Última semana de diciembre de 2024. Estamos tomando un café con Facundo Molina, quien fuera uno de los primeros 20 alumnos de la orquesta escuela de Berisso, allá por septiembre de 2005. Llegando al final de una hermosa charla, me cuenta: “En febrero del año que viene me voy a Tucumán, quiero hacer la Licenciatura en Luthería. Tengo que conseguir un trabajo y un lugar donde vivir; pero voy a hacer la carrera”.
Hacía unos años que Facundo trabajaba en el taller de luthería del luthier platense Simón Meucci. Si bien comenzó su andar en la orquesta como chelista y luego como violinista en aquel lejano 2005 y con apenas 10 años, tiempo después descubrió que lo suyo era el arreglo y el mantenimiento de los instrumentos, un oficio milenario que, como ya veremos, tanto le gustó que lo llevó a dejar un trabajo en el que ganaba muy buena plata.
Pero volvamos a aquel bar, ubicado en diagonal a la Plaza Moreno, más concretamente en 12 y 50, y a aquel inminente final del año 2024. Tras expresarle mi alegría a Facundo, le pedí que me desasnara: “¿Por qué a Tucumán?”. Me explicó entonces que la única universidad nacional donde se dicta la carrera es la Universidad Nacional de Tucumán, que allí estudió Simón Meucci, el dueño del taller donde trabajaba, y que fue él quien lo alentó a seguir los estudios universitarios. “Es que quiero saber porqué hago lo que hago, porqué tal madera es mejor para determinado trabajo, cómo está compuesta esa madera, de dónde viene; aprender de historia, tecnología, diseño, materiales…”, describió con marcado entusiasmo.
Con esa linda noticia, nos despedimos. Nos deseamos un buen fin de año 2024 y un buen inicio del 2025, el que llevaría a Facundo de su Villa Alba natal al Jardín de la República para comenzar a desandar un camino tan diferente como prometedor.
«Un día, al salir de una clase, en el SUM de la Escuela 25 de El Carmen me topé con Walter trabajando en un violín. (Walter es un asistente de la orquesta al que Facundo define como un gran amigo y una gran persona). ‘¿Qué estás haciendo Walter?’, le pregunté. ‘Adaptando el puente de un violín’, me contestó… Ahora lo digo en estos términos, pero en ese momento no entendí nada. Sólo sé que quedé maravillado y le pedí permiso para quedarme mirando. Acababa de encontrar, sin saberlo aún, mi camino en la vida» (Facundo Molina)
guitarra fabricada por un alumno

¿Y eso?
Martes 21 de abril de 2026. Facundo Molina me envía un video por whatsapp. Lo miro. Veo una bellísima y reluciente guitarra casi terminada. “¿Y eso?”, le pregunto. “La fabricación de una guitarra forma parte del programa de estudios. Y esta, la primera, se la voy a donar a la orquesta escuela…”, me responde.
La guitarra artesanal que viajará de Tucumán a Berisso
Un cosquilleo, carne de gallina… En fin, distintas sensaciones, todas muy gratas, corren por el cuerpo. Para tomar dimensión, voy a copiar y pegar el inicio de la nota sobre los 20 años de la orquesta escuela, y luego, le haré un pequeño agregado. Acá va…
“El lunes 19 de septiembre del 2005, un grupo de profesores de música entró a la Escuela Primaria Nº 25 del populoso y humilde barrio berissense de El Carmen. Las maestras les habían avisado a sus alumnos y alumnas que, quienes quisieran, podían ir a escucharlos al hall de entrada. La idea era formar una orquesta. Muchos niños y niñas se entusiasmaron con una batería, una guitarra eléctrica quizás. No. Un violín, una viola, un violonchelo, una flauta traversa. La inmensa mayoría no conocía los nombres de esos instrumentos ni su sonido. ¿Se desilusionaron? Todo lo contrario. ¡Quedaron fascinados! Una veintena se anotó para tomar clases. Nadie lo sabía, pero acababa de nacer el más maravilloso e inclusivo proyecto educativo que en décadas conoció nuestra región: la Orquesta Escuela de Berisso”.
Pues bien, entre esos veinte alumnos pioneros estaba Facundo Molina. Veinte años y monedas más tarde, los pequeños y pequeñas que estudian en la orquesta aprenderán guitarra -y algunos la tocarán en los conciertos- con la que ‘Facu’ construyó como corolario de su primer año en la Universidad Nacional de Tucumán. Bonito es poco. Busque usted, lector/a el adjetivo que más le guste.
“Con la orquesta hicimos viajes hermosos. Recuerdo con mucho cariño uno a Chapadmalal, en 2008. Conmigo viajaron mi hermana mayor, mi hermano y mi mamá. Esa vez, todos conocimos el mar» (Facundo Molina)
guitarra fabricada por un alumno

