«Da bronca que sean siempre los mismos / Los que hoy reparten balas ayer te quemaban libros / Desalojan mientras te suben el precio del ladrillo/ Y disparan granadas al rostro de Pablo Grillo/ La bronca la genera la boca de un mandatario / Que va destilando odio mientras licúa tú salario…»
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Pedro y Pablo nació como dúo hacia 1967, el mismo año en que Los Gatos grabaron La Balsa, de Litto Nebbia y Tanguito, vendieron 250.000 copias y estalló literalmente lo que con el tiempo sería conocido como rock nacional, o rock argentino a secas.
Pedro y Pablo fueron Miguel Cantilo, el compositor principal, y Jorge Durietz. Un año antes de que comenzara a gestarse el dúo por excelencia del rock argento, Sui Generis, Pedro y Pablo cultivaron la que en aquel momento (y por varios años más) se llamaba «música de protesta». No obstante, lo hicieron con una poesía exiquisita, de la mejor que supo parir el rock de acá.
En 1970 publicaron su primer disco, que con el paso del tiempo se convirtió en una suerte de grandes éxitos. ¿Dónde va la gente cuando llueve?, Asociación Modelos Argentinas, Guarda con la rutina, Che ciruja, Yo vivo en esta ciudad… Realmente una colección de temazos que, al mismo tiempo, te llevaban a caminar las calles porteñas y a rebelarte contra el insoportable clima opresivo que se sufría en aquel tiempo.
«Tierna mujercita sumergida / en las aguas de mi brazo torrencial / beso mucha lluvia en tu sonrisa / hay un arcoiris tierno y precoz / en el abanico de tu pestaña gris / Ves aquellos hombres corren sin ver / buscan una casa donde cambiar su piel … Donde va la gente cuando llueve / donde los que no tienen lugar…»
No es coser y cantar combinar oraciones que elevan el espíritu con una velada protesta contra las injusticas sociales. Algo reservado a los grandes creadores.

Coiffeur de seccional
Para aquel 1970, la sociedad argentina llevaba 15 años -que nadie sabía si podían ser 18, como finalmente ocurrió, o 15 más- de proscripción total y absoluta de la fuerza política mayoritaria, el destierro de su líder y creador, el misterio sobre el paradero del cadáver de la mayor lideresa popular de nuestra historia, una censura atroz, una represión nefasta… «Yo adoro a mi ciudad / aunque me acuse de loco y de mersa / Aunque guadañe mi pelo a la fuerza / En un coiffeur de seccional…», cantaban Pedro y Pablo en Yo vivo en esta ciudad, y aunque hoy resulte risueño, no lo era: si tenías el pelo largo la policía tenía derecho -y lo ejercía- a detenerte a plena luz del día y pelarte en una comisaría; lo mismo para una pareja que se besaba en la vía pública.
Un buen relato de esos años muy pesados es el de una joven Valeria Lynch, quien formó parte del grupo que dio origen al rock nacional, aunque en un momento decidió cambiar «para comer». “Yo era parte de esa tribu. Escuchaba a Janis Joplin, King Crimson, Cream, entre otros. El rock en castellano recién asomaba. Era un movimiento marginal y estaba prohibido”, recordó. Eran los tiempos de las dictaduras de Onganía y Lanusse, y los rockeros eran perseguidos, apaleados y encarcelados por la policía como si fueran delincuentes. “Nos metíamos en los sótanos. Eran los únicos lugares donde podíamos cantar. Íbamos con Horacio Fontova, con el Negro Rada, con un montón de gente que estaba dando sus primeros pasos, al igual que yo (…) Pasaron los años y empecé a hacer un género más internacional, porque el rock seguía en los sótanos y me moría de hambre”, confió la artista, para referirse a la dura época que los rockeros tuvieron que atravesar en sus primeros años: “No era nada fácil vivir acá en la época del hippismo y el flower power”, sentenció.
«La bronca la genera la boca de un mandatario / Que va destilando odio mientras licúa tú salario…»
Pero lo peor no se veía. Eran los presos políticos, las torturas, los allanamientos a locales sindicales, la prohibición de que tres personas estén reunidas en la calle (aunque estuviesen hablando de fútbol), y un largo etcétera.
1970 comenzó a marcar el final de la dictadura del general Juan Carlos Onganía, un tipo que tenía sueños de «eternidad» en el poder, pero que las luchas del movimiento obrero que «organizó el maldito peronismo entre los 40 y 50» le truncaron, sobre todo cuando se les sumaron los estudiantes universitarios y protagonizaron el levantamiento popular conocido como Cordobazo… Sí sí amigo, amiga, allí donde hoy gana la ultraderecha… «Degradación cultural», le llama el cientista social, ensayista y docente universitario Alejandro Horowicz.

