Homilía Cena del Señor. Jueves Santo
Se acercaba la Pascua judía, y entre la gente se preguntaban: ‘¿Vendrá Jesús a Jerusalén?’. El Señor había realizado milagros, sanando a muchos, y liberado de demonios. Había multiplicado los panes para que nadie se vaya sin comer. A su vez, con la ternura de su misericordia, había llenado de alegría y esperanza el corazón de muchos. Es decir, su paso lleno de Vida, haciendo el bien, generaba muchas expectativas. Por eso podemos imaginar algunas preguntas: ‘¿Restaurará ahora el Reino de Israel? ¿Nos liberará de los romanos? ¿Se mostrará Mesías con todo su esplendor?’.
¿Qué es lo que hace el Señor Jesús? Se abaja y lava los pies de sus discípulos. Lo vemos a Dios sirviendo y lavando los pies de su criatura. No hace otra cosa que seguir la lógica de la encarnación. El grande se hace pequeño, el fuerte se hace débil, el rico se hace pobre. Todo esto por amor. Este camino del descenso, es el camino que lo lleva a la cruz. Es a su vez la lógica de la Eucaristía. El Señor se queda entre nosotros, pequeño y frágil bajo la apariencia del Pan. Dios se hace alimento de su criatura. Pan partido y repartido para todos aquellos que hambreamos un sentido para nuestras luchas diarias, para nuestra vida.
Ahora bien, volvamos a la escena del Evangelio. Pedro le dice a Jesús: “¿Cómo me vas a lavar los pies a mí?”. Hay que entenderlo, es el mundo al revés. Jesús quiere ocupar el lugar del esclavo. El Evangelio del lavatorio de los pies, nos desafía a poner el mundo al revés, “patas para arriba”, por así decirlo.
Nuestro mundo hoy está construido según el modelo de la pirámide. En la cima se encuentran los poderosos, los inteligentes, los ricos. Son los llamados a gobernar y a guiar. En la base de esa pirámide están, entre otras situaciones, los inmigrantes, los cartoneros, los que están fuera del mercado laboral, y los chicos que fuman paco en los pasillos de las villas. En el Evangelio, lo vemos a Jesús ocupando el lugar de una persona de esa base de la pirámide. El lugar de esas vidas que muchas veces parecen estar de sobra. Incluso esas personas son consideradas feas, molestas, sobrantes, y que se busca como sacárselas de encima.
El Señor quiere estar en ese lugar. “Jesús, el evangelizador por excelencia y el Evangelio en persona, se identifica especialmente con los más pequeños (cf. Mt 25,40). Esto nos recuerda que todos los cristianos estamos llamados a cuidar a los más frágiles de la tierra. Pero en el vigente modelo ‘exitista’ y ‘privatista’ no parece tener sentido invertir para que los lentos, débiles o menos dotados puedan abrirse camino en la vida”.1
Jesús vino a transformar el modelo de la sociedad de la pirámide al modelo del cuerpo. Así nos lo enseña San Pablo en el capítulo 12 de la primera carta a los cristianos de Corinto. Cada persona tiene un lugar, cada una depende de la otra, cada una es llamada a descubrir y realizar su misión para el bien del cuerpo. Y los miembros del cuerpo que son más débiles, son tratados con mayor delicadeza, porque cada persona es sagrada, irrepetible, única.
Jesús les pide a sus discípulos -a nosotros que queremos seguirlo de cerca-: “Hagan esto entre ustedes, hagan esto con los más pequeños, lávense los pies los unos a los otros”. Esto no es otra cosa que decir: “Ámense los unos a los otros, así como yo los he amado”. La medida del amor es amar sin medida. Amar y servir, de eso se trata, nada más, ni nada menos.
La Semana Santa nos presenta también una imagen contraria a la del lavatorio de los pies, la de Pilato lavándose las manos. Éste piensa que de esta manera deslinda su responsabilidad frente a la situación, pero tristemente se vuelve cómplice de la misma. Es una imagen fuerte, ya que cada vez que pasamos de largo frente a los más pobres, nos convertimos en discípulos de Poncio Pilato al lavarnos las manos.
Jesús, al ocupar el lugar de los últimos en la fila de la vida, y ahí lavar los pies de sus discípulos, nos enseña que “del más chiquito y del más olvidado tiene Dios la memoria muy reciente y muy viva”. 2
El Triduo Pascual en el que entramos con esta celebración, es una bella ocasión para acercarnos al sacramento de la reconciliación. Pidamos la gracia de ver que a veces me comporté lavando los pies o dejándome lavar, y otras veces me lavé las manos como Poncio Pilato frente al sufrimiento del hermano.
Ahora bien, a no desesperar. Abrámonos al perdón de Dios. Como invita Francisco: “Hermanos, hermanas, ¿cuál es el camino para volver a la senda de la vida nueva? Es el camino del perdón de Dios. Pongan esto en la mente y el corazón: Dios no se cansa nunca de perdonar… ¿Cuál es el drama? Es que somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón. Nos cansamos de pedir perdón, pero Él no se cansa jamás de perdonar. No lo olvidemos esto. Porque el perdón divino hace esto: nos hace nuevos de nuevo. Cómo, apenas bautizados, nos limpia por dentro, devolviéndonos a la condición del renacimiento bautismal: hace que las aguas frescas de la gracia fluyan de nuevo en el corazón, reseco por la tristeza y empolvado por los pecados; quita las cenizas de las brasas del alma, limpia esas manchas interiores que nos impiden confiar en Dios, abrazar a nuestros hermanos y hermanas, amarnos a nosotros mismos”. 3
Por último, subrayemos que después de lavarle los pies a sus discípulos, Jesús enseña una nueva bienaventuranza: “Felices ustedes si sabiendo estas cosas las practican”. Y cuando hablamos de bienaventuranzas, hablamos del corazón del Evangelio, hablamos de lo esencial en el camino de la santidad, al que estamos llamados desde el día de nuestro bautismo.
discípulos poncio pilato

