El Adviento, que este año comenzó el 30 de noviembre y se extenderá hasta el 24 de diciembre, abre un nuevo ciclo litúrgico y propone un doble movimiento espiritual: mirar hacia atrás para recordar el anhelo histórico por la llegada del Mesías, y mirar hacia adelante con fe en su regreso definitivo.
Durante estas cuatro semanas, la Iglesia recuerda las acciones de Dios que, a lo largo de la historia, prepararon la venida del Salvador, y mantiene viva la esperanza de que ese relato se completará con su retorno.
«Se trata de un tiempo de espera gozosa, en el que los creyentes se preparan, junto a María, para acoger a Cristo en sus vidas. Esta espera tiene un componente penitencial y, a la vez, celebrativo, pues el gozo nace de la cercanía de un Dios que desea estar con los hombres, como expresa el pasaje de Proverbios 8, 31, de las lecturas del I Domingo de Adviento», explican en el sitio web de Aica.
En este marco, la Iglesia invita a asumir dos actitudes fundamentales: la vigilancia y la atención. Llama a despertar del sueño espiritual, de la rutina y la tibieza, dejando atrás lo que pertenece a la noche -el pecado, los malos hábitos y los vicios- para revestirse de las obras de Cristo. Pero no se trata solo de despertar, sino también de velar, como un centinela que permanece atento ante la llegada de alguien esperado.
El Adviento celebra la venida de Dios en dos dimensiones. La Iglesia reaviva, primero, la expectativa de la segunda venida de Cristo, su retorno glorioso; luego, a medida que avanza el tiempo y se acerca la Navidad, invita a fijar la mirada en su primera venida, ocurrida en la historia. Asimismo, llama a una vigilancia constante para reconocer la presencia escondida de Cristo en la vida cotidiana. «La enseñanza subraya que el Señor viene de manera continua, incluso en medio de las actividades ordinarias, tal como Jesús explicó a los discípulos al comparar esos días con los de Noé, cuando la vida transcurría entre tareas comunes», añaden.
De este modo, la hora inesperada se oculta en la hora ordinaria. Lo eterno entra en lo temporal, y cada momento ofrece la posibilidad de un encuentro con Dios. La exhortación dirigida a los discípulos se extiende ahora a todos: mantenerse despiertos y preparados para reconocer la presencia del Señor que viene.
El Adviento es, por excelencia, un tiempo de esperanza y alegría. Esa esperanza y esa alegría tienen un nombre y un rostro: Jesucristo. Este período prepara a los fieles para encontrarse con Él en la Navidad, en el final de los tiempos y en cada instante de la vida cotidiana.
La incógnita sobre la segunda y definitiva venida de Jesucristo es uno de los mayores misterios y, para muchos y muchas, uno de los mayores motivos de inquietud, ya que el propio Jesús dijo que vendrá «a la hora menos pensada».
Leemos en Mateo 24:36-44: «Nadie sabe cuándo será el día o la hora, ni siquiera los ángeles del cielo, ni el Hijo mismo. Solamente lo sabe el Padre. La venida del Hijo del hombre será como en los días en que vivió Noé. En aquellos días, antes del diluvio, la gente comía y bebía, se casaba y daba a sus hijos en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca. Como ellos no sabían lo que iba a pasar, vino el diluvio y los arrastró a todos. Así será cuando venga el Hijo del hombre. En esos días, dos hombres estarán trabajando en un terreno, uno de ellos será llevado y el otro será dejado. Dos mujeres estarán moliendo, una de ellas será llevada y la otra será dejada. Por lo tanto, ustedes manténganse alertas porque no saben qué día va a venir su Señor. Y recuerden esto: si el dueño de una casa supiera a qué hora viene el ladrón, se quedaría despierto y no dejaría que el ladrón entre a su casa. Por eso, tienen que estar listos, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada».
La corona de Adviento
Es esta otra de las particularidades de este tiempo litúrgico. Se trata de una tradición que simboliza el transcurso de las cuatro semanas que lo componen. Consiste en una corona de ramas (originalmente de pino o abeto), con cuatro o -en ocasiones- cinco velas.
Cada una de las cuatro primeras velas se enciende en uno de los domingos del Adviento. El encendido en los hogares puede acompañarse con alguna lectura bíblica y con oraciones alusivas. Las velas del primero, el segundo y el cuarto domingos son moradas (color litúrgico correspondiente a este tiempo) y la del tercero es rosada (en coincidencia también con los colores de ese domingo, llamado «Gaudete», es decir, «Alégrense», en alusión a la cercanía de la Navidad), por lo que se llega a la Nochebuena con las cuatro velas encendidas.
En el caso de las coronas con una quinta vela, esta es blanca y de mayor tamaño. Se la denomina «vela de Cristo», y se enciende el día de Navidad.



















































































