«Cada Miércoles de Ceniza escuchamos: ‘Eres polvo y al polvo volverás’. La muerte y la decadencia son un hecho de la vida para nosotros, simples mortales; todos nosotros, es decir, excepto los pocos elegidos de Dios: los incorruptibles. Estos son los santos a lo largo de la historia de la Iglesia cuyos cuerpos no se han podrido con el tiempo. Incluso han pasado milenios, como en el caso de Santa Cecilia, sin que sus cuerpos se conviertan en polvo».
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Podría considerarse irónico que la mensajera de Nuestra Señora en Lourdes, un lugar de sanación, haya estado tan cargada de enfermedad durante toda su vida natural. Parece que el milagro de Lourdes no fue para ella. De hecho, en una visión, la Virgen dijo a Santa Bernadette (Santa Bernardita, en español):
«No puedo prometerte felicidad en esta vida, solo en la siguiente».
Nacida en una familia humilde que poco a poco cayó en la extrema pobreza, Bernadette siempre fue una niña frágil. Bastante joven, ya había sufrido problemas digestivos y, tras haber escapado de ser víctima de la epidemia de cólera de 1855, sufrió dolorosos ataques de asma, y su mala salud casi la hizo quedar aislada para siempre de la vida religiosa. Cuando Monseñor Forcade le pidió que se hiciera cargo de Bernadette, la Madre Superiora de las Hermanas de Nevers respondió: «Monseñor, será un pilar de la enfermería».
Vivió en el convento durante trece años, pasando gran parte de ese tiempo, como predijo la Madre Superiora, enferma en la enfermería. Cuando una compañera monja la acusó de ser una «vaga», Bernadette dijo: «Mi trabajo es estar enferma». Poco a poco fue afectada por otras enfermedades además del asma: entre ellas, tuberculosis pulmonar y un tumor tuberculoso en la rodilla derecha.
El miércoles 16 de abril de 1879, su dolor empeoró mucho. Poco después de las 11 de la mañana parecía estar casi asfixiándose y fue llevada a un sillón, donde se sentó con los pies en un taburete frente a una hoguera encendida. Murió alrededor de las 3,15 de la tarde. Tenía treinta y cinco años.
«La ‘Bella Señora’ me miró como se mira a una persona»
Nacida el 7 de enero de 1844 en Lourdes, en el sudoeste de Francia, a los pies de los Pirineos, Bernarda Soubirous vivió en completa pobreza, pero con el corazón profundamente dirigido a María. A ella se le apareció varias veces “la Señora”, tal como solía definir a la Virgen, a la Inmaculada Concepción, como se lo reveló la misma Virgen durante la aparición del 25 de marzo de 1858.
Bernardita, desde el 11 de febrero hasta el 16 de julio de aquel 1858, asistió a dieciocho apariciones de María en la Gruta de Massabielle. El Papa Francisco, en su mensaje para la Jornada Mundial del enfermo de 2017, recordó que “la humilde muchacha de Lourdes” relataba que “la Virgen, a quien ella definía como ‘la Bella Señora’, la miraba como se mira a una persona. Estas sencillas palabras describen la plenitud de una relación. Bernardita pobre, analfabeta y enferma, se siente mirada por María como una persona. La ‘Bella Señora’ le habla con gran respeto, sin conmiseración”.
santa bernardita

De la fragilidad, un apoyo para los demás
Desde el inicio de las apariciones, Bernardita se hizo portavoz de un acontecimiento que tuvo eco en todo el mundo, pasando por numerosos interrogatorios oficiales porque se la sospechaba de impostura. Nada la venció. Mientras, con los años aumentaba el flujo incontrolado de personas a la Gruta de las curaciones.
“Bernardita, después de haber estado en la Gruta, gracias a la oración -explicó el Papa Francisco- transforma su fragilidad para apoyar a los demás, y gracias al amor se vuelve capaz de enriquecer a su prójimo y, sobre todo, ofrece su vida por la salvación de la humanidad. El hecho de que la ‘Bella Señora’ le pida que rece por los pecadores nos recuerda que los enfermos, los que sufren, llevan en sí el deseo de curarse, pero también el de vivir cristianamente su propia vida, llegando a donarla como auténticos discípulos misioneros de Cristo”.
