Por Bárbara Dibene (*)
Las puertas de “La Frikioteca” apenas se están abriendo y ya hay personas listas para entrar. Ni bien les dan paso, algunas van directo a los estantes donde se acumulan los más de 500 juegos disponibles, eligen uno y se instalan en las mesas de la galería. Conocen la dinámica del lugar y se nota. Otras incursionan por primera vez, preguntan cómo funciona y se asombran. Se puede usar cualquier juego y la oferta es amplia: hay familiares, de estrategia, de preguntas y de roles, entre otros. Lo único que se pide a cambio es cuidarlos y, en lo posible, consumir algo en la cocina del lugar que tiene curiosidades como productos de pastelería japonesa.
“Desde el principio nuestra idea fue cómo hacer que la gente se sienta lo más cómoda posible. Y con el tiempo se fue generando confianza de las dos partes, las personas son cuidadosas con los juegos y hasta nos realizan donaciones”, dice Juan Barbagallo, uno de los creadores del espacio ubicado en calle 10 entre 58 y 59. Y agrega: “El vínculo se vuelve cercano porque hay quienes vienen todos los días, o días fijos porque se reúnen por un juego específico”. Por ejemplo, los domingos hay encuentros de quienes están interesados en las cartas de Pokémon, tendencia del momento, y se ofrece enseñar a jugar.
juegos y rompecabezas

Parte del “servicio”, explica Juan, es ayudar en la explicación de las dinámicas de juego y dar recomendaciones, también coordinar los turnos de grupos numerosos y organizar distintos eventos, como campeonatos. Además, a lo largo del año se abren distintos talleres, como dibujo, canto, escritura, guitarra y japonés. Este crecimiento los llevó a tener otra sede, “La culturosa”, donde hay más propuestas artísticas, como ciclos de cine y talleres de lectura.
La génesis de La Frikioteca, que surgió en diciembre de 2023, fue una tarea escolar que Juan Barbagallo realizó con tres amigos en el secundario, cuando un docente les pidió pensar un negocio que fuera redituable y disfrutaran
A Juan le gustan los juegos de estrategia como el “Catán”, “Carcassonne” y “Harmonies”, pero se lo nota apasionado por todo el cúmulo de oferta en el rubro, pasión que tiene desde la adolescencia. De hecho, la génesis del emprendimiento, que surgió en diciembre de 2023, fue una tarea escolar que realizó con tres amigos en el secundario, cuando un docente les pidió pensar un negocio que fuera redituable y disfrutaran. Años después, cuando tuvieron el capital para invertir, se lanzaron con este proyecto, y seis meses antes de la apertura fueron a invitar a grupos que ya se juntaban en distintos puntos de la Ciudad a jugar para que los conozcan. Y la estrategia dio resultado.
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“Hace poco estaba en una plaza y escuché que hablaban de la Frikioteca”, recuerda con orgullo, y reconoce que el espacio era algo que faltaba en La Plata y se lo apropiaron. Hoy por hoy congrega a distintas comunidades y convoca a grandes y chicos a conocer nuevos juegos, compartir y desconectarse por un rato. “Lo mejor que vemos es que la gente vuelve”.
Pasión por los rompecabezas
El “regreso a la mesa” no se limita a los juegos de cartas o estrategia. Los rompecabezas también aparecen como un ritual de pausa y concentración que sigue vigente. Azul Belamendia, oriunda de Bragado, provincia de Buenos Aires, es la creadora de un grupo Facebook de más de 400 personas para el intercambio temporal de rompecabezas en La Plata.
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“El grupo nació en la pandemia y tiene reglas muy sencillas con relación a la cantidad de piezas, la marca y el cuidado de cada ejemplar. Hay una cuestión negativa en este mundillo que no es muy divertido armar el mismo rompecabezas varias veces, entonces la idea es permitir la circulación de un rompecabezas después de haberlo armado. Pasás uno y recibís otro, evitando el gasto de comprar continuamente”, explica.
Sobre porqué recomendaría a las personas ingresar a este mundo, Azul reflexiona: “Es un hobby mega saludable. Es la vida misma, cada pieza aportando a un objetivo final que llega con buen trato y dedicación de tiempo”
El interés de Azul por esta actividad empezó siendo muy pequeña, a los dos años. Su mamá estaba embarazada de su hermano menor y le compraron varios rompecabezas porque “era muy atenta con las cosas chiquitas”. Con el tiempo, ese interés se volvió pasión y hoy disfruta de “cultivar la paciencia y que la individualidad y la pequeñez cobren sentido”. En la misma línea, describe cómo se siente en medio de la actividad: “Los días que estás armando el rompecabezas te abduce y entrás en una terapia donde todo es tranquilidad (risas)”.
