Quienes participamos del evento “Navidad para todos, todos, todos” fuimos tomando dimensión de un hecho que sería histórico para nuestra ciudad, y que tomaba más fuerza en un contexto de miseria planificada donde para los perdedores del modelo no hay nada, puesto que a quien no puede comprar dólares solo le espera la ‘muerte’.
Aquel día, la jornada empezó temprano y todo se montó de forma acelerada. Los tiempos eran totalmente tiranos, y cualquier demora podía ser muy perjudicial. No obstante, los voluntarios superaban las 800 personas y reinaba en el ambiente un enorme espíritu de mancomunión. Mientras tanto, las nubes se juntaban en el cielo y cada uno hacía una suerte de plegaria para que la lluvia no se haga presente.
A las seis de la tarde cada uno comenzó a tomar su posición en el lugar, todos los voluntarios llevaban en la solapa la credencial que los identificaba como personas que estaban dispuestas a ayudar. Por su parte, la Plaza Moreno se convirtió en una suerte de enorme restaurante donde se podían apreciar cuadras de mesas bajo el cobijo de la Catedral. Mientras el sol comenzó a bajar, el paisaje tomó un tono rojizo que dio a la jornada un color único.
Ver a cientos de jóvenes ayudando a su prójimo bajo la presencia de la Catedral de La Plata es sin dudas el triunfo de Francisco
También pareció que hubo alguna fuerza mayor que hizo que aquel día anocheciera más tarde, puesto que a las veinte y treinta de la noche aún había una luz muy potente. Todo ello ayudó cuando los mozos y mozas comenzaron a realizar su trabajo. Los coordinadores marcaban tareas claras, una mesa para cada uno, que nadie se estorbara a la hora de hacer llegar la comida.
Para quienes estuvimos en los gazebos sirviendo la comida la tarea no fue menos demandante, puesto que los mozos iban y volvían en lapsos de menos de diez minutos. Aquella tarde había unas quinientas raciones que se agotaron en menos de una hora. Un dato que habló por sí solo; el hambre estaba muy presente entre las personas que fueron a comer a la plaza ese día.
Las razones de este presente
Es claro que todos tenemos algo de o mucha responsabilidad a la hora de pensar cómo se llegó a este momento del país. Las dos mil personas que comieron el 23 de diciembre fueron un triste reflejo de un problema estructural, del cual quienes planearon y ayudaron a dar forma al evento no pueden hacer otra cosa más que aportar su fuerza y voluntad en pequeños espacios.
Mientras los acontecimientos ocurrían hubo dos espíritus que estaban más presentes que nunca, dos luces que iluminaron el camino. Por un lado, el del Padre Carlos Cajade. Una pantalla proyectó un fragmento de un discurso de aquel sacerdote que levantó una obra solidaria para la niñez platense sin precedentes. Aquel que habló del amor como la fuerza más transformadora del mundo, y que es una suerte de santo patrono para todos los que vivimos en la zona sur de La Plata.

Por otro lado, la figura del Papa Francisco también pareció haber guiado el camino, como la persona central sin la cual nada de esto hubiera ocurrido. Fue quien volvió a abrir las iglesias y entendió que el catolicismo no tiene sentido sin el pueblo, por lo cual, ver a cientos de jóvenes ayudando a su prójimo bajo la presencia de la Catedral de La Plata es sin dudas el triunfo de Francisco, aquel que convocaba a hacer lío y a no dejar que ningún hermano sea descartable como el sistema actual pregona.

Al finalizar la comida muchos repartieron choripanes que la gente guardaba para comer en otro momento. La solidaridad expresada una vez al año sólo permite alcanzar a muy poca gente y por muy poco tiempo, es decir que valores como el amor y la empatía deben ser pilares de políticas públicas que no se basen sólo en repartir alimentos o alicientes de la pobreza, sino en la transformación de los sistemas productivos para que todos aquellos que fueron a comer a la plaza puedan volver a comer a sus casas.


















































