La noche que empezó la gran debacle
Onganía había tenido un debut «a lo grande»: provocó la primera gran fuga de cerebros desde las universidades argentinas hacia Europa y EEUU, con la UBA a la cabeza. Se desarmaron equipos de investigación reconocidos a nivel internacional, se destruyeron bibliotecas que venían a consultar desde otros países, y se echó a muchos profesores y profesoras de enorme capacidad.
El 29 de julio de 1966, exactamente un mes después de derrocar al presidente radical Arturo Umberto Illia -que no compitió con el peronismo proscripto, desde ya, pero que yo decidí rescatar en restrospectiva como el presidente más honesto y austero que supimos tener y, además, el único no peronista que desendeudó al país e hizo crecer la industria nacional, motivos suficientes para que la clase dominante cipaya lo eche-, Onganía provocó una represión brutal en las universidades, con epicentro en la UBA, que se conoció como La Noche de los Bastones Largos.
Para entonces, estaba en la Facultad de Naturales y Exactas, adonde vino a realizar un intercambio académico, nada menos que Warren Ambrose, profesor de Matemáticas del prestigiosísimo Massachussets Institute of Technology (MIT) estadounidense; luego sería «coronado» como el Padre de la Geometría Moderna. El mismo 29 de julio a la noche le envió una larga carta al editor de The New York Times contándole las atrocidades que había vivenciado en primerísima persona. Aunque el final de su carta es realmente profético: «Esta conducta del Gobierno, a mi juicio, va a retrasar seriamente el desarrollo del país por muchas razones, entre las cuales se cuenta el hecho de que muchos de los mejores profesores se van a ir del país». Huelgan los comentarios.
A Onganía lo reemplazó otro dictador, Alejandro Agustín Lanusse. Ya hacía años que artistas de la música, el teatro y el cine, entre otras actividades, habían tenido que irse del país. O, en algunos casos, lo hicieron por voluntad propia porque no soportaban semejante ambiente opresivo que parecía no tener punto final. Fue el caso de Miguel Abuelo y Miguel Cantilo, entre muchos otros. Ambos dos llegaron a tocar juntos en Ibiza, España.

Marcha, un, dos…
Pero volvamos a aquel disco debut de Pedro y Pablo de 1970. El tema que nos faltó nombrar fue La Marcha de la Bronca, himno contra la opresión reinante si los hubo. Y logró mayor apogeo cuando, tras dos años y fracción de democracia (25 de mayo de 1973 – 24 de marzo de 1976), hizo su presentación en sociedad la dictadura más sangrienta y destructiva que conoció el país y una de las peores de América Latina: la de 1976-1983.
La Marcha de la Bronca se cantaba en cumpleaños o reuniones caseras, sin hacer mucha bulla; literalmente, en la clandestinidad, donde se intercalaba con temas de León Gieco, Moris (fundamentalmente El oso) y Piero (Para el pueblo lo que es del pueblo).
«No puedo ver / Tanta mentira organizada / Sin responder con voz ronca / Mi bronca / Bronca porque matan con descaro / Pero nunca nada queda claro / Bronca porque roba el asaltante / Pero también roba el comerciante (palabra esta última que, en los recitales, era reemplazada a viva voz por gobernante)».
En 2004, Cantilo y Durietz se reunieron con numerosos músicos e hicieron una versión renovada. Allí estuvieron Rubén Rada, Charly García, Ricardo Mollo, Hilda Lizarazu, Claudia Puyó, León Gieco, Andrés Calamaro, Fabiana Cantilo y Juan Carlos Baglietto, entre otros.
Bronca siglo XXI
Ahora, en este siglo XXI donde no hay una dictadura de botas pero el oscurantismo reina como en la Edad Media, el grupo de tango-rock Quinteto Negro La Boca (QNLB) hizo una versión con mucha, mucha polenta, que incluye retoques en la letra avalados por Miguel Cantilo, quien participó de la grabación.
León Gieco, Miss Bolivia, Ivonne Guzmán (cantante y compositora de La Delio Valdez), el rapero Willy Bronca y Julieta Laso (actriz y cantante de tango contemporáneo), se suman a Cantilo y a los integrantes de QNLB: Brisa Videla (voz y coros), Oscar Pittana (bajo), Gastón Ruiz (guitarra eléctrica), Ernesto Zeppa (batería) y Guillermo Borghi (teclado), enumera un artículo de Página 12.
El tema, como en 1970, como durante la dictadura cívico-militar que sentó las bases de la destrucción social argentina entre el 76 y el 83, como en los peores momentos neoliberales y empobrecedores de una débil democracia, sigue vigente; pero hoy, más que nunca. Y más aún cuando uno escucha el rapeo de Willy Bronca, una joyita…
«Da bronca que sean siempre los mismos / Los que hoy reparten balas ayer te quemaban libros / Desalojan mientras te suben el precio del ladrillo/ Y disparan granadas al rostro de Pablo Grillo/ La bronca la genera la boca de un mandatario / Que va destilando odio mientras licúa tú salario / De nada sirve trabajar más horas en el calendario / Si la plusvalía solo es para el empresario / Otra vez al Fondo Monetario, deuda y todo ese cuento / De andar subsidiando millonarios y recortando al pueblo / Prenden fuego machista / Bien se quema Lago Puelo / Y si abandonás tu casa se quedan con tu terreno / Son las mismas mañas de los mismos caretas / Que no dejan de ponernos palos en la rueda / Para el superávit ajustaron a la abuela / Y se gastaron fortunas para gasearla en la vereda / Falta arroz en la alacena, pocos llegan a la cena / Trabajando todo el mes ya te ahorca la quincena / Transas que hunden al país en deudas / Fugan guita con la misma bicicleta financiera»
¿Ganaron la batalla cultural? Algunos dicen que sí… Pero el arte resiste, y desde clásicos del rock vernáculo, así como los monstruos reciclan recetas de opresión y explotación, músicos y cantantes reciclan canciones que despiertan las almas dormidas. Al fin y al cabo, la única lucha que se pierde es la que se abandona. Y La Marcha de la Bronca no la abandonó nadie.

















































