El disfrute en solitario pero también la experiencia colectiva conviven alrededor del armado del rompecabezas. Los torneos, juntarse con amigos y familia, o intercambiar, permiten socializar una pasión. Azul remarca que a través de los intercambios conoció “mucha gente copada”, y que la anécdota que se repite es «esperar a alguien en Plaza Moreno o Plaza Italia con ocho cajas enormes en un banquito, mientras la vida pasa y vos ahí sentada. Siempre se encuentran joyitas, rompecabezas no industriales de madera que son únicos, o los circulares que son carísimos, o los ‘crazy shapes’ que son los que tienen piezas muy irregulares y asimétricas”.
Sobre porqué recomendaría a las personas ingresar a este mundo, reflexiona: “Es un hobby mega saludable. Es la vida misma, cada pieza aportando a un objetivo final que llega con buen trato y dedicación de tiempo”.
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Una apuesta a la industria nacional
En plena pandemia, Iván Dubner notó que los rompecabezas tenían un incremento de ventas porque las personas necesitaban encontrar formas distintas de pasar el tiempo en sus casas. Es así que él, un fanático, decidió lanzar su propia marca llamada “Zeppelin Puzzles”, localizada en la provincia de Santa Fe. “Vimos que en un mundo cada vez más frenético y orientado a las pantallas, que fomenta una falsa idea de la hiperproductividad, los puzzles fueron redescubiertos por muchos que los eligieron como una excelente manera para repensar sus hábitos y trasladarse a un estado del ser más satisfactorio”, analiza sobre ese auge.
Desde ese momento, el emprendimiento confeccionó, desde cero, decenas de rompecabezas organizados en temáticas como arte, paisajes, mapas y naturaleza, entre otros. Sobre el proceso, explica que lo primero que hacen es buscar o crear una imagen “que tenga algo especial”, ya sea por su composición, colores o la historia que se propone transmitir. “Luego viene el diseño técnico, donde definimos la cantidad de piezas y desarrollamos el troquel que le dará forma. Finalmente, lo fabricamos nosotros mismos, desde la impresión hasta el corte. Lo que más disfrutamos es ver el momento en que una idea se convierte en un objeto real, y saber que alguien va a vivir una experiencia con eso”.
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Además de la producción, organizan torneos en distintos puntos del país. El último fue en nuestra ciudad, el pasado 13 de diciembre, y en su cuenta de Instagram se pueden seguir los anuncios sobre las próximas fechas. “Para cada encuentro elegimos cuidadosamente el rompecabezas, preparamos el espacio y generamos un ambiente donde conviven la concentración y el entusiasmo. Participan tanto personas que compiten como quienes vienen a disfrutar”, dice al respecto, y agrega sobre la recepción de la gente: “Es increíble. Muchos nos dicen que es una experiencia distinta, que se sorprenden de lo inmersivo que es, y que quieren volver. Se genera una comunidad muy linda alrededor de algo aparentemente simple”.
“Vimos que en un mundo cada vez más frenético y orientado a las pantallas, que fomenta una falsa idea de la hiperproductividad, los puzzles fueron redescubiertos por muchos que los eligieron como una excelente manera para repensar sus hábitos y trasladarse a un estado del ser más satisfactorio” (Iván Dubner – Zeppelin Puzzles)
El desafío y satisfacción de encontrar conexiones y que la imagen empiece a aparecer es lo que disfruta especialmente Iván, que también destaca que “tiene algo muy especial cuando se comparte con otros: se generan conversaciones, silencios cómodos, y un objetivo en común”.
Finalmente, recomienda acercarse al mundo de los rompecabezas sin importar la edad ni la experiencia, y enfatiza que además de la satisfacción de que “algo encaja”, es una forma de entrenar la constancia, la observación y la creatividad. “Al final, no solo terminás una imagen, terminás un proceso”.
(*) Becaria doctoral en el Centro de Estudios Parasitológicos y de Vectores (CCT-La Plata CONICET-UNLP) – Grupo ¿De qué hablamos cuando hablamos de Chagas? – Grupo GeoVin
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- Otros artículos de la misma autora: La vuelta a la fotografía analógica
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