Se suele escuchar de un tiempo a esta parte -concretamente desde que asumió la ultraderecha el gobierno nacional en adelante- expresiones tales como “el odio está de moda” o “la crueldad está de moda”, o ambos a la vez.
Creemos que es hora de empezar a llamar a muchas cosas por su nombre en esta Argentina que sangra. En rigor, creemos que se nos pasó la hora. Deberíamos haber empezado mucho antes, pero nunca es tarde para decir cuatro cosas.
Ni el odio ni la crueldad están de moda. Ni el cinismo ni “la indiferencia ante los graves problemas sociales” en medio de los cuales vivimos día tras día.
Se tiene o no se tiene capacidad de odiar (al prójimo), así como se tiene o no se tiene capacidad de amar(lo). No es una moda. Las modas van y vienen. Son superficiales. Salvo excepciones, no hacen daño. El odio debe ser uno de los peores sentimientos, uno de los más bajos que puede invadir al ser humano. Y el que odia no lo hace por moda, lo hace porque es incapaz de empatizar mínimamente con el sufrimiento ajeno, de cualquier tipo.
Se es cruel o se es humano, compasivo, misericordioso. No está “de moda” alegrarse porque alguien se queda sin trabajo, porque a un jubilado o jubilada de 80 años que trabajó toda su vida y que ni siquiera puede comprarse un remedio lo apalean y le tiran gas pimienta, porque le quitan la ayuda a las personas con discapacidad, porque se desfinancian los comedores comunitarios que en la mayoría de los casos representan la única comida diario de un niño o niña, porque se ataca con mentiras gravísimas a cierta persona por redes sociales solo por pensar distinto a lo que algunos creen que es “lo que está bien”. No es moda: es crueldad (impiedad, inhumanidad, insensibilidad, bestialidad, barbarie, brutalidad, atrocidad, sadismo, salvajismo…) a secas.

“Se acabó el curro del Conicet”. Sí, lo dijeron y lo dicen muchos y muchas. Eso no es moda. Es crueldad basada en la ignorancia y en un profundo resentimiento social. Mientras tanto, los científicos que a todos y todas nos costó más de 10 años formar se van, echados por el gobierno nacional, a Francia, a Italia, a Alemania, a EEUU, etc., donde los reciben con los brazos abiertos por su enorme capacidad. Mientras tanto, al país lo reconvierten en la semicolonia que fue hasta mediados del siglo XX, con precarización e informalidad laboral crecientes y un pequeño grupo que se enriquece a costa de exportar materias primas puras a los países desarrollados (agro, minería, Vaca Muerta, solo generan el 5% del trabajo total; producción manufacturera, comercio, construcción -es decir, todo lo que este gobierno está destruyendo a la velocidad de la luz- generan entre el 45 y el 50%).
María Inés
En estos días se viralizó un video de la revista Sudestada. Un joven entrevistaba a una mujer que estaba en la calle. “Yo soy María Inés y tengo 89 años”, se presenta.
– ¿Y qué está haciendo? -le pregunta el joven.
– Pido y vendo sillitas -responde.
– Vos estás acá vendiendo sillitas de madera que hacés vos…
– Hago toda clase de juguetes, pero los otros ya los vendí…
– ¿Por qué estás en esta situación?
– Porque la jubilación es una porquería y cuando pago el alquiler no me queda una moneda -cuenta María Inés-. Y yo trabajo desde los 18 años. Yo traduzco inglés técnico, soy profesora de inglés y maestra normal -describe y pregunta: ¿Dónde voy a trabajar con 89 años?
El muchacho comienza a hablarle en un inglés muy fluido, y María Inés le responde en la misma lengua con total naturalidad. (Ese fragmento puede verse en el siguiente corto de YouTube de la agencia Noticias Argentinas).
Elvira
Marzo de 2024. Plaza Almagro de la Ciudad de Buenos Aires. La colega Paula Soler se encontró en uno de los bancos de madera con Elvira Anaya, de 90 años.
¿Una nota sobre su historia de vida? ¿Sobre los usos y costumbres de los adultos mayores en Argentina? No. Esos son lujos de otras latitudes. Hoy, aquí, a un jubilado o jubilada se le pregunta: ¿Cuántos medicamentos tuvo que dejar de tomar? ¿Come una o dos veces por día? ¿Hasta qué día del mes le alcanza la jubilación? ¿Y después, cómo se arregla?
