Por César “Tato” Díaz y Juan Cruz Vallefín
¿A dónde se dirigirá el pueblo este 17 de octubre? ¿Cuáles serán los puntos de partida y el destino común de las distintas latitudes que componen nuestro Movimiento? ¿Cómo se le hace justicia en retrospectiva a los primeros ochenta años de una fecha tan decisiva?
La retrospección junto a la introspección -y la más inusual prospección-, son palabras que nos hablan de una mirada orientada hacia alguna parte. Una persona introspectiva mira hacia dentro; la prospectiva -apropiada por financistas y adivinos- es una mirada que se arroja hacia el futuro o al menos a su visión más sesgada y plagada de espejismos.
La retrospección, finalmente, es mirar hacia atrás, porque el pasado, según nuestras mentes -herederas forzosas de occidente-, ya pasó. Pareciera más lógica la concepción de la lengua aymará, para la cual el pasado está frente suyo, por la claridad y definición que tiene, plausible de justipreciarse, quedando el futuro y su falta de certezas a nuestras espaldas. La manera de remendar nuestro pensamiento es reconocer que el ayer está aún por escribirse. No está resuelto porque los acontecimientos no resuelven problemas. Por el contrario, no cesan de generarlos, por los siglos de los siglos, amén de que existan quienes se empecinen en dar cierre a cualquier debate o discusión sobre su naturaleza -nada natural, por cierto-.
Dentro de nuestro sistema decimal, las cifras que terminan en cero -o cinco, indicando la mitad de recorrido- son más especiales. Los números enteros expresan -valga la redundancia- cierta entereza y vitalidad de los sucesos. Si continúan celebrándose, es precisamente porque aún existen quienes los celebran. La expresión “Ochenta años del 17 de octubre” tiene esa carga que mencionamos, más psicológica que aritmética. No puntualiza solamente los ochenta años del día donde tuvieron lugar las nupcias de un Movimiento -conocido después como Justicialista- con un día en particular. Celebra un Acontecimiento cuyo mérito fue, es y deberá ser, ni más ni menos, cambiar el paradigma de la Argentina. Esto no lo afirman únicamente sus simpatizantes sino también sus detractores.
¿Queda algo de aquel 17 de octubre, más mistificado que mítico; más histórico que historizado? El mejor diagnóstico quizá se encuentra en preguntarse hacia dónde se orientan hoy las movilizaciones que buscan conmemorarlo -palabra que significa, precisamente, recrear su acontecer mediante una memoria compartida y, agregamos, decididamente transgeneracional-. ¿Dónde están los responsables de la Conducción para esta fecha? ¿Están entre nosotros o por encima nuestro o a nuestras espaldas? ¿Pueden ser conductores si se desempeñan como empleados? ¿Y empleados de quién? ¿De un cargo bastardo? ¿De una autoridad sin nombre? ¿De su propio ego que, en rigor, siempre resulta inconducente?
La CGT renuncia a su trayectoria y protagonismo intrínsecos para desplegar en su lugar un programa tan inédito como alejado de sus bases. Ayer supieron gestar cultura, hoy son gestores culturales. Fríos intermediarios de un ardiente pasado. Mapeando fotos hechas con IA en su histórica central, desprovistas de la pasión que les dio forma; realizando un festival artístico mediante streaming remoto como si los tiempos de pandemia y distanciamiento social no hubieran quedado atrás. Se asumen como historia en vez de asumir el llamado de la historia.
“’Ochenta años del 17 de octubre’ no puntualiza solamente los ochenta años del día donde tuvieron lugar las nupcias de un Movimiento -conocido después como Justicialista- con un día en particular. Celebra un Acontecimiento cuyo mérito fue, es y deberá ser, ni más ni menos, cambiar el paradigma de la Argentina. Esto no lo afirman únicamente sus simpatizantes sino también sus detractores»
Mientras que un sector de la militancia en una caravana -para bien y para mal- muy disímil del primigenio peregrinaje, elige como fin de su recorrido un departamento ubicado en San José 1111. El destino de la marcha constata una realidad, la visibiliza. No busca transformarla como hiciera aquel primer 17 de octubre. Mostrar apoyo en el domicilio que sirve de cárcel a la ex presidenta -tan injusta como torpemente condenada- es la constatación de una impotencia. Apoyar es un acto de fe, no de rebeldía y pensamiento.
¿Estas son las expresiones máximas de la Conducción? ¿A través de estos canales se transmite hoy el calor, la mística que alumbró aquel primer y los siguientes 17 de octubre? ¿Esta es la organización que vence al tiempo? Repetir esta frase supone comprender que existe una contienda entre ambos términos que se baten en la mente. Por un lado y en plural, los tiempos que corren parecieran estar ganando la pulseada a la lenta organización -cuya unidad resulta la mentira piadosa de la atomización y tribalismo circundantes-. Todo se fragmenta, cuantifica y mensura en unidades como si fueran productos en una cadena de insumos de la que empezamos a formar parte sin darnos cuenta, sin alternativa. Mayor cantidad de interacciones digitales, mayor validez real. ¿Existe alguna salida?
