Por Alejandro Salamone
La Plata no es una ciudad fácil para los gestos de humildad extrema. Con su trazado perfecto y su Catedral de piedra imponente, a menudo el boato y la jerarquía han pesado más que el barro de la periferia. Sin embargo, lo vivido este 23 de diciembre en Plaza Moreno confirma que la llegada de Gustavo Carrara a la arquidiócesis no es solo un cambio de nombres, sino un cambio de paradigma: la irrupción de la «teología de las periferias» en el corazón del poder platense.
Carrara, el primer «cura villero» en alcanzar el rango de obispo en Argentina, trajo consigo un lenguaje que la Curia local no solía hablar con tanta fluidez. No es solo el discurso; es la estética de lo ocurrido ayer. Ver la Catedral —ese símbolo de la cristiandad europea en América— abierta de par en par no para un Te Deum protocolar, sino para que alguien se corte el pelo frente a ella, es una imagen de una potencia política y espiritual ineludible.
Una Iglesia que huele a pueblo
Lo que algunos sectores más conservadores podrían ver con recelo, Carrara lo entiende como el cumplimiento estricto del mandato de Francisco: «hacer lío». Pero un lío organizado, con propósito. Al invitar a las organizaciones de la sociedad civil y a colectivos como Los Chicxs del Pueblo, el Arzobispo tiende un puente entre la fe y la militancia social, borrando las fronteras que a veces separan la caridad de la justicia social.
La Navidad en la plaza, con el pesebre viviente representado por chicos de barrios populares, no fue un evento de beneficencia. Fue un acto de reivindicación. En un contexto social donde los discursos de odio y la estigmatización hacia los más vulnerables ganan terreno, que la máxima autoridad católica de la región diga «aquí están los primeros», es un posicionamiento que trasciende lo religioso.
El desafío de la continuidad
El texto que circuló durante la jornada lo dice con claridad: «la Iglesia debe estar abierta a todos, todos, todos». Esa repetición, casi un mantra del Papa Francisco, encontró en La Plata un ejecutor que no le teme al contacto directo.
El desafío de Carrara será sostener esta mística en una ciudad compleja, donde las desigualdades se profundizan a pocas cuadras del centro administrativo. Pero si lo de ayer fue, como dice el relato, «el primero de muchos días», La Plata está asistiendo al nacimiento de una nueva forma de habitar la comunidad: una donde la Catedral ya no mira desde arriba, sino que baja a la plaza a compartir el pan, el baile y el bautismo con los que siempre fueron invisibles.
La Navidad volvió a ser humilde en La Plata. Y eso, en tiempos de tanta oscuridad, es una noticia que merece ser contada en primera plana.



















































































