parroquia Cristo Obrero, donde conoció a monseñor Angelelli. Unos años después se vinculó con la Orden de Frailes Menores Conventuales, y en abril de 1966 ingresó en el noviciado, con 20 años de edad. Algunos de sus compañeros lo recuerdan como un joven apasionado por la justicia y con convicciones muy arraigadas. El 17 de diciembre de 1972 fue ordenado sacerdote en Buenos Aires por el obispo Enrique Angelelli. Carlos pidió ser ordenado por el obispo de la diócesis de La Rioja, a quien conocía desde la adolescencia, por su opción preferencial por los pobres y por su servicio pastoral cercano a los obreros.

En 1976 fue destinado de manera estable al servicio pastoral en la diócesis de La Rioja, donde Enrique Angelelli lo nombró vicario cooperador de la parroquia “El Salvador” de Chamical, junto con el presbítero francés Gabriel Longueville, que había llegado a esta comunidad en 1971. Cuentan que en sus homilías denunciaba distintas situaciones de injusticia que se vivían en Chamical, como por ejemplo la situación de vida precaria de los campesinos, que recibían una muy mala paga por su labor.
Carlos de Dios Murias era un sacerdote franciscano que trabajaba en la parroquia de la localidad de El Salvador, en Chamical, La Rioja. Se destacó por su compromiso con los sectores más vulnerables de la sociedad y por su labor en la promoción de la justicia social (turismoreligioso)
La noche del 18 de julio de 1976, Carlos y el Padre Gabriel estaban cenando en la casa de las hermanas religiosas de San José, cuando se apersonaron unos desconocidos portando credenciales y diciendo pertenecer a la Policía Federal. Pidieron al fraile Carlos que los acompañara hasta la ciudad de La Rioja con el pretexto de declarar a favor de unos detenidos de Chamical. El Padre Gabriel no quiso dejarlo ir solo y le dijo “Voy con vos”. Sin embargo, no se dirigieron a la ciudad capital. Fueron llevados por la Ruta 38 a 8 km de Chamical, donde los torturaron y luego los acribillaron. Sus cuerpos fueron encontrados por obreros ferroviarios dos días después, a la vera de las vías del tren. Carlos tenía 30 años y Gabriel, 45.
Fuente: radiomaria.org.ar/rm-joven/carlos-de-dios-murias-un-joven-que-se-jugo-la-vida-por-el-evangelio/
Gabriel Longueville, Mártir de la Fraternidad
Gabriel Longueville nació el 18 de marzo de 1931 en Étables, una pequeña localidad de Ardèche, en el sur de Francia. Desde muy pequeño manifestó su inquietud por la vocación sacerdotal. Fue ordenado sacerdote en 1957. Decidió responder al llamado del Papa Pio XII, quien en 1968 alentó a los sacerdotes diocesanos a comprometerse en la acción misionera en países donde debía extenderse el don de la fe. Así, en 1971 llegó a la diócesis de La Rioja, donde se sumó al proyecto pastoral de monseñor Angelelli.