En nuestro caso, consideramos que estas acciones bienintencionadas, no son eficaces porque no han escuchado de manera correcta la lección del primer 17 de octubre. Ellas, retrospectivamente, deberían volcar su mirada al día dónde el pueblo organizado construyó el Acontecimiento más trascendente de nuestra historia.
Tal como apuntamos en otra ocasión1, el pueblo que a simple vista marchaba de forma errática -y en apariencia desorganizada-, conocía a la perfección el destino de sus demandas. No necesitaban una aplicación geolocalizadora para conocer el punto preciso dónde verter sus exigencias. El 17 de octubre no fue a buscar a Perón, fue a la plaza histórica dónde se encuentra plasmado el poder político. Su lealtad se transparentaba en el hartazgo ante una situación generalizada de Injusticia. Perón no era el nombre de un hombre, sino de una Idea.
La movilización de este 17 de octubre, si quiere conmemorar fraternalmente a su primo par, debe detenerse por un instante a escuchar su sabia voz. Volver sobre sus pasos como se aconseja cuando se pierde el rumbo. Recuperar su magnífica lección. Construir el Acontecimiento, presionando en los centros de poder, desprovistos hoy como ayer de legitimidad. De este modo, con un objetivo claro en su andar, será más probable que aparezca un intérprete capaz de conducir el poder soberano y popular
Injusticia que hoy se manifiesta cuando un presidente -con depreciada legitimidad- se arroga ser el ejecutor de dictaminar la condena de una líder política. Injusticia que debiera rectificarse, promoviendo que la Movilización también tenga destino en la Corte Suprema de Justicia -dónde se encuentran tres empleados bajo ningún concepto supremos, genuflexos a un poder inconfesable-.
Aquel primer 17 de octubre también había un presidente deslegitimado -aunque de facto-, con la diferencia sutil de que este no se atribuyó el ejercicio de juez, procurando delegar el poder político a la Corte Suprema de aquel momento, institución que no logró entregar un gabinete conformado, precisamente porque la organización popular movilizada se le adelantó, exigiendo la liberación de su unívoco conductor mediante un grito de corazón.
La movilización de este 17 de octubre, si quiere conmemorar fraternalmente a su primo par, debe detenerse por un instante a escuchar su sabia voz. Volver sobre sus pasos como se aconseja cuando se pierde el rumbo. Recuperar su magnífica lección. Construir el Acontecimiento, presionando en los centros de poder, desprovistos hoy como ayer de legitimidad. De este modo, con un objetivo claro en su andar, será más probable que aparezca un intérprete capaz de conducir el poder soberano y popular.
El pueblo que a simple vista marchaba de forma errática -y en apariencia desorganizada- conocía a la perfección el destino de sus demandas. No necesitaban una aplicación geolocalizadora para conocer el punto preciso donde verter sus exigencias. El 17 de octubre no fue a buscar a Perón, fue a la plaza histórica donde se encuentra plasmado el poder político. Su lealtad se transparentaba en el hartazgo ante una situación generalizada de injusticia. Perón no era el nombre de un hombre, sino de una Idea
Estas ideas por sí solas no garantizan nada y siempre acecha la incertidumbre. ¿Cómo se sale del laberinto? Leopoldo Marechal decía que de los laberintos se sale por arriba, pero ante esta situación de anomia generalizada pareciéramos estar ante uno nuevo. En efecto, estamos ante un laberinto sin paredes. ¿Y cómo salimos de un laberinto de esta índole? Consideramos -fieles a nuestra metáfora- que así como debemos construir el Acontecimiento, debemos volver a edificar, mediante la política, las paredes de este enigma. Solo así podremos alcanzar la salida que nos conduzca a la recuperación de nuestra dignidad mancillada. Sentar las bases de una marcha cuya flexión es alimento de la reflexión. Una marcha que se proponga volcar la mirada hacia atrás sin las cataratas que provoca la nostalgia. Recorrer nuevamente las calles turbulentas de aquel 17 primigenio -que no se hizo pero se plasmó en un día- es reavivar aquel modo de introspección que se llama doctrina porque, a diferencia de la teoría, no se aprende, se inculca o dicho en términos de un legítimo intérprete de lo nacional, lo que dignifica al pueblo no se aprende ni se proclama, se comprende y se siente.

















































































