AMIBA Producciones anuncia la publicación del libro de Jorge Garacotche, “Flenin en Vigilandia”. La misma será al modo de “folletín”, por entregas, a la vieja usanza.
Este trabajo es un compendio de historias ambientadas en la Ciudad de Buenos Aires, más precisamente en el Barrio de Villa Crespo. Los relatos se sitúan entre los años 1976 y 1986, siendo verdaderas postales de la vida en los barrios.
Abunda en personajes, costumbres, sueños, frustraciones, la vida que intenta ir por los subterráneos caóticos, sensibles y posibles. Microhistorias de un grupo de pibes y mujeres reunidos en una cartografía barrial en conflicto permanente con una sociedad que se abraza a la causa del opresor.
Acá, lo aspiracional es intentar vivir en un lugar hostil para con los soñadores, los rockeros, quienes en tiempo de la Dictadura Cívico Militar debían huir todo el tiempo hacia adelante, con pocos lugares en donde reunirse. Una hermandad que debe aprender a subsistir en un país diferente, no deseado, pero que cada tiempo regresa y sacude a los buenos.
Gente que por esos días quería experimentar situaciones nuevas, que le tocaba el timbre a lo difuso. La música de rock, las drogas, la política oculta, el amor sin manuales, la patria futbolera, la improvisación jazzística en los cuerpos y mentes, el culto por la amistad y sus códigos de fierro. Todo es bienvenido en el afán de resistir.
La fabricación diaria de un terreno pequeño que se pueda conquistar a fuerza de ilusiones. La gente joven que intentaba inventar caminos por debajo de la vida de los caretas, enfrentando esa secuencia de estupideces, mediocridad, superficialidades, vendidas a bajo precio que ni siquiera los interpela porque ellos no lo necesitan. Gente que decidió no hacerle guiños a los malvados y mantener la coherencia de no regalarle sus días a leones que miran con cariño a las comisarías, cuarteles e iglesias.
Flenin en Vigilandia: Jorge Garacotche
Edición: Salvador Gargiulo
Diseño de blog: Germán Leiton
Arte de tapa: Enrique Rocca
Ilustraciones: Juan Yacobone
Diseño en Redes: Alejandra Zacarías
Foto: Malena Garacotche
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Comentario del autor
En el mismo tiempo en que transcurrían estas historias por la calles del barrio de Villa Crespo, se escuchaban rumores que daban cuenta de un grupo de personajes que, inventando una realidad, solo atinaban a basarse en sus propias ficciones. Los relatos aquí recordados sucedieron entre los años 1976 y 1986, años de desconcierto, caos interno y externo, matanzas, desapariciones, resistencia, creatividad que iba cambiando a medida que las tensiones empujaban. Mientras estos personajes se deshacían de fantasmas el horizonte nunca dejó de alejarse. Se atrincheran para no desaparecer, flameaban ideales que improvisaban sin destino. Encontraron la amistad, caminos hacia uno mismo, el amor, la locura, el deseo de sobrevivir a los naufragios de un país errático.
Hubo quienes los definían como un grupo de conspiradores que solo soñaba con esconder la angustia. Que a veces volvían a las sombras con el distorsionado placer de percibir otra realidad. Se reunían y hacían fuerza para no sentirse abandonados, a veces trayendo soluciones rabiosas, o un espejo en donde un brillo borroso, cuasi artificial, devolviera los servicios prestados a las ensoñaciones.
Villa Crespo no es un barrio más de Buenos Aires, oculta un micromundo que, por suerte, muchos desconocen. Quizá estos personajes solo habiten ahí, siendo los únicos que dialogan con las sirenas, cuando cantan y cuando abundan en su temerario silencio. Eran varias las voces que se escuchaban por esas calles, ojo que en los barrios las brujas cumplen otras funciones.
Un secreto barrial rumorea que Flenin crea la definición “Vigilandia” en una noche de invierno de 1977, sentado en el bar “Mi rincón”, en la esquina en donde nace la calle Bonpland, justo frente a la iglesia. Esa calle que huye entre colectivos suburbanos y camionetas viejas, atraviesa a oscuras Palermo viejo, para finalmente dejarse morir frente a los cuarteles militares, un destino porteño.
Hubo jóvenes que coprotagonizaron estos sucesos y no vivían en el barrio. Llegaban desde otros lugares, intuyendo que algunas de las cosas que deseaban estaban en Villa Crespo. Se hablaba de una mística que lo confirmaba, de tacheros que insinuaban por lo bajo, hasta asegurando que ciertos colectiveros indicaban dónde bajarse exactamente.
Por supuesto que durante aquellos años Flenin recorre Buenos Aires, intenta conectarse en otros barrios y a veces lo consigue, pero a costa de esfuerzos descomunales, hasta con la ayuda de sustancias que lo guíen.
Las situaciones aquí narradas suceden, primero, bajo la Dictadura Cívico-Militar; luego en un período democrático, que hereda tantas cosas de los militares y de la policía que viste un disfraz de civil que a muchos no los engaña, son fabricantes de desilusiones a los que no se les debe comprar las máscaras.
Historias de Villacrespenses que solían repetir aquel axioma futbolístico que dice: “Cuando tenés la pelota no te pueden atacar”. Años después una mujer recordó algo que le dijo el propio Flenin cuando prometió escribir solo recuerdos: “no soy un escritor, solo soy un historiador de mis propias sensaciones, peleando contra el mito del sentido común”.
Jorge Garacotche

















































































