El edificio Sergio Karakachoff de la Universidad Nacional de La Plata tiene una historia polémica si las hay. El proyecto nació bajo la dictadura de Juan Carlos Onganía (1966-1970) y su construcción se asoció a un estilo arquitectónico pensado para las cárceles. Algunos, como el actual vicepresidente académico de la casa de altos estudios y futuro presidente, Fernando Tauber, creen a pie juntillas que esa fue su inspiración. Otros no adhieren a la «teoría carcelaria» y dicen que el diseño respondió a una corriente de la arquitectura en boga en aquellos años, denominada «brutalismo». Pero lo que nadie puede negar es que la idea original contemplaba nada más y nada menos que la demolición del histórico edificio patrimonial del Rectorado.

Es difícil saber si se trata del edificio más denostado de la Ciudad, pero una eventual encuesta «lo colocaría en el podio», coinciden todos los expertos. Es que el gigante arquitectónico que se extiende en forma de «L» desde 7 y 48 hasta 6 y 47 no sólo rompe por completo la estética del paisaje del microcentro platense, sino que guarda una oscura historia, no exenta de leyendas y de verdades inconcebibles, que a casi 60 años de su origen -comenzó a construirse en 1969- vale la pena repasar. Y para empezar, alcanza y sobra con una de esas «verdades increíbles»: como resaltamos en el primer párrafo, el proyecto original de la obra contemplaba la demolición lisa y llana de la centenaria y emblemática sede del rectorado de la Universidad. Un hecho que no llegó a materializarse por muy poco, según me comentó hacia 2012 el entonces secretario de Planeamiento de la casa de estudios superiores, Guillermo Nizan.
“En la maqueta original no estaba el Rectorado. Sería demolido para dar lugar a un auditorio semienterrado. Se salvó por muy poco”
En aquel momento también hablé con el docente, investigador y hoy ex decano de la facultad de Arquitectura, Fernando Gandolfi, quien estudió la historia del polémico inmueble. Antes de contar la génesis del proyecto, resume la del rectorado. «Si bien no formó parte del conjunto de construcciones fundacionales concursadas (para la ciudad de La Plata), fue diseñado, como sede del Banco Hipotecario, bajo las mismas pautas de los grandes edificios públicos, como el de la Municipalidad o el de la Legislatura. Así, respondió a un esquema que preveía dejar un jardín perimetral en toda la manzana, cerrado por verjas empotradas en un basamento de un metro», detalló.
La crisis económica de 1890 provocó la quiebra del banco, y el edificio quedó incorporado primero a la Universidad de La Plata (provincial) y luego, en 1905, a la Universidad Nacional. «Hasta mediados de 1960 conservó su imagen original», dijo Gandolfi, pero resaltó que hubo proyectos que contemplaban modificaciones, como el techado del patio u ocupar la franja de jardín que quedaba entre el contrafrente y la calle 6.

«Onganía vio la maqueta, y le encantó»
Llegó la dictadura de Onganía y, con ella, «las universidades comenzaron a recibir recursos provenientes del endeudamiento con el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Para la de La Plata se elaboró un plan de obras. La principal, el Edificio Tres Facultades, llamado así porque albergaría a Derecho, Humanidades y Ciencias Económicas», relató.
¿Quiénes fueron los autores del proyecto? Nunca fue sencillo «encontrarlos». Algunos estudios aseguran que se gestó en una cátedra de Arquitectura y que participaron profesores y alumnos avanzados. En tanto, un trabajo del periodista e investigador Daniel Badenes concluyó que «con el paso del tiempo, se convirtió en una suerte de obra anónima». La enciclopedia en línea Wikipedia atribuye su diseño a los arquitectos Atilio Sacchi y Dussan Duich, en aquel momento integrantes de la Dirección de Obras y Planeamiento de la UNLP.
Gandolfi afirmó que «participaron el decanato de Arquitectura y el rectorado -que entre 1966 y 1967 tuvo tres interventores: Roberto Ciafardo, Santiago Gorostiague y Joaquín Rodríguez Samuell–, pero el equipo de proyectistas fue el de la entonces área de Planeamiento y Construcciones de la UNLP», concluyó.