Vocación por los enfermos
A Bernardita, María le entrega la vocación de servir a los enfermos y la llama a ser religiosa de la Caridad: la tarde del 7 de julio de 1866 entra -como vimos- en Saint-Gildard, en la casa madre de la Congregación de las Monjas de la Caridad de Nevers, donde moriría el 16 de abril de 1879.
El doctor declara: «No es un fenómeno natural»
Durante los siguientes 46 años, el cuerpo de Santa Bernadette fue exhumado no menos de tres veces: la primera en 1909, luego de nuevo en 1919, y finalmente en 1925.
Primera exhumación
En la primera exhumación, pronto se hizo evidente que había ocurrido un milagro: el tono de piel de Santa Bernadette era perfectamente natural. La boca estaba ligeramente abierta y se podía ver que los dientes seguían en su sitio.
Aunque el rosario en sus manos se había podrido, mostrando óxido y corrosión en algunos puntos, las «manos virginales» que aún lo sujetaban eran perfectas. Las hermanas presentes lavaron el cuerpo a fondo y lo vistieron con un nuevo hábito antes de colocarlo en un ataúd doble, oficialmente sellado.
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Segunda exhumación
La segunda exhumación, en 1919, no mostró más indicios de descomposición, aunque sus manos y rostro se habían descolorido algo debido al lavado bien intencionado que le dieron las monjas diez años antes.
Se encargó a un trabajador de cera que creara una máscara de cera ligera de las manos y el rostro de Santa Bernadette. Se temía que, aunque el cuerpo se conservaba, el tinte negruzco del rostro y los ojos y nariz hundidos causaran una impresión desagradable en el público.
Exhumación final
Eso nos lleva a 1946 y al último lugar de descanso de Santa Bernadette. Uno de los médicos que supervisaron la exhumación final, el doctor Comte, escribió:
«De este examen concluyo que el cuerpo de la Venerable Bernadette está intacto, el esqueleto está completo, los músculos atrofiados, pero están bien conservados; solo la piel, que se ha marchitado, parece haber sufrido los efectos de la humedad en el ataúd … El cuerpo no parece haberse putrefacto, ni tampoco se ha producido descomposición del cadáver, aunque esto sería esperado y normal tras tanto tiempo en una bóveda vacía de la tierra».
El médico quedó asombrado por el estado de conservación del hígado:
«Lo que me llamó la atención durante este examen, por supuesto, fue … el estado totalmente inesperado del hígado tras 46 años. Uno pensaría que este órgano, que es básicamente blando y tiende a desmoronarse, se habría descompuesto muy rápidamente o se habría endurecido hasta una consistencia calcárea. Sin embargo, era blando y casi normal en consistencia. Señalé esto a los presentes, comentando que no parecía ser un fenómeno natural».
Consideraciones finales
«Este es realmente el cuerpo de Bernadette, realista en su actitud de meditación y oración.
«Este es el rostro que se levantó dieciocho veces hacia la Virgen en Lourdes, las mismas manos que tocaron su rosario durante las apariciones, y los dedos que arañaron la tierra en obediencia a la petición de Nuestra Señora e hicieron aparecer el milagroso manantial.
«Parece justo que Nuestro Señor preserve perfectamente aquellos oídos que escucharon el mensaje de Lourdes y los labios que repetían el nombre de ‘la Señora’ al padre Peyramale: ‘Yo soy la Inmaculada Concepción’. Este es también el corazón que albergó tanto amor por Jesucristo, la Virgen María y los pecadores.
«Hay una comprensión profunda en este corazón que algún día escribiría:
«No fui nada, y de este nada Dios hizo algo grande. En la Sagrada Comunión estoy de corazón a corazón con Jesús. Qué sublime es mi destino».
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Fuentes: americaneedsfatima.org; Vatican News
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