Por José María Lojo (*)
Poco se puede predecir respecto del comportamiento de los volcanes.
Hay indicios. Razones por las cuales la revuelta interna debería emerger. Aparentes calmas. Situaciones que podrían apaciguarlas o estimularlas.
Se pueden colocar miles de sensores, equipos científicos, inteligencia natural y de la otra.
Pero nadie puede saber el día y hora exactos en que los torrentes de lava se producirán, las explosiones, las nubes de ceniza.
También son muy difíciles de prever las consecuencias. El alcance. Hasta dónde llegará la energía transformadora.
Así suele comportarse el pueblo argentino: Como un volcán.
A veces cuesta entender porqué no explota con tanto estímulo.
Otras, se espera conducir la reacción, planificando inútilmente tiempos y senderos…
Pero no es así. No ha sido así.
Con más de 6 décadas argentas de vida me ha tocado vivir varias erupciones populares.
No aquella, la fundacional de la última y única revolución popular argentina hasta ahora: La del 17 de octubre de 1945.
Me resulta sorprendente la paciencia y tolerancia que suele demostrar el pueblo argentino. Pero también es admirable la determinación, el valor y la consistencia que desarrolla cuando se moviliza.
Ese mes de octubre, como tantas veces antes y después, los abusos del poder real en complicidad con la oligarquía y los intereses de Estados Unidos llegaron a ese límite impredecible que activa la intolerancia.
Al mismo tiempo, las reivindicaciones y derechos obtenidos por los y las trabajadoras y el pueblo en general a partir de la gestión del coronel Perón habían representado la justicia reclamada por décadas, y significaron el reconocimiento de la humanidad y dignidad de los humildes y el orgullo de integrar una patria soberana, que podía ser mucho más económicamente independiente y socialmente justa.
El pueblo no iba a tolerar una nueva injusticia.
Nadie lo esperaba.
Ni la CGT y los sindicatos que, si bien venían implementando paros sectoriales, planificaban un paro general recién para el 18 de octubre.
Ni el gobierno, que el mismo 17 de octubre preparaba la destitución de Farrel y la instalación de un gabinete de transición de alto contenido oligárquico.
Ni el propio Perón, que desde su confinamiento en Martín Garcia planificaba su casamiento y su retiro a un lugar tranquilo donde dedicarse a escribir un libro.
Pero pasó. Porque el pueblo quiso que pase. Y la transformación vino.
Pequeñas chispas encendieron el combustible de la solidaridad, el encuentro y el valor.
Y el camino se hizo solo. Como la lava, el pueblo sepultando los intereses de la antipatria y recuperando a su líder.
El pueblo: El verdadero y único dueño de la democracia que hará erupción cada vez que haga falta.
Nadie lo esperaba. Ni la CGT y los sindicatos. Ni el gobierno. Ni el propio Perón. Pero pasó. Porque el pueblo quiso que pase. Y la transformación vino … Así suele comportarse el pueblo argentino: como un volcán. A veces cuesta entender porqué no explota con tanto estímulo. Otras, se espera conducir la reacción, planificando inútilmente tiempos y senderos … Pero no es así. No ha sido así.
El mismo Juan Domingo Perón lo expresó en el balcón de aquel histórico 17 de Octubre:
“Guardo ahora mi honroso uniforme que me entregó la patria para vestir la casaca del civil, para misturarme con esa masa sudorosa y sufriente que elabora la grandeza de la patria…
Este es el pueblo sufriente que representa el dolor de la tierra madre. Es el pueblo de la patria. Es el mismo pueblo que en esta histórica plaza pidió frente al Congreso que se respetara su voluntad y su derecho. Esta verdadera fiesta de la democracia, representada por un pueblo que marcha horas y horas a pie para pedir a sus funcionarios que cumplieran con su deber. Muchas veces he asistido a reuniones de trabajadores. Siempre he sabido de su emoción, pero esta vez constituye esta reunión un verdadero orgullo para todos los argentinos».
Varias veces después, escuchamos el tronar del pueblo. Y el poder oligárquico debió retroceder.
Hoy nuevamente la patria necesita la movilización popular.
Para ganar elecciones, pero fundamentalmente para respaldar con potencia y volumen la lucha por la construcción de un país propio, independiente y digno.
Mantengo mi confianza esperanzada en la sabiduría y espontaneidad del pueblo que constituimos y que sabrá dar la señal para volver a surgir y recuperar el rumbo de patria que queremos frente a la alevosa afrenta que sufrimos.
¡Ni sueñen con que nos vamos a regalar!
(*) Presidente del Consorcio de Gestión del Puerto La Plata

















































































