Para un abuelo, los nietos son siempre chicos. Pero lo cierto es que Agustín, León y Galita están cansados de que siempre les haga la misma pregunta: “¿Saben cuántos son los Reyes Magos?” Me miran con cara de “nos tenés podrido, zeide…” Pero igual se los digo: “Son cuatro: Melchor, Gaspar, Va a saltar y Se cayó”. Y me causa mucha gracia verlos a ellos perdonarme la repetición de un viejo chiste que alguien me contó… hace apenas siete décadas.
Recuerdo poner en la galería de mi casa, en la calle Nueva York 4623, una palangana de chapa galvanizada llena de agua, y en otro recipiente el pasto que arrancaba del campito de Vértigo (a la vuelta del Hogar Social de Berisso), para darle de beber y de comer a los camellos.

¿Qué regalo me trajeron los Reyes en la década del cincuenta? Una pelota pulpo, un cerebro mágico, un mecano de chapa, un balero, un carrito con rulemanes, figuritas, bolitas, bolones, un Yo Yo Russell, un sopla gol…

Los Reyes Magos que pasaban por casa eran pobres, pero era una pobreza digna.
Un dron, un celular de última generación, un reloj que marca los pasos, las pulsaciones y los kilómetros recorridos, un monopatín eléctrico; esos son los regalos que reciben muchos chicos en la actualidad.

Este 5 de enero de 2025 me acosté antes de medianoche para esperar a los reyes, y cuando me desperté por la mañana, abrazado a mi mamá, le agradecí a ella y a mi viejo su regalo de los Reyes Magos.
Seguro que ellos se van a poner contentos y yo… lagrimeando, como hace aproximadamente siete décadas…




















































