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1 Francisco. Evangelii Gaudium. Nº 209.
2 Cf. Bartolomé de las Casas. Carta enviada al Consejo de Indias en 1531.
3 Francisco. 24 horas para el Señor. 8 de marzo de 2024.
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En el Viacrucis por la Paz del Viernes Santo, Gustavo Carrara pidió “abrazar a Jesús y tender la mano al que está sufriendo”
El Viernes Santo, ante una multitud de fieles, el arzobispo Gustavo Carrara encabezó el tradicional Viacrucis por la Paz, que partió de la Basílica San Ponciano hacia la Iglesia Catedral, reviviendo en cada una de las estaciones el sufrimiento y sacrificio de Jesús por la humanidad.
Participó el Intendente de la ciudad, Julio Alak; junto al Jefe de Gabinete de la Municipalidad, Carlos Bonicatto, entre otras autoridades de la Comuna. También religiosos, religiosas, sacerdotes y seminaristas, quienes previamente participaron de la celebración de la Pasión presidida por el Obispo Auxiliar, Mons. Federico Wechsung, en la Basilica.

Mons. Carrara propuso una lectura actual del camino de Jesús hacia el Calvario, poniendo en el centro el dolor de tantos hermanos y hermanas. “Escuchábamos sus voces, le hablaban a Jesús, se identificaban con Él, sentían que Jesús abrazaba desde la cruz su dolor”, expresó, destacando que ese sufrimiento también interpela a la comunidad a comprometerse con quienes más padecen.
En esa línea, el arzobispo subrayó que la cruz no es solo un signo de dolor, sino también un camino de sanación. “Todos tenemos nuestras heridas, todos tenemos nuestras cruces, pero hay un camino: abrazar a Jesús y tender la mano al que está sufriendo”, afirmó. Y resaltó que “misteriosamente nuestras propias heridas se van sanando y una luz empieza a brillar en nuestro corazón”.
El pastor arquidiocesano insistió en que el gesto de salir al encuentro del otro transforma tanto a quien recibe como a quien da: “Cuando tendemos la mano al que más sufre, no solo llevamos paz y alegría a su corazón, sino que también nosotros somos sanados, somos liberados de tantas ataduras”.