«El histórico rectorado se salvó por muy poco»
Corría 1967. «Cuentan que en ese tiempo Onganía vino a La Plata, y que al ver la maqueta sonrió y dijo ‘me gusta'», acotó Fernando Gandolfi. En esa maqueta estaban dibujadas las calles 6, 7, 47 y 48, el futuro edificio de 8 pisos en forma de «L» y una torre no muy alta en la esquina de 7 y 47 donde funcionarían las dependencias del rectorado.
¿Y el edificio patrimonial del rectorado? «No estaba. Sería demolido para dar lugar a un auditorio semienterrado y a un patio urbano con desniveles», apuntó el arquitecto. Acerca del porqué de la demolición, sentenció: «Simplemente porque era visto como un edificio viejo. En ningún momento se tuvo en cuenta el patrimonio histórico de la Ciudad, para nada».
El ex titular de Planeamiento y Obras de la UNLP, Guillermo Nizan, me explicó en aquel 2012 por qué no lo demolieron. «(A mediados de los ’60) en la gestión de la Universidad había un arquitecto que, a su vez, era miembro de organizaciones internacionales de preservación patrimonial, y les advirtió a las autoridades que estaba considerado monumento público. Faltó muy poco», indicó.


La cárcel
Lo que sí divide aguas en torno al ex Tres Facultades es la idea de que su diseño se inspiró en una cárcel. A esa teoría siempre adhirió, sin un resquicio de duda, el actual vicepresidente académico y futuro rector de la UNLP, el arquitecto Fernando Tauber.
«Responde a una visión panóptica, pues el objetivo era controlar a la tropa, es decir, a los estudiantes», ironizó con gesto adusto cuando charlamos sobre el tema, y casi exclamó: «Lo peor del proyecto era lo que, por suerte, nunca llegó a materializarse. No por nada el inmueble terminaba, por detrás, a 30 centímetros del rectorado, como si se lo quisiera devorar. Es que la idea original consistía en que la ‘L’ (que formaban Humanidades sobre 48 y Económicas sobre 6) se completara con una torre en 7 y 47. Y la sede de la Universidad desaparecía», confirmó.
«Como si se lo quisiera devorar»


El panóptico es un centro penitenciario «ideal» diseñado por el filósofo Jeremy Bentham en 1791. El concepto de este diseño permite a un vigilante observar a todos los prisioneros sin que éstos puedan saber si están siendo observados o no. Un ejemplo en Argentina fue la cárcel de Caseros, que guardó un sugestivo parecido con el edificio universitario.
Tras recordar que durante su construcción -que estuvo parada durante un tiempo- utilizó el lugar para escapar de alguna encerrona policial junto con sus compañeros, Tauber festejó que, merced a la construcción del Pasaje del Bicentenario y la mudanza de Humanidades y Psicología a Ensenada, «la convivencia incómoda entre el edificio del rectorado y el de la dictadura se terminó, y tanto la Universidad como la Ciudad recuperaron dignidad«.
«Si alguna enseñanza dejó (el inmueble del centro platense) es que representa el mejor ejemplo de lo que no hay que hacer»
Para Gandolfi, el polémico inmueble no habría sido concebido como un panóptico, aunque siempre comprendió la asociación debido a que fue realizado por la dictadura y a que su esquema de bandejas y pasarelas está presente en cárceles, como la ex unidad penitenciaria de Ushuaia, ejemplificó.

«El mejor ejemplo…»
El investigador apuntó que «el proyecto responde a características arquitectónicas de aquella época, en la cual dominaba una corriente denominada brutalismo. El uso de hormigón armado a la vista era una de sus particularidades», acotó, para señalar que «no es casual que la ampliación del Banco Provincia (hacia calle 6) tenga un aspecto equivalente».
Durante aquellos años, el brutalismo dominaba en el Reino Unido y en Japón, países que tenían una fuerte influencia sobre la arquitectura argentina. «Fue la base de edificios dedicados a la enseñanza en esas naciones. El volumen espacial, las alturas múltiples, puentes y pasarelas eran elementos centrales, así como cierta acústica, que aquí terminó resultando perjudicial», explicó Fernando Gandolfi, para concluir que «si alguna enseñanza dejó (el inmueble del centro platense) es que representa el mejor ejemplo de lo que no hay que hacer».
Por su parte, Nizan recordó que el proyecto original «contemplaba escaleras mecánicas», y remarcó: «Ese monstruo que finalmente tuvo planta baja y nueve pisos estuvo pensado para 3 mil alumnos, para una Universidad con cupo restringido, como la concebía la dictadura, pero con el tiempo terminó ocupado por más de 12 mil personas». Finalmente, en cuanto a la calidad de la obra dejó caer su opinión: «Eso depende de la pericia del arquitecto», dijo, y sonrió con sorna.
* Este artículo está basado en una nota escrita y publicada por el autor en el diario El Día el 4 de marzo de 2012.










































