El 7 de mayo de 1971 fue nombrado vicario cooperador en la parroquia “El Salvador”, en Chamical. Los vecinos del lugar lo recuerdan como un hombre sencillo, amable y servicial que visitaba a los vecinos en bicicleta, particularmente a los más pobres; por su forma de ser era muy bien recibido por todos. También fue integrante de Cáritas.
Gabriel fue escultor y pintor. Puso este talento al servicio de la evangelización: talló un viacrucis de madera, y en piedra pintó a Nuestra Señora de los Llanos, la virgen María con los rasgos propios de una mujer de La Rioja.
Gabriel Longueville, un franciscano nacido en Francia, era amigo cercano de Carlos de Dios Murias. Juntos trabajaron en la parroquia El Salvador de Chamical, dedicándose a lo pastoral y al apoyo de las comunidades más pobres. Los relatos dicen que los militares argentinos llegaron a la parroquia para secuestrar a Murias y Longueville dijo entonces: “No te dejo solo, yo voy con vos”, entregándose de ese modo al martirio
El 18 de julio de 1976, como se contó, decidió acompañar al fraile Carlos de Dios Murias cuando la Policía Federal lo llevaba engañado a la capital provincial. El vehículo se desvió y los policías torturaron y acribillaron a ambos religiosos.
Fuente: radiomaria.org.ar/rm-joven/martir-de-la-fraternidad-p-gabriel-longueville/
Angelelli, el obispo que decidió que los pobres valían más que su propia vida
El 4 de agosto de 1976, el cuerpo del obispo de La Rioja, Enrique Angelelli, fue encontrado al costado de la ruta 38, camino a la capital provincial. La camioneta furgón en la que viajaba dio varias vueltas antes de que saliera expulsado. Su acompañante, el entonces vicario episcopal, Arturo Pinto, sufrió numerosos golpes y perdió la conciencia, pero salvó su vida. Cuando la policía encontró el cuerpo de Angelelli, estaba llamativamente dispuesto sobre la tierra. Ambos religiosos regresaban de Chamical, donde unos quince días antes habían sido secuestrados, torturados y brutalmente asesinados los jóvenes sacerdotes Gabriel Longueville y Carlos de Dios Murias. El obispo había oficiado la misa del entierro el 22 de julio y en la camioneta llevaba una valija con documentos recogidos para esclarecer estos crímenes.

Enrique Angelelli nació en 1923, en Córdoba. A los 26 años fue ordenado sacerdote y once años más tarde, obispo. En 1968 le fue asignada la diócesis de La Rioja. Allí desarrolló con notorio entusiasmo su apuesta por los votos sociales del Concilio Vaticano II. Con su estilo llano y de estrecha relación con el empobrecido poblador de aquella provincia, estimuló y apoyó la organización de las empleadas domésticas, de los trabajadores mineros y agrícolas. Sus misas dominicales llegaron a ser transmitidas por radio hacia todos los rincones de la provincia. Pero en una Argentina en la que se agudizaban los conflictos sociales, pronto encontró la enemistad del clero integralista y conservador del país, de los dirigentes de las Fuerzas Armadas y de los sectores poderosos de La Rioja. Apenas producido el golpe del 24 de marzo de 1976, sus emisiones radiales fueron prohibidas. En varias oportunidades, sus misas debieron ser canceladas por la prepotencia de los grupos de poder local.
Enrique Angelelli era el obispo de La Rioja y una figura destacada de la Iglesia Católica Argentina, sobre todo por su compromiso con la pastoral social y los derechos humanos. Su asesinato fue uno de los hechos más emblemáticos del genocidio de la dictadura cívico-militar. Para ocultar el hecho de haber asesinado nada menos que a un obispo, se fingió un accidente. En 1986, la justicia argentina declaró la muerte de Angelelli como «un homicidio fríamente premeditado»
Al día siguiente de su muerte, el diario El Sol de La Rioja, tituló: “Murió Angelelli en un accidente”. Esta misma opinión fue la que mantuvieron por años la Dictadura y el Episcopado argentino. Pero su acompañante, Arturo Pinto, aseguró ante el Tribunal que abrió la causa en 1983 para investigar la muerte del obispo, que un Peugeot 404 maniobró bruscamente delante de ellos, provocando el vuelco de la camioneta en la que viajaban. Lo último que dijo recordar fue el ruido de una explosión. El 19 de junio de 1986, el juez Aldo Morales estableció que se trató de “un homicidio fríamente premeditado”. Las “leyes de la impunidad” en los 90 provocaron la caída de la causa. Pero la anulación de aquellas leyes, en 2005, permitió su reapertura. En 2010, Pinto y varios actores más se constituyeron en nuevos querellantes y solicitaron la imputación de catorce militares y policías, encabezados por el ex dictador Jorge Rafael Videla, el entonces comandante del III Cuerpo del Ejército, Luciano Benjamín Menéndez, y el interventor de La Rioja, coronel Osvaldo Héctor Pérez Battaglia. El 4 julio de 2014, el Tribunal Oral en lo Criminal Federal de La Rioja consideró delitos de lesa humanidad el homicidio del obispo y el intento de asesinato del ex sacerdote Arturo Pinto y condenó por ellos a los represores Luciano Benjamín Menéndez y Luis Fernando Estrella a prisión perpetua y cárcel común.











































