Asimismo, advirtió sobre la tentación del individualismo, recordando las palabras dirigidas a Jesús en la cruz: “A Él le decían ‘salvate a vos mismo’, pero no pensó en sí, sino que entregó su vida por todos”. Frente a ello, remarcó que “nadie se salva solo” y que el camino cristiano implica necesariamente la fraternidad y la solidaridad.
El viacrucis tuvo como intención especial la oración por la paz, en un contexto atravesado por múltiples formas de violencia. “La luz va a brillar en nuestro corazón, en nuestra familia, en nuestra ciudad y en nuestra patria, y ahí habrá verdadera paz”, sostuvo el Mons. Gustavo, al tiempo que convocó al Pueblo que peregrina por la Iglesia particular de La Plata a ser “instrumentos de paz” en la vida cotidiana.
Finalmente, encomendándose a la Virgen María en su advocación de Nuestra Señora de los Dolores, Mons. Carrara pidió que “desde la cruz del Señor nos alcance su bendición”, una bendición que —dijo— “nos hace más hermanos y hermanas”, y que brota del amor de Cristo, quien “no tiene amor más grande que dar la vida por sus amigos”.

Vigilia Pascual: Construyamos en la tierra «un pedazo de cielo donde todos podamos vivir con alegría, en paz y con dignidad”
El arzobispo Gustavo Carrara presidió la Solemne Vigilia Pascual en la Catedral y destacó la luz de Cristo resucitado como signo de esperanza para la humanidad, llamando a los fieles a ser testigos activos de la vida nueva que brota de la Pascua.
“Con alegría nos anunciamos hoy unos a otros: Cristo, nuestra esperanza, ha resucitado”, afirmó el pastor al inicio de su homilía, en la que explicó, además, el profundo simbolismo de la Vigilia, estructurada en cuatro momentos –fuego, palabra, agua y pan-, y puso especial énfasis en el paso de la oscuridad a la luz. “Empezamos con el templo a oscuras, bendecimos el fuego nuevo y con él encendimos el Cirio Pascual, que representa a Cristo resucitado. De Él fuimos encendiendo nuestras velas para recibir su luz”, señaló.
Y añadió: “Pasamos de las tinieblas a la luz por su resurrección. Caminemos entonces como hijos de la luz”. Al recorrer la historia de la salvación proclamada en la liturgia de la Palabra, monseñor Gustavo destacó que incluso en los momentos más dramáticos “donde todo parecía perdido”, Dios abrió caminos de vida. “Siempre hubo resurrección”, sostuvo, recordando episodios como el sacrificio de Isaac, el paso del Mar Rojo y el destierro en Babilonia, donde “Dios logró la salvación” y renovó su alianza con el pueblo.
En relación al Bautismo, Carrara remarcó: “El bautizado queda unido a Cristo, participa en su pasión y resurrección”. En ese sentido, invitó a renovar las promesas bautismales, recordando que “en el Bautismo se sembró en nosotros la semilla de la santidad, la cual debemos hacer fructificar”.

Durante la liturgia eucarística, el arzobispo señaló que en cada celebración “anunciamos la muerte y proclamamos la resurrección del Señor”, y reconoció las búsquedas más profundas del corazón humano: “Tenemos hambre de justicia, de esperanza, de amistad, de paz. Digámosle a Jesús en esta noche: danos siempre de este pan”.
Retomando el Evangelio, Carrara destacó la misión de las mujeres que encontraron a Cristo resucitado: “Ellas llevan la noticia que cambió para siempre la vida y la historia: Cristo ha resucitado”. En esa línea, afirmó que los cristianos están llamados a ser testigos: “Nosotros también somos, por la fe, testigos de la resurrección de Jesús”.
Finalmente, el arzobispo se refirió al impacto concreto del mensaje pascual en la vida cotidiana: “Celebrar la Pascua es celebrar el triunfo de la vida sobre la muerte y del amor sobre el odio”. “Cristo está vivo y nos quiere vivos”, dijo, invitando a que esa vida nueva “se traduzca aquí en la tierra, haciendo de ella un pedazo de cielo donde todos podamos vivir con alegría, en paz y con dignidad”.
La homilía concluyó con un llamado a llevar la luz de la Resurrección a los lugares de dolor: “Con obras concretas de misericordia llevemos la luz y la vida de Jesús a quienes sufren”, pidió, encomendando a los fieles a la Virgen: “Que nos ayude a ser testigos de la alegría de la resurrección, que es para todos, todos, todos”.

















































































