Por Roberto G. Abrodos
José Podestá no solo inició y vivió una vida de trabajo incansable, sino que también fue un pilar fundamental en la historia del teatro nacional. Desde los primeros ensayos circenses hasta las últimas producciones escénicas, su vida estuvo ligada al arte dramático.
Podestá fue, además, un actor con un papel permanente en la historia de la fundación de La Plata. Su destino se entrelazó tanto con el de la nueva capital provincial que la ciudad se convirtió en su hogar. Esto fue algo poco común en el mundo de la farándula, que lo obligaba a rodar por tantas tierras y vivir tantas aventuras quijotescas.

Tras años de azarosas andanzas desde su adolescencia, cuando su primer circo con sus hermanos no era más que un juego de niños, Podestá recorrió un sinfín de lugares, desde Montevideo hasta Buenos Aires, pasando por diversas provincias, por Río de Janeiro y numerosos pueblos. Sin embargo, este eterno trashumante se propuso darle un hogar fijo a su familia. Su predilección por La Plata fue espontánea. Aquí se estableció y, finalmente, pudo concretar el ideal de tener un teatro propio: el viejo Olimpo, que, con el tiempo, cambiaría su nombre para convertirse en el actual Coliseo Podestá.
Apasionado de la escena, no se conformó con ser un artista, sino que decidió formar a sus hijos como artistas de calidad, convencido de que su aporte sería invaluable para el teatro argentino. Así fue como, en 1908, la compañía infantil que él mismo organizó debutó en el Teatro Apolo de la Ciudad de Buenos Aires. El elenco estaba integrado por sus descendientes, que llevaban en la sangre la gran vocación de la familia. Entre ellos, Marino y Aparicio Podestá, sus sobrinos, y sus hijos, José Ricardo (Chichín), Aurelia, Zulema y Elsa.

El público platense se enamoró de las actuaciones de esta compañía de jóvenes talentos, que brillaban en la obra «Los pibes», de José Eneas Riú. La sala del Coliseo se llenaba de niños, al igual que había sucedido en el Apolo de la capital. Tras «Los pibes», que fue el gran éxito de los pequeños artistas, vinieron otras obras como «La ciega» y «La traviesa», que se interpretaban con gran destreza y permitían disfrutar de espectáculos de jerarquía. Este fue, sin duda, el primer gran intento de crear una compañía infantil de calidad, un camino que más tarde continuaría la actriz Angelina Pagano.
Pepe Podestá tenía sólo veinticinco años en abril de 1884, cuando le tocó animar con su compañía las celebraciones de la radicación de los poderes públicos en La Plata. En su anecdotario, cuenta que, debido a la ausencia de hoteles suficientes, tuvo que pernoctar sobre un banco de la plaza, bajo el precario amparo de su ropa de payaso.
Pepino el 88, el pícaro poeta que narraba en versos los sucesos y personajes políticos, ya comenzaba a eclipsar al acróbata de los primeros circos, presagiando la fama que alcanzaría como intérprete de obras como “Juan Moreira” de Juan Cuello, los dramas criollos que pasaron de los folletines policiales a los escenarios, sentando así las bases del teatro nacional.

A principios de 1885, un año después de aquel curioso episodio, Don Pepe regresó a La Plata junto a sus hermanos Jerónimo y Juan, y su hermano político Alejandro A. Scotti. Juntos eran dueños del circo llamado “Pabellón Argentino”, que se instaló en la esquina de 7 y 56. Con este circo recorrió los pueblos de la provincia y, en la continuidad de sus giras, volvió a La Plata en muchas ocasiones, hasta que finalmente tuvo su propio teatro. Este se convertiría en el centro de sus futuras actividades, elevando su prestigio como empresario, y, en 1897, también lo llevaría a extender su trabajo a la capital federal, la ciudad de sus afectos.
La historia del viejo Olimpo está ligada a la tradición de la familia Podestá. Don Pepe, el gran veterano del teatro, conoció y dominó todos los aspectos de la profesión. Superó los obstáculos de la obra naciente a fuerza de vocación, amor y una actividad enérgica y ejemplar. Fue una figura de gran reconocimiento en la ciudad, que, con el tiempo, se complació en ser la elegida por el hombre que decidió establecer allí su carpa definitiva. Por eso, el recuerdo de José Podestá siempre perdurará en la memoria y la gratitud platense.


















































































