Mientras estas líneas empezaban a tomar forma, en el Congreso de la Nación, concretamente en la Cámara de Diputados (que se sigue llamando Honorable Cámara de Diputados, aunque usted no lo crea), los legisladores votados por el pueblo de la patria para defender sus intereses y los intereses de la patria -valga la redundancia- se sentaban en sus bancas para tratar el Súper RIGI y el pago a los fondos buitre. El primero es un proyecto para atraer inversiones por más de mil millones de dólares (cada una) “destinadas exclusivamente a industrias nuevas, tecnológicas o experimentales”; en buen cristiano, Inteligencia Artificial. Un proyecto destinado a súper ricos que de ningún modo pondrá freno a la creciente sangría de la industria nacional y su consecuente destrucción de trabajo calificado y registrado. Pero ese es otro tema.
Esos mismos legisladores de la ultraderecha gobernante (LLA), del Pro y la UCR, más algunos del peronismo (Tucumán, Salta, etc.) y de bloques provinciales, son los mismos y las mismas que el martes 23 de marzo no dieron quórum a una sesión convocada para tratar la interpelación del ultra híper archi corrupto jefe de Gabinete, Manuel Adorni, a quien los hermanos Milei defienden a capa y espada. En rigor, Adorni es el caso más bizarro en un Gobierno Corrupto y Vendepatria de pies a cabeza.
“La vergüenza que dan los que no vinieron… Lo más nefasto es que son los mismos que han ocupado horas y horas en este recinto hablando de Ficha Limpia. Ficha Limpia pero rabo sucio… Algún día nos gustaría saber cuántos pendrives hay de diferencia para dar quórum para alguna cosa y para la otra”, dijo la diputada Myriam Bregman, en referencia al pendrive que dijo tener Adorni con medio millón de dólares en bitcoins, pero que no incluyó en su declaración jurada porque como “coleccionista de computadoras y cosas viejas, más allá de que la ganancia era importante, me lo guardé como un trofeo”. En fin…
grito de alcorta

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“La Argentina era, para fines del siglo XIX, la tierra de la gran promesa. Hacia aquí venían en tercera clase, porque no había cuarta, miles y miles de seres humanos, familias cargadas de ilusiones. Venían con muchas ganas de terminar con una constante con la que convivían desde la cuna: la humillación, el ninguneo, la miseria. Les habían dicho que del otro lado del Atlántico había una tierra rica, tan rica que alcanzaba para todos, donde todos podrían tener su lugar en el mundo, donde nadie los mandaría y serían finalmente libres. La promesa era atractiva tanto para aquellos que se sentían perseguidos por el hambre como para los que, además de la miseria, eran perseguidos literalmente por las autoridades locales por profesar ideas socialistas o anarquistas”, nos cuenta el historiador Felipe Pigna (1).
Pero… “para cuando la oleada inmigratoria se fue volviendo marea, a partir de 1880, la tierra prometida ya estaba repartida. La llamada ‘conquista del desierto’ había entregado millones de hectáreas a los mismos de siempre, en lugar de reservarlas para los inmigrantes como planteaba la Ley Avellaneda”.
“Muchos, con gran dolor y algo de resignación, decidieron quedarse en Buenos Aires a trabajar en lo que pudieran. Otros se arriesgaron a encaminarse con sus familias al campo a intentar cumplir aquel sueño que les había servido de combustible para llegar hasta aquí. La mayoría rumbeó para el norte de la provincia de Buenos Aires, el sur de Santa Fe y Córdoba, consolidando la Pampa Gringa que había empezado a tomar forma a partir de las colonias creadas a mediados de la década de 1850”.
“Cuando bajaron de los vagones polvorientos del Central Argentino comprobaron que su escaso capital no les alcanzaba para comprar ni un palmo de tierra y que los grandes propietarios no vendían una sola hectárea porque habían encontrado el método más cómodo y rentable de valorizar sus tierras: arrendarlas a los inmigrantes que llegaban sin parar y desesperados al país”.
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“Los inquilinos se harían cargo de todo: sembrarían por su cuenta y riesgo; alquilarían a los propietarios -y sólo a los propietarios- los elementos de labranza y las trilladoras; les entregarían los cereales limpios y embolsados -en bolsas que sólo podían comprarles a los dueños del campo- listos para su traslado al puerto, y quedaría para los dueños entre el 40 y el 50% de la producción”. Pero… “la cosa no terminaba ahí. Los arrendatarios, que comenzaron a ser llamados ‘chacareros’, no podían sembrar otros cultivos que los pactados con los dueños y no podían criar ganado ni caballar ni vacuno si no pagaban una abultada suma en carácter de ‘multa’”.
Como si todo eso fuese poco, “la mayoría de los chacareros se veía obligada a comprar todos los elementos necesarios para su vida diaria en los almacenes de sus patrones a precios varias veces superiores a los valores de mercado, lo que los llevaba a vivir endeudados de una cosecha a la otra”.