Un ángel llamado Ailén
“La decisión de venir a estudiar la carrera de Luthería a Tucumán respondió a que es algo que me apasiona; sinceramente, no me veo haciendo otra cosa que no sea esto”, dice Facundo desde la provincia del norte, para reconocer que esa decisión “no fue sencilla; la verdad que no fue sencilla la decisión de venir porque dejé atrás a mi familia y a Ailén (su compañera). Aunque en realidad, también estoy acá gracias a ella, porque fue ella la que me motivó y me dio el empujón final, diciéndome que no deje de perseguir mi sueño. Hoy doy siempre gracias a Ailén, y a mi hermana Cintia, a mi vieja Cristina y a mi mi viejo Juan, que confían en mí y todo el tiempo me están apoyando, tanto emocional como económicamente”, subraya.
Poco después de cumplir 18, 19 años, Facundo dejó la orquesta. Fue temporal. Pero entonces él no lo sabía. Lo contó así: “Durante un tiempo me alejé de la orquesta y del taller de Simón. Fue un momento de búsqueda, de dudas, como todos tenemos en la juventud. Eso me llevó, luego de algunos trabajos que no me convencieron, a entrar a una empresa de seguridad donde cobraba realmente muy bien. Me daba gustos impensados en otros momentos de mi vida. Me compré una moto grande, tenía acceso a un montón de cosas, le compraba regalos a Ailén; estaba realmente bien…”
Siguió. “Un día me llamó Juan Carlos (Herrero, el coordinador general de la orquesta). Fuimos a tomar un café, charlamos largo y tendido, y me ofreció un cargo (rentado) para que me encargara, valga la redundancia, de reparar, restaurar y tener a punto los instrumentos de la orquesta, siempre trabajando en el taller de Simón”.
Se le presentó un buen dilema: continuar trabajando en la empresa de seguridad y mantener el buen pasar económico que tenía, o bien hacer lo que realmente le gustaba, aunque resignando bastante dinero. Lo habló con Ailén. ¿Qué le dijo? “¡Tenés que hacer lo que te gusta, esta es tu oportunidad! La plata va y viene…” Realmente, en esta historia Ailén viene a representar el ángel que siempre da los mejores consejos al oído en los dibujos animados o incluso en las películas.
“El camino correcto siempre es el difícil; yo perdí económicamente al dejar mi trabajo en la empresa de seguridad para ir al taller de luthería (de Simón Meucci, luthier platense). Tenía una moto grande y tuve que venderla, además tuve que dejar de hacer mil cosas que antes podía… Pero gané. Gané porque cada día hago lo que me fascina y, sobre todo, crecí como persona” (Facundo Molina)
Volviendo al norte, nuestro estudiante de luthería narra que “ahora estoy viviendo con un compañero de la facultad, que también se llama Facundo. Estoy enormemente agradecido; me abrió las puertas de su casa y de su taller de par en par”, destaca, para indicar que además de la ayuda que le llega desde Berisso, necesita trabajar. Y, por cierto, a Facundo no se le cae ningún anillo: “Por el momento estoy haciendo trabajos de limpieza en casas, y alguna que otra changuita que va saliendo”. (¿Quién dijo que todo está perdido?, cantaba Fito Páez. Y podríamos responderle: hay muchos más Facundos de los que uno cree en esta Argentina errática).
– Que la orquesta escuela vaya a utilizar para la enseñanza y los conciertos una guitarra hecha cien por ciento con tus manos te debe generar un enorme orgullo…
– Sí, claro. Pero además es mi forma de agradecer todo lo que la comunidad de la orquesta hizo y hace por mí. El año pasado incluso me han ayudado económicamente para poder pagar el alquiler del lugar donde estaba viviendo -puntualiza Facundo.
guitarra fabricada por un alumno

El «porteño»
“Adaptarme a Tucumán todavía me está costando un poco”, cuenta Facundo y ríe: “Es que el ritmo de vida es muy tranquilo, y soy yo el que siempre anda acelerado”.
Después de apuntar que a todos los que van desde acá los llaman porteños, resalta: “Mis compañeros, la verdad, son todos unos copados. Me dieron una mano enorme con materiales y me ayudaron en algunas materias teóricas, donde soy un desastre”, dice y vuelve a reír. “Los profesores en el taller también son unos copados, te explican muy, muy bien”, añade.
– ¿Qué te da la Universidad que te faltaba en el taller de La Plata donde trabajabas?
– En la parte práctica, hasta ahora no ha cambiado mucho lo aprendido. Lo que sí estoy viendo es mucha teoría e historia de la luthería.
– Tomaste una decisión valiente al dejar aquel trabajo que te daba un mejor pasar económico por el taller de luthería, y ahora tomaste otra decisión valiente al irte al interior para formarte… ¿Con qué soñás para el día de mañana?
Facundo Molina se despide contándonos que “para el día de mañana, mi sueño es poder tener mi propio taller; poder vivir de lo que realmente me gusta, me fascina, que es la luthería. Y poder llegar a tener un nombre en este ámbito, más allá de ser el médico de los instrumentos”, manifiesta. Y ríe nuevamente.
***
- Artículo relacionado: Facundo, el joven que resignó dinero para cultivar un oficio milenario
guitarra fabricada por un alumno guitarra fabricada por un alumno
















































