En aquel marzo del ‘24, Elvira le contó a la periodista de La Nación que caminaba cada día desde su casa hasta la plaza con un carrito y una caja de cartón donde guardaba con mucho cuidado y cariño las batitas y escarpines que tejía para vender porque “la jubilación no me alcanza”.
“Mirá cómo tengo los dedos, todos torcidos, es artritis. Pero no me alcanza la jubilación y las expensas están cada vez más caras, también la comida, los remedios… y por eso vendo las batitas. Las hago en diez días, porque no tengo mucho tiempo. Yo limpio mi casa, cocino, hago todo. Y me cuesta tejer porque me encorvo mucho sobre la panza y me duele. Me operaron de cáncer de colon hace un año… pero estoy mejor, creo. No sé si voy a tejer más… Pero mirá, mirá qué lindas están para los chiquitos”, le dijo sonriendo la mujer a la colega, quien describió: “Elvira acaricia la ropa de lana suave con las manos de dedos largos, nudosos, claros, que muestran el tiempo de todo lo que le pasó, le pasa, hizo y hace”.
odio y crueldad

“Elvira trabajó desde los 18 (N. de la R: igual que María Inés y que el 99,99% de los abuelos y abuelas de Argentina). En total fueron 32 años de empleada administrativa, entre la Marina y el Instituto de Pensiones Militares, y otros años más en una agencia de turismo”, escribió hace casi dos años Paula Soler. A un cronista de Telenoche, en una nota para el noticiero de Canal 13, Elvira le comentó que en aquellos tiempos también solía ir a la feria de San Telmo a vender antigüedades.
Paula Soler: -¿Qué harías si no tuvieses que salir a vender estas batitas?
Elvira Anaya: -Creo que me quedaría en mi casa más tiempo. Me cansa salir…
Todas y todos los adultos mayores deberían estar descansando tras vidas enteras de trabajo; todos los niños, niñas y adolescentes deberían vivir entre la escuela y el club de barrio (hay que construir aulas, no celdas), bien alimentados y vestidos; todas las personas con una discapacidad tendrían que vivir con sus medicamentos, tratamientos y terapias y no movilizándose a las plazas con sus padres para pedir lo que jamás tendrían que pedir; no debería haber personas en situación de calle; los académicos y científicos no deberían cada dos por tres tener que emigrar; las niñas, niños y personas sin recursos deberían acceder a sus tratamientos oncológicos, y un larguísimo etcétera que, en mayor o menor medida, todos conocemos.
El 6 de julio de 2025, el abogado y miembro del Consejo Técnico-Consultivo en Ciberseguridad de la Fundación Metropolitana, Federico Cermelo, publicó un artículo en el diario Perfil titulado “La crueldad se viste de moda”.
Dijo: “El 30 de junio se celebró el Día Internacional de las Redes Sociales y se vuelve vital promover su uso responsable entre tantos delitos y violencias digitales. Es que, en estos tiempos, las redes sociales se han convertido en un reflejo de nuestra sociedad. La crueldad y la violencia que vemos en las calles se replica en las pantallas de nuestros dispositivos. La falta de empatía y la indiferencia hacia el sufrimiento ajeno son características que se han normalizado en nuestra cultura digital, donde haters, trolls y usuarios, muchas veces anónimos, emplean y disfrutan del hostigamiento a personas por su apariencia, identidad o ideología”.
“Pero la crueldad no solo se limita a las redes sociales. El Estado también juega un papel importante en la perpetuación de la violencia y la crueldad en nuestra sociedad. La falta de políticas públicas efectivas para resolver, o al menos contener, problemas como la pobreza y el desempleo son solo algunos ejemplos de cómo el Estado puede ser cómplice de la crueldad. A veces de manera pasiva, o incluso activa, con discursos de odio por parte de quienes tienen responsabilidades gubernamentales, que son quienes deben dar el ejemplo a toda la ciudadanía”.
El artículo completo puede leerse aquí. Lo que queremos recalcar es que el odio y la crueldad no están de moda. El que odia es porque tiene la capacidad de odiar (al prójimo). Y el cruel es cruel a secas. Y quienes apoyan sin titubeos políticas basadas en el odio y la crueldad, si no son responsables directos, son cómplices. Las cosas por su nombre.
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