Así las cosas, “la mayoría de los arrendatarios y medieros eran extranjeros (en algunas zonas llegaban a representar el 80%), y en el campo primaba el individualismo y la desconfianza, lo que dificultaba la organización gremial. A su vez, la Ley de Residencia, que permitía la deportación de extranjeros, causaba mucho temor. A pesar de esto, a principios de 1912 los chacareros organizaron sus primeras reuniones, ayudados por los sindicatos de estibadores y oficios varios, los Centros de Estudios Sociales dirigidos por los anarquistas y los braceros (‘linyeras’), que tenían una gran tradición de lucha” (2).
Ya basta
“El detonante del Grito de Alcorta, o la gran rebelión de los chacareros, fue la formidable cosecha de 1912, cuando comprobaron que luego de pagar las deudas nada quedaba para ellos”. Todito a los bolsillos de la oligarquía terrateniente que, sin esfuerzo –“solo con alambre de púas, vacas y ovejas” (Alan Beattie, 2009)- llevaba una vida igual a la de los nobles europeos.
“Los chacareros iniciaron una serie de manifestaciones y huelgas en el sur santafesino, en el noroeste bonaerense, en el sudeste de Córdoba y en la provincia de La Pampa. En todos los casos se trató de protestas por las malas condiciones de contratación que los vinculaban a los terratenientes”.
“Un 25 de junio de 1912 se reunieron en la Sociedad Italiana de Alcorta unos dos mil chacareros de la zona. Allí pudo escucharse la voz de Francisco Bulzani decir: ‘No hemos podido pagar nuestras deudas y el comercio, salvo algunas honrosas excepciones, nos niega la libreta. Seguimos ilusionados con una buena cosecha y ella ha llegado, pero continuamos en la miseria. Esto no puede continuar así. Los propietarios se muestran reacios a considerar nuestras reclamaciones y demandas. Pero si hoy sonríen por nuestra protesta, puede que mañana se pongan serios cuando comprendan que la huelga es una realidad’”.
grito de alcorta

Don Lisandro
Los latifundistas solo querían reprimir. “En la asamblea de la Sociedad Rural de Rosario, reunida el 13 de julio de 1912 para condenar la huelga y evaluar los pasos a seguir, todos se quedaron asombrados cuando uno de sus socios pidió la palabra e invitó a los presentes a evaluar las justas razones de los chacareros y los invitó a salvar la cosecha acordando con los huelguistas. El que así hablaba era Lisandro de la Torre, quien propondría, poco después, convertir en propietarios a los arrendatarios y a los jornaleros rurales y se pronunciaría por una profunda reforma agraria”.
Claro que no todos pensaban así ni mucho menos y se lanzó una feroz represión. No obstante, con el paso del tiempo y la acción de los primeros gobiernos provinciales del radicalismo (nacional y popular en aquel tiempo), “para fines de julio la huelga comenzó a obtener sus primeros triunfos: en la mayoría de los campos comenzaron a aceptarse las condiciones de los huelguistas y se firmaron nuevos contratos de arrendamiento. El 15 de agosto de aquel 1912 los chacareros se reunieron en la Sociedad Italiana Giuseppe Verdi de Rosario dando nacimiento a la Federación Agraria Argentina, bajo la presidencia del dirigente socialista Francisco Noguera y la asesoría letrada de Francisco Netri. Poco después, Netri pasaría a ocupar la presidencia”.
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El grito de Alcorta es la muestra de que, cuando aún todo parece jugar en contra, con decisión y coraje se pueden cambiar muchas cosas.
En esta Argentina de 2026, ¿la decisión y el coraje desaparecieron? ¿Nos ganó la resignación? ¿Cómo podemos soportar que nos vendan la patria y nos roben día tras día en la cara sin chistar? ¿Que los “honorables” diputados blinden a los corruptos y sanciones una tras otra leyes que solamente perjudican a los trabajadores y a los empresarios que quieren producir y dar trabajo? Nuevamente: ¿nos ganó la resignación?
El 5 de octubre de 1973, la banda de rock Génesis publicó su quinto álbum: Vendiendo Inglaterra por una libra (Selling England by the Pound); en mi humilde opinión, el mejor en la historia del grupo. El título, fuerte, se utilizó como un juego de palabras surrealista y sarcástico para criticar cómo la sociedad británica de la época había vendido por chirolas sus propios valores tradicionales al materialismo y la sociedad de consumo… ¿No estaremos vendiendo Argentina por un punto menos de inflación?
















































